Sobre Filosofía, Literatura y Transdisciplinariedad*


Emilio Roger Ciurana (2)

“Comprender con Cervantes el mundo como ambigüedad, tener que afrontar no una única verdad absoluta, sino un montón de verdades relativas (verdades incorporadas a los egos imaginarios llamados personajes), poseer como única certeza la sabiduría de lo incierto, exige una fuerza igualmente notable”.
M. Kundera

No se si es o no innato en el ser humano el afán de claridad y de distinción entre el bien y el mal, entre lo verdadero y lo falso, entre lo bueno y lo malo. Lo que si parece algo evidente es que solemos emitir juicios sobre las personas y las cosas mucho antes de haber hecho el menor esfuerzo por comprender. En esto la hermenéutica lleva ventaja sobre otras visiones de la filosofía cuando nos dice que el pensar, el estar en el mundo, el vivir en el mundo es hacer de la vida el arte de poder no tener razón. Porque la hermenéutica sabe que “la idea de una razón absoluta no es una posibilidad de la humanidad histórica” (3). En cambio cuando la filosofía ha mostrado su pretensión de ser edificante, de construir grandes sistemas y de encontrar la esencia de las cosas y del mundo, ha desembocado en la edificación de enormes racionalizaciones, doctrinas, dogmatismos. La razón acaba envuelta en una enorme borrachera de abstracción, como decía Finkielkraut refiriéndose a las abstracciones y absolutismos de la razón ilustrada, todo ello desemboca más que en un triunfo, en la derrota del pensamiento. No existe nada peor que la certeza que uno mismo tiene de poseer la razón, nada más ingenuo, nada más peligroso. Acaba por perderse la perspectiva.

Cuando Platón decía que en su República los poetas no tenían cabida quizás intuía que si la poesía, como dice Octavio Paz, es “la otra voz” (la otra modernidad), es una voz que nos muestra partes desconocidas de nuestra existencia, la verdad jamás puede ser absoluta, salvo que se instale en el divino éter de la matemática o en un imposible sujeto trascendental. Durante mucho tiempo el mundo del filósofo y el mundo del literato no eran el mismo mundo. Separación lamentable y costosa. Al despreciar la literatura, por su “debilidad” en el arte de razonar, la filosofía se olvida de filosofar sobre la vida, la vida que todos vivimos e imaginamos. Por otra parte, el cometido de la literatura jamás ha sido la puesta en práctica de la razón disciplinada sino más bien el mostrar la ingenuidad de pensar en una única verdad, en una única posibilidad de ser, en un hombre unidimensional. Dice así Carlos Fuentes: “la novedad de la novela nos dice que nuestra humanidad no vive en la helada abstracción de lo separado, sino en el pulso cálido de una variedad infernal que nos dice: No somos aún. Estamos siendo”. La exploración de la existencia que hace la novela no es una exploración teórica abstracta. Son sus múltiples personajes los que con sus voces y sus situaciones nos muestran posibilidades de ser. Posibles perspectivas, por lo tanto la integración complementaria y antagonista (esto es, integración compleja) de estas perspectivas requiere de una racionalidad dialógica, compleja. Por otra parte no es de extrañar que el modelo imaginario del juego de perspectivas haya influido tanto y siga influyendo en la antropología cultural, antropología como ejercicio de interpretación de las culturas (4).

Por otra parte, si aquello a lo que se llama “verdad” es producto de la contrastación empírica, solo hay una verdad posible, la de la ciencia, y aún así, sabemos que la indeterminación y la incertidumbre se instaló en el saber científico desde comienzos del siglo XX, y ahí sigue instalada. La verdad, para ser absoluta debe ser trivial, toda verdad de cierta complejidad siempre va acompañada de la incertidumbre y de la posibilidad del error. La verdad en el mundo en que vivimos es una verdad compleja en la que la detección del error es siempre fecunda.

La ecología de la acción nos dice que existe y existirá siempre un principio de incertidumbre ético y político respecto del resultado de las acciones que emprendemos. Una cosa es la intención del actante cuando comienza la acción y otra cosa diferente es el resultado de su acción. Por eso que la individualidad se caracteriza por la sensibilidad a un comportamiento o a un contexto impredecible. Aquellos que ven la vida más como un juego en el que toda acción es racional no son capaces de entender la literatura, no son capaces de entender las dudas, las incertidumbres de Hamlet, del Rey Lear, no son capaces de comprender que el vizconde Medardo de Terralba, demediado por la bala de un cañón turco, en esas dos mitades separadas no encuentra un vivir humano, el vivir humano lo encuentra cuando se vuelven a reunir su parte buena y su parte mala. El ser humano es una mezcla de sapiencia y demencia, no existe ninguna frontera entre ambas. En esto la literatura en general, y la novela en particular llevan ventaja a la filosofía, la novela, dice Kundera, es la sabiduría de la incertidumbre. Aquellos que aún creen en el filosofo rey, buscador de esencias de cristal, tan bien criticado por R. Rorty (5), aquellos que creen en la existencia de un Observador Supremo que conoce y juzga las cosas desde el exterior no compartirán esto. No compartirán que “no basta un vizconde completo para que se vuelva completo todo el mundo” (Italo Calvino). El mundo y la vida son enormes, difícilmente reducibles a la norma, a una sola dimensión. Así somos también los seres humanos.

La literatura, y la novela en particular muestran posibilidades de ser, diferentes vertientes que se entrelazan y entrecruzan en el ser humano, diferentes ontologías. Los personajes de una novela son ficticios, pero se expresan, hablan, se dicen a si mismos y muchas veces esa ficción, esa animación de personajes del literato nos dice más que la rigurosa observación del sociólogo, la rigurosa racionalidad del filósofo. Ni uno ni otro son capaces de dar cuenta del mundo en toda su complejidad. La literatura nos abre de forma más radical a la complejidad humana. Deja abiertas posibilidades de ser: muestra diferentes “ensayos” de antropología en los que no se impone ninguna verdad porque no hay verdad que imponerse ni que imponer a nadie. Esto no quiere decir que caigamos en un relativismo en el que todo vale, la novela no está reñida con la verdad, lo que no pretende la novela es una verdad dogmática, racionalizante. Frente a este tipo de racionalización la novela hace dialogar a sus personajes. No importa quien tenga la razón. Porque la verdad es una creación permanente, jamás queda fijada y adormecida. Max Weber nos muestra, como quizás nadie lo haya hecho hasta la fecha de forma tan clara, el peso de la burocracia en esa jaula de hierro que Occidente se ha construido a sí mismo. No menos cierto es que Kafka ejemplifica en sus personajes, en K., por ejemplo, el peso frente al tribunal, frente al castillo, el peso de aquel que ante el poder y la burocracia no puede hacer nada, el peso de la ontología del orden en un mundo en el que la razón en su triunfo pierde la razón y montándose sobre sus propios hombros genera la sinrazón.

Cuando la razón racionalista se convierte en esfinge para consigo misma, cuando las racionalizaciones de la razón crean la irracionalidad absoluta y se apodera del mundo y esa es su propia paradoja, la novela, la música dodecafónica y la pintura de comienzos del siglo XX nos hacen ver la inseguridad e inestabilidad de todo. En un siglo en el que la técnica y el progreso avanzan, la inseguridad civilizacional se determina en la emergencia del gran negocio que son las agencias de seguros. Forma obvia de reconocer que las grandes seguridades no lo son tanto.

La literatura: la novela, la poesía, saben que existe la incertidumbre y la sinrazón junto con la razón, saben que la vida no se puede racionalizar, muestran, en sus personajes y en sus textos la irreductibilidad de la ecología de la acción y no la simple deducción. En ese sentido, me parece que la filosofía debería cuidarse más de sus racionalizaciones doctrinarias y de desembocar en posiciones edificantes muchas veces generadas por un exceso teórico incontrolado que separándose de lo que Husserl denominaba el Lebenswelt pierde la visión de la vida.

La filosofía tiene pretensiones de conocimiento y teoriza sobre el conocimiento. La literatura también es una forma de conocimiento, pero jamás tiene pretensiones de verdad. Los personajes de una novela nos sumergen en el nivel de la posibilidad de comprensión, ninguno de ellos posee la verdad. La novela nos muestra posibilidades de existencia, partes desconocidas de la existencia, partes no teorizables de la existencia pero que se muestran y se sienten en el existir. Esta es la enseñanza sabia de Cervantes y de Rabelais. Nos reconocemos en la humanidad plural de sus personajes, en sus exageraciones, en su defensa del pluralismo que se convierte en conciencia y defensa de la tolerancia en la diversidad. Y una verdad siempre abierta y humana emerge de ese juego y debate imaginario entre los personajes.

Vivimos en una civilización en la que el divorcio entre lo que Snow llamó las dos culturas aún impera en muchas mentes. La mentalidad disciplinar, el afán de etiquetar y la acción dicotomizadora aún se expresan del modo “o lo uno o lo otro”, ya Hegel llamó la atención sobre ello y nos proponía pensar de otro modo, frente al “o lo uno o lo otro” proponía el “tanto lo uno como lo otro”. Ese divorcio entre las dos culturas se expresa a su vez en un divorcio dentro de las mismas humanidades: filosofía, sociología, literatura. Modos excluyentes de pensamiento que en lugar de complejizarse en su relación desgarran la comprensión del ser humano y nos muestran visiones unidimensionalizantes y simplificadoras. El divorcio entre las disciplinas y dentro de las disciplinas el divorcio entre las disciplinas humanas nos oculta lo que es más importante conocer: la condición humana (6). Edgar Morin nos dice que “paradójicamente son las ciencias humanas las que aportan la contribución más débil al estudio de la condición humana, y precisamente porque están separadas, divididas y compartimentadas”. Esta separación oculta, más que lo muestra, al ser humano. También nos dice que “sería importante que la enseñanza de cada una de ellas estuviera conectada a su parte de la condición humana”. Por lo que respecta a la literatura, el ensayo literario, la novela, el cine, nos muestran lo que las ciencias humanas y sociales no son capaces de ver, por que lo ocultan, porque no es científico: los caracteres existenciales, subjetivos, afectivos del ser humano, del homo sapiens / demens. La novela nos muestra la universalidad de la condición humana por medio de los destinos singulares de los personajes que la expresan, “de este modo, la crónica de un hombre mundano en el pequeño perímetro del faubourg Saint-Germain se convierte en A la búsqueda del tiempo perdido, en un microcosmos de las profundidades de la condición humana” (7) . Cuando el sobrino de Medardo dice “así mi tío Medardo volvió a ser un hombre entero, ni bueno ni malo, una mezcla de maldad y de bondad, es decir, no diferente en apariencia a lo que era antes de que lo partiesen en dos. Pero tenía la experiencia de la una y la otra mitad refundidas, y por tanto debía ser muy sabio”, vemos la sabiduría de la novela, la enseñanza de la novela en el mostrarse de forma no teórica: somos una mezcla de sapiencia y demencia, frente a los modelos teóricos de la teoría de la acción racional, de la teoría de juegos, del puro cálculo de consecuencias, emerge más allá y más acá de la razón teórica y abstracta la razón del estar en el mundo, ese estar en el mundo que hay que tratar siempre de comprender y no solo de racionalizar.

En una época en la que la unidimensionalización del ser humano es evidente, en una era en la que el ser humano queda reducido a la figura de un consumidor global necesitamos escuchar esa polifonía de voces que nos advierten sobre nuestra capacidad de simplificación y de simplificarnos. La literatura muestra (no juzga) la plurivocidad y siempre la posibilidad de re-definición del ser humano. Saber escuchar y saber comprender es más difícil que juzgar. Pensar implica que nos demos cuenta de que no
siempre pensamos aunque creamos que lo hacemos. La mayor dificultad para el pensar se da en la inconsciencia respecto de los paradigmas bajo los que uno piensa. Pensamos con esquemas preconcebidos que nos hacen infalibles frente al diálogo con el otro. Esquemas preconcebidos que nos inducen a racionalizar el mundo. Uno de esos esquemas mentales preconcebidos se da en el espíritu de la disyunción y separación. Allí donde se separa y se descontextualiza se pierde la perspectiva relacional del mundo. La misma Universidad educa más en la separación y la departamentización que en la unión dialógica de las disciplinas. La transdisciplinariedad no existe. El saber se fragmenta y pierde sus posibilidades de nuevas creaciones significativas. Mientras pensamos de forma disciplinar nos olvidamos de aquello que no se reduce a ninguna disciplina: nos olvidamos del ser; nos olvidamos del ser humano; nos olvidamos de la vida y de aquello a lo que Husserl llamó el Lebesnwelt, uno de los conceptos más importantes de la filosofía, tal y como resaltó Gadamer y al mismo tiempo uno de los conceptos más olvidados. El mundo de la vida es lógico e ilógico, el mundo de la vida es plural e irreductible a una verdad y dentro de este mundo encontramos la figura del “agelasta”, aquél que como observa Kundera recordando a Rabelais, no ríe, aquel que cree que la verdad es clara y evidente, aquél que cree que los demás deben pensar lo mismo que él, aquél que es tan ingenuo como para creer que es lo que cree ser. Es cierto, en un siglo tan orgulloso de la razón científica como lo fue el siglo XIX, Flaubert hizo un descubrimiento maravilloso: descubrió la necedad. Si la necedad moderna no es la ignorancia sino el no pensamiento de las ideas preconcebidas, podemos estar seguros de que seguimos siendo una civilización en la que la necedad no disminuye sino que está perfectamente instalada entre nosotros. El filósofo tiene razón, quiere tener razón, está instalado en la razón porque maneja la lógica: lo que piensa es lógico, por eso que el juicio va siempre por delante de la comprensión. Pero eso le pasa también al político hoy. Y no nos damos cuenta de que lo que da más que pensar, dice Axelos, en nuestro tiempo que da que pensar, es que no siempre pensamos. No siempre pensamos porque desde el momento en que estamos seguros de tener razón no necesitamos pensar más. Y los agelastas se molestan porque de vez en cuando alguien haga una mueca risueña cuando los escucha. No sabe que la lucidez es inseparable de la omnipresencia de la posibilidad del error.

La sabiduría de lo incierto, la posibilidad del error en un mundo que no obedece a leyes rigurosas, la incertidumbre humana sobre las cosas humanas más que una derrota es una adquisición del pensamiento, una gran adquisición del pensamiento: frente a los dogmatismos basados en las verdades absolutas podemos comprender entonces la necesidad de una ética de la comprensión, podemos comprender la incomprensión. La comprensión humana no se fija nunca, jamás podemos lograr la comprensión absoluta de nada, pero podemos actuar del modo menos dogmático posible si sabemos ver que la comprensión tiene muchos obstáculos que parten de determinismos culturales y paradigmáticos, de egocentrismos, etc. Pero si, aunque no es posible autoobservarnos de forma total y elaborar un metasistema absoluto sobre nosotros mismos, podemos reconocer nuestros inconscientes egocentrismos y nuestras inconscientes racionalizaciones, es posible tomar conciencia de ellas y ello es una buena forma de luchar a favor de una comprensión humana y más humanizadora.

La complejidad humana posee en si misma la potencialidad de lo mejor y de lo peor: lo peor es la incomprensión, la insolidaridad, la violencia, la brutalidad, etc. Lo mejor es la capacidad de comprender incluso a aquellos que no nos comprenden o no nos quieren comprender, la capacidad de no reducir a un ser humano a uno solo de sus aspectos, la capacidad de no reducir la compleja individualidad de cada uno de nosotros a una sola dimensión. En este sentido la literatura, tanto la novela como la poesía; el cine; la psicología; la filosofía deberían dialogar entre ellas y converger, de forma dialógica (concurrente, complementaria y antagonista) en una comprensión compleja de la condición humana.

Frente a las racionalizaciones del pensamiento abstracto, disfrazado de pensamiento riguroso sepamos comprender que el paraíso es imperfecto, como escribe Augusto Monterroso: “Es cierto – dijo melancólicamente el hombre, sin quitar la vista de las llamas que ardían en la chimenea aquella noche de invierno-; en el Paraíso hay amigos, música, algunos libros; lo único malo de irse al Cielo es que allí el cielo no se ve”.

Me atrevo a decir que en la literatura existe pensamiento filosófico, lo que quizás no haya en la filosofía sea literatura, apertura a la ironía, introducción de la ironía frente a la tendencia a la sistematización y el orden. La literatura jamás dará tranquilidad y consuelo a aquellos que buscan una sola interpretación, una sola lectura de las cosas y de la vida. Y qué curioso y fascinante resulta tener siempre en cuenta que es la misma Europa la que inventa el racionalismo, el idealismo y el positivismo al mismo tiempo que la novela. La Europa que escribe el Gargantúa y el Quijote es la que construye los grandes sistemas filosóficos, irreales en su abstracción e inservibles en su separación del mundo de la vida. Impertinentes para el saber si por un saber pertinente entendemos la ayuda a la comprensión y conocimiento de la condición humana. Ya Gracian decía que el conocimiento debe ser inseparable de las necesidades de la vida. Ya Vico decía que todo conocimiento debe ser un compendio entre episteme y frónesis (política). Es decir, conocimiento, vida y experiencia personal forman una articulación retroalimentante. Esa era también la idea de los grandes humanistas.
Vico distinguía cuatro categorías de hombres según se decantan entre la episteme y la fronesis: el necio; el astuto inculto; los doctos imprudentes (que utilizan conocimientos fragmentados sin sentido de la globalidad) y los hombres prudentes. Diríamos: lo opuesto de los agelastas. Aquellos que no cuestionan ni se cuestionan y se ahorcan en esas cuerdas y redes con las que tejen las grandes abstracciones filosóficas. Por eso mismo que Nietzsche y Wittgenstein manejaban el aforismo frente al sistema: sabían que los presupuestos sobre los que se asientan los grandes sistemas son muy débiles, de ahí que no son criticables. Pascal, otro filósofo de aforismos, condenado por la Ilustración (Voltaire, cfr. la Carta filosófica número 25) porque complejizaba la definición del ser humano más allá de ese ser humano racionalista, optimista e irresistiblemente abocado al progreso de la razón y de la ciencia frente a la superchería metafísica y teológica. Allí donde los ilustrados veían luz Pascal veía el hombre como enigma. Lo veía como problema, como problema (pesimista) irresoluble, irremediable.

Y nosotros, los seres humanos que vivimos en este siglo XXI qué podemos decir frente a ese “monstruo”, esa “quimera” que somos según Pascal: “¿Qué quimera es, pues, el hombre? ¿Qué novedad, qué monstruo, qué caos, qué sujeto de contradicciones, qué prodigio? Juez de todas las cosas, imbécil gusano de tierra, depositario de lo verdadero, cloaca de incertidumbre y de error, gloria y desecho del universo” (8). Verdad compleja, la que nos muestra Pascal: el ser humano, la condición humana en su ambivalencia, su luz y su sombra, sus contradicciones, sus razones y sus delirios. Se trata de una verdad “filosófica” que al igual que la literatura es una “verdad” transdisciplinar: las fronteras son transgredibles, transformales. No existe delimitación ni demarcación para esa verdad pascaliana, se introduce en todos los ámbitos de la condición humana, la psicología, la sociedad, la política, la ciencia, el filosofar. Refleja esa “verdad” la complejidad que somos y que vivimos. Se trata de una “verdad” pertinente, comprenderla nos puede hacer sabios en el mundo de la vida, nuestro mundo, y es que si no podemos incorporar el saber a la comprensión de nuestra cotidianeidad, ese saber carece de pertinencia.
Valladolid, Noviembre de 2003
Febrero de 2004

Notas:
* Conferencia dictada en el marco del ciclo “Recursos y procedimientos didácticos en la clase de filosofía. Nuevos retos educativos”. Curso Provincial CFIE. Valladolid. Facultad de Filosofía y Letras. UVa. Salón de Grados. 13 de Noviembre de 2003.
2 Director de la Cátedra para la Transdisciplinariedad de la UVa. Profesor del Departamento de Filosofía (Facultad de Filosofía y Letras – Universidad de Valladolid).
3 Cfr. Gadamer, H.G. Verdad y método, p.343. Sígueme. Salamanca. Cfr. Roger Ciurana, E. Antropología hermenéutica. http://www.complejidad.org
4 Cfr. Geertz, C. La interpretación de las culturas. Gedisa. Barcelona. 1990.
5 Rorty, R. La filosofía y el espejo de la naturaleza. Cátedra. Madrid.
6 Cfr. Edgar Morin, La mente bien ordenada. Seix Barral, Barcelona. 2001.
7 Op.cit, p.55.
8 Pascal, B. Pensamientos, 131, p. 53. Alianza Editorial, Madrid. 1981.
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