SAPIENS/DEMENS. De Platón a Edgar Morin

Emilio Roger Ciurana

“Toda concepción que pretenda escapar al caos, es decir, desembocar en el pleno orden, la razón pura, la moral pura, se convierte en delirio racionalizador. Sin embargo el caos no es el desorden puro, el absurdo, lo irracional, es necesario también buscar el orden, la razón, la moral que están sumergidas ahí”

Sin duda alguna uno de los términos básicos de la cultura occidental es el término orden. Se trata de un término que viaja desde el mundo físico hasta el mundo de la cultura, pasando por el mundo biológico y el mundo social. Este término viaja de unos niveles a otros de lo real por una razón que hay que entender. El término orden es también un paradigma. Como todos sabemos un paradigma es algo así como unas gafas que cada uno de nosotros llevamos puestas. Con esas gafas vemos lo real de un determinado modo y por lo tanto actuamos sobre esa realidad también de un determinado modo. Un paradigma gobierna no solo el nivel lógico, sino también el nivel semántico y el nivel ideológico de cada uno de nuestros discursos. En resumidas cuentas, un paradigma crea sentido y dicta racionalidad, una determinada racionalidad debido a que excluye otros posibles tipos de racionalidad. En este sentido, podemos afirmar que desde Platón, la cultura occidental se gobierna por el paradigma del orden. De lo que se trata siempre es del triunfo del orden sobre el desorden, como si ambos términos fuesen la antítesis uno del otro, de hecho, reducidos cada uno a lo que excluyen, son términos antitéticos. Pero también es posible conjugar ambos términos dentro de una visión intelectual que puede ser más rica que una visión intelectual que solo nos dicta un funcionamiento del pensamiento a base de exclusiones y dicotomizaciones.
Desde la Grecia clásica se vienen asociando otros términos al término orden. Por ejemplo el término cosmos. Cosmos es también orden, evoca orden y está en orden. Recordemos que de “cosmos” se deriva nuestro término cosmética (lo bien ordenado, armónico, bello). Recordemos también que la ciencia clásica, ciencia que hace del determinismo y del orden su emblema, hunde sus raíces etimológicas en la palabra classis. Palabra que en latín significa “armada”, “ejército”. Así como cosmein significa “organizar el ejército”.
En resumidas cuentas podríamos, hablando metafóricamente, decir que cosmos nace de la derrota militar de caos. Término, éste último, maldito en Occidente, tanto a nivel científico como político. A un no muy lejano dictador español le gustaba amedrentar a la gente con la frase “o yo o el caos”. Término siempre peyorativo aunque esté muy de moda ahora hablar de la “ciencias del caos” o del “caos determinista”. Como si aquellos que hablan de “caos determinista” no se diesen cuenta de que, por definición, el caos no puede ser “determinista”(2).
Orden y caos nunca han establecido relaciones muy amistosas. Siempre han funcionado excluyéndose el uno al otro. Igual que dikè y hybris. Igual que sapiencia y demencia. Ningún paradigma, ningún modelo de pensamiento, hasta fechas recientes ha sido capaz de establecer una relación dialógica entre ambos. Hasta muy reciente no hemos sabido ver orden y caos en su complementariedad y antagonismo en un mismo momento y en un mismo espacio temporal. Y, por otra parte, una cosa es muy obvia: nuestras modernas sociedades son una mezcla de orden y desorden. En caso contrario lo más probable es que no existiese la sociedad. Pero aún así seguimos presos de la visión entronizada por el orden. Aún hay mucha gente que piensa que una sociedad “civilizada” es aquella en la que cada vez hay menos desorden y cada vez más orden. Repitámoslo: una sociedad en la que no se da la dialógica (en diferentes grados) entre orden y desorden es una sociedad en la que difícilmente pueden emerger nuevos sentidos, nuevos significados. Una sociedad en la que difícilmente puede darse ningún tipo de evolución. Toda sociedad, al igual que toda cultura, es cierto que tiende a la preservación del orden establecido, toda innovación es percibida como desorden o perturbación contra la ley y la norma institucionalizada, pero no menos cierto es que la fuente del cambio socio-cultural es siempre un elemento de desorden para esa sociedad-cultura. Y no nos equivoquemos, la democracia no podría existir sin un cierto grado de desorden, de antagonismo entre los actores sociales, que por el hecho de ser “actores” plantean sus exigencias, tienen sus expectativas y luchan por que esas exigencias y expectativas se cumplan. Los miembros de nuestras modernas sociedades tienen múltiples filiaciones, múltiples adscripciones. Como dice Touraine y ya dijo Simmel, los agentes de cambio social siempre son “extranjeros”, individuos centrales y
marginales a la vez. Aquellos que son rompedores, críticos, respecto de la sociedad a la que pertenecen y respecto de las identidades que han recibido de ella y en la que han sido educados y culturizados.
La ideología del orden está bien aposentada en la obra de Platón, así como el mito del hombre “racional” paradigmatizado en ese verdadero hombre que es el “filósofo” capaz de acceder a ese reino abstracto de las Ideas o Formas. Su simpatía por el orden y su desprecio por el desorden llega a su grado más alto en obras como por ejemplo Las Leyes. Platón rechaza a esos ignorantes fisicoi que defienden ideas tan estrafalarias que hablan de un supuesto caos capaz de convertirse en orden; de un supuesto caos creador. Según Platón se trata de individuos verdaderamente ignorantes además de impíos. En el L.X de Las Leyes vemos a ese defensor del orden y de la ley que es Platón acusar de “impíos” a quienes no creen en el orden ni en la(s) divinidad(es). Y no creen porque, nos dice Platón, son unos ignorantes. De ahí que su solución sea una pedagogía del reciclaje o la excomunión. Estos defensores del azar no son más que individuos inmaduros que cometen “errores de juventud”. Individuos que no están en la razón ni juzgan desde la luz (gran metáfora del saber occidental). De ahí que no nos deba extrañar que la lucha posterior de algunos contra las racionalizaciones del Siglo de las Luces, de la Ilustración, se haya interpretado como evocaciones románticas de la sinrazón, de lo irracional, como intento de vuelta a la oscuridad. Mucho tiempo ha tenido que pasar para que nos diésemos cuenta de la gran borrachera de abstracción en la que se convirtió la Ilustración (Finkielkraut). No menos borrachera de abstracción creemos que es el platonismo como defensa de un orden a ultranza. Fijémonos en lo que Platón afirma contra los fisicoi y el mundo que estos dibujan, mundo que Platón no acepta y nos propone, en cambio, una ontología del orden que refleje el orden de las Ideas, una ontología de la eternidad. Dice así Platón:
“Dicen algunos que todas las cosas presentes, pasadas y futuras, deben su existencia ya a la naturaleza (physis), ya al azar, ya al arte…A lo que parece, dicen ellos, las cosas más grandes y más bellas son obra de la naturaleza y del azar, y las más pequeñas del arte: este, en efecto, recibiendo de la naturaleza ya en su ser, los mayores y primeros productos, plasma y construye todos los menores, aquellos que todos llaman artificiales…El fuego, el agua, la tierra y el aire, según ellos, existen, todos por naturaleza y por azar, ninguno por arte. Los cuerpos que vienen después, los de la tierra, del sol, de la luna y de las estrellas, resultaron de aquellos primeros elementos que, por lo demás, son enteramente inanimados. Y arrastrados cada uno por el azar de su propia fuerza, adaptaronse íntimamente en su choque lo cálido con lo frío, lo seco con lo húmedo, lo blando con lo duro y todo aquello que por el azar viene a fundirse en mezcla necesariamente con su contrario, de este modo y con este proceso, se ha producido el universo entero con cuanto en él hay, y los animales y las plantas todas, una vez surgidas de aquellos elementos las diversas estaciones; y ello, en opinión de esos hombres, no por obra de la inteligencia, ni de un dios, ni del arte, sino, como digo, por la naturaleza y el azar”(3). Platón no comprende cómo puede surgir el orden a partir del desorden o a partir del caos. No comprende por qué los fisicoi (al menos algunos de ellos) pueden afirmar que esa inteligencia ordenadora de la que habla Platón surge posteriormente a la physis . Él pensaba que lo cierto era lo contrario, que el alma es anterior a la naturaleza y al cuerpo. El mundo es el producto de la ordenación de la mente. Dicho en términos modernos, a cualquier morfología le subyacen modelos que preexisten, modelos que son estables, eternos. Por lo tanto lo primero es el orden. El orden es anterior a la physis. Igual que para Newton, posteriormente, las leyes preexisten al universo y quizás valen para todos los universos. El universo no se origina a partir del desorden ni del azar. Así lo matizan Sócrates y Protarco en Filebo:
Soc.- “¿Afirmamos, Protarco, que a todas las cosas y a esto que llamamos universo los rige el poder de lo irracional, el azar y lo que salga o, por el contrario, como decían nuestros predecesores, lo gobiernan el intelecto y una admirable prudencia que lo ordena?
Pro.- “Nada de eso, sorprendente Sócrates. Lo que tú dices ahora no me parece piadoso. Sino que decir que el intelecto lo ordena todo, eso es lo que es digno de lo que vemos del cosmos y del sol, de la luna y las estrellas y de toda la revolución celeste, y por lo menos yo, no podría expresarme ni opinar de otro modo sobre ello”(4).
La capacidad cosmogónica del caos queda reducida a una mera ilusión, la physis no es creadora, generadora de formas por sí misma, por su propio proceso de transformación autónomo. Todo lo poiético que se encontraba en la “física” presocrática queda borrado de golpe. El tiempo no existe, es una ilusión.
De todos modos una pregunta queda sin respuesta: si lo primero es el orden, si el orden viene impuesto por un legislador trascendente exterior al cosmos, ¿por qué existe el desorden? Creemos que lo que podemos decir es que solo el mito y la racionalización han podido asegurar una objetividad y una omnisciencia tan absolutas a un “filósofo” capaz de conocer las Ideas o Formas. Pero realmente el mundo de Platón ¿es nuestro mundo?
Si de este orden ontológico pasamos ahora al orden de la sociedad y al orden de la mente nos encontramos con la misma idea en Platón, esta vez “politizada”. De las tres partes del alma una de ellas gobierna sobre las otras, al igual que le filósofo-rey debe gobernar (porque sabe) a los demás hombres: de plata y de bronce. Aquellos autores de tragedias clásicas en las que se nos habla de la lucha entre el orden y el desorden en la mente humana, de la lucha entre la razón y la pasión, todos ellos fueron borrados por esa imagen de un hombre racional que desde Platón hace su imperio en la historia de Occidente. Cervantes, Shakespeare; Rabelais, tantos otros mostraron a un hombre mezcla de sapiencia y demencia. La Ilustración vuelve sobre el hombre racional y acaba racionalizando la Razón. No importa lo que dijeron los románticos, al fin y al cabo eran unos románticos. Nietzsche sospecha de una conciencia tan racional, Marx critica las ideologías, Freud introduce las pasiones en la racionalidad humana. Pero hoy en día aún siguen creyendo en un actor “racional” los teóricos de la acción racional, los defensores de la “teoría de juegos”, los herederos ilustrados de la Ilustración.
En una obra de comienzos de los años sesenta del siglo XX , titulada Introducción a una política del hombre, decía Edgar Morin refiriéndose al mundo del momento que “el fantástico brote de barbarie en el corazón de la civilización occidental, constituido por dos guerras, los fascismos y el estalinismo, nos obligan a mirar la cabeza y el corazón del hombre”. En otra obra un poco anterior, el propio Edgar Morin propone dos categorías básicas de su filosofía de la historia: vivimos aún la prehistoria del espíritu humano y nos encontramos en la edad de hierro planetaria. Su posterior camino intelectual nos muestra cómo desemboca Morin en una multifocal teoría del conocimiento o epistemología de la complejidad, en una propuesta de un pensamiento complejo. A la base de esta epistemología y de estas categorías filosófico-históricas se encuentra la concepción moriniana del homo sapiens / demens. Ruptura evidente con la tradicional y muy pagada de si misma concepción del hombre como homo sapiens sapiens. El ser humano es constitutivamente una mezcla de sapiencia y demencia. Tampoco es malo esto. Porque las demencias sapienciales no son solo fuente de catástrofes y desgracias, son o pueden ser fuente de progreso y nuevos desarrollos.
Es decir, el despliegue del hombre imaginario es también el despliegue hacia el futuro de sueños, proyectos, posibilidades que evidentemente requieren la guardia y vigilancia crítica del lado sapiens del hombre. Pero teniendo en cuenta también que la razón a veces también sueña y esos sueños producen monstruos. Es decir, teniendo en cuenta que la razón puede verse parasitada por sus propias racionalizaciones y puede convertir en enormes demencias lo que para la razón pasa por una gran sabiduría. Muchos ejemplos podemos poner de grandes ideologías sociopolíticas que viéndose a sí mismas como ejercicio de una racionalidad cristalina acabaron racionalizando el mundo y a los seres humanos que sufrieron su poder. El marxismo es un ejemplo paradigmático de lo dicho y lo más probable es que el moderno neoliberalismo imperante en esta nuestra era de la globalización ya sea otra racionalización del mundo, disfrazada de “pensamiento único”. Ese afán de ser “único” ya delata sus pretensiones imperialistas sobre los demás pensamientos. Ya delata su desmesura. Desconocer que el ser humano es una mezcla compleja entre sapiencia y demencia es entrar en la senda de la racionalización, del orden y de la muerte.
Desde Platón hasta el gran mito ilustrado de la razón se ha pensado que la razón por sí misma era la guía de la humanidad. Toda esa tradición de pensamiento occidental no comprendió que la razón podía producir sus racionalizaciones, no comprendió que el exceso de luz también ciega, no comprendió que confiar solo en la razón era la mejor manera de cegarse por medio de la razón. Una razón tan pura que se convirtió en una esfinge sin vida.
Muy pobre idea es la que se tiene del ser humano cuando es pensado como razón y orden. Poca sabiduría denota tal concepción cuando en paralelo a ese rostro de un homo sapiens no surge esa otra originalidad en el modo de ser humano que es el homo demens. La idea básica, fundamental, compleja que aporta Morin es la necesidad de comprender la dialógica del sapiens / demens. Los seres humanos somos a la vez, de forma complementaria, concurrente, antagonista homo sapiens / demens. Después de rastrear cómo se va originando el ser humano en el proceso de hominización, Edgar Morin concluye lo siguiente en su obra El paradigma perdido. La naturaleza humana:
“A partir de entonces emerge el rostro del hombre oculto por el concepto emoliente y tranquilizador de sapiens. Se trata de un ser con una afectividad intensa e inestable que sonríe, ríe, llora, un ser ansioso y angustiado, un ser gozador, ebrio, estático, violento, amante, un ser invadido por lo imaginario, un ser que conoce la existencia de la muerte y no puede creer en ella, un ser que segrega el mito y la magia, un ser poseído por los espíritus y los dioses, un ser que se nutre de ilusiones y de quimeras, un ser subjetivo en el que las relaciones con el mundo objetivo son inciertas siempre, un ser sometido al error, a la errancia, un ser hybrico que produce el desorden. Y como llamamos locura a la conjunción de la ilusión, de la desmesura, de la inestabilidad, de la incertidumbre entre lo real y lo imaginario, de la confusión entre lo subjetivo y lo objetivo, del error, del desorden, nos sentimos compelidos a ver que homo sapiens es homo demens”(5).
Se puede decir, sin lugar a dudas, que la idea que nos dice que hubo una vez un hombre primitivo, infantil, irracional al que sustituyó el hombre moderno, racional, es una idea falsa. Es falsa la idea que dice que al hombre arcaico, cegado por sus mitos, lo sustituyó el hombre moderno iluminado por la luz de la razón. Es falsa la Ley comtiana de los Tres Estadios por los que la humanidad va pasando sucesivamente (del Estadio Teologico, pasando por el Metafísico hasta llegar al Positivo). Los seres humanos hoy somos tan mitológicos como hace miles de años. Solo hay una diferencia: el tipo de mitos que hoy tenemos. Pero siguen siendo mitos. Por otra parte nuestra propensión al mito es obvia. La mayor mitificación: la de la razón absoluta(6). Mito y razón conviven hoy igual que antaño. Y sin duda alguna esa creencia de que nos encontramos en la Edad de la Razón y de la Ciencia (paradigma de la racionalidad) es una creencia y un mito. Es la prueba de que nuestra mente aún sigue siendo débil y corta de miras. No es necesario ser muy perspicaz para comprobar cómo el estado del mundo hoy, desde Oriente a Occidente es un estado de convulsiones poco acorde con una racionalidad bien dispuesta, tal y como parecería indicar el grado de progreso tecnológico en el que nos encontramos hoy, al menos en Occidente. El orden del mundo hoy es el orden de la racionalización, la visión tecnificada de las cosas, la unidimensionalización, la mitologización y la racionalidad instrumental. El orden de una sinrazón que pasa por razón (técnica). Qué poco caso hacemos a lo que nos cuenta en sus obras Shakespeare cuando nos habla de ese ser humano poseído por el afán de poder y por la locura de conseguir ese poder a costa de lo que sea, poseído, después de conseguir el poder, por todos esos sueños y pesadillas que delatan la brutalidad que ha tenido que ejercer ese rey para estar en un poder tan efímero que le lleva a exclamar en su derrota “un caballo, un caballo, mi reino por un caballo”.
Y es que, como afirma Edgar Morin:
“No podemos seguir imputando desórdenes y errores a las insuficiencias ingenuas ni a las incompetencias de la humanidad primitiva que quedarían reducidas progresivamente con el orden y la verdad civilizadas. El proceso hasta hoy es inverso. Ya no es posible oponer substancialmente razón y locura. Por el contrario, debemos superponer al rostro serio, trabajador, aplicado, de homo sapiens el semblante a la vez otro e idéntico de homo demens. El hombre es loco-cuerdo. La verdad humana trae consigo el error. El orden humano comporta el desorden. Así pues, se trata de preguntarnos si los progresos de la complejidad, de la invención, de la inteligencia, de la sociedad, se han producido a pesar, con o a causa del desorden, del error y del fantasma. Y nuestra respuesta es a causa, con y a pesar de a un mismo tiempo, no pudiendo ser la buena respuesta más que compleja y contradictoria”(7).
La historia es la fenomenología e la naturaleza humana, el producto de las interacciones de homo sapiens / demens. En ese sentido una historia humana civilizada debe comenzar por la toma de conciencia de que tenemos un concepto de civilización quizás demasiado estrecho, un concepto aún muy racionalista y poco autocrítico: “la civilización –nos dice Morin- no es más que una fina película no solo en la superficie social sino en nuestra propia superficie mental”(8). Civilizar la mente implica, sin duda alguna, complejizarla. Acceder al espacio del pensamiento complejo. Comprender que el orden y el desorden, por separado y absolutizados son ambos la negación de la evolución y el desarrollo humanos. El primero, el orden, porque por sí mismo no comprende que la posibilidad de nuevas organizaciones y la creación de nuevos sentidos implica la dialógica de múltiples ideas, informaciones, experiencias. El segundo, el desorden, porque un desorden absolutizado no puede posibilitar ningún tipo de organización, es la pura dispersión. Y como dice Henri Atlan toda organización se sitúa entre el cristal y el humo, es decir, entre la rigidez absoluta del cristal y la pura dispersión del humo. Complejicemos por lo tanto el pensamiento y asumamos desde el principio la radical complejidad humana.
tocados por la gracia de la iluminación absoluta. Cierto es que no todos los nacionalismos son violentos, pero si lo son la mayoría.

Edgar Morin se pregunta en la página final de su último libro lo siguiente:
“Podremos asumir el destino dialógico de sapiens / demens, es decir, guardar la razón pero no encerrarnos en ella, guardar la locura pero no oscurecernos en ella?”(9).
El mismo Edgar Morin nos viene a decir que un conocimiento racional de lo humano implica siempre que reconozcamos aquello que excede a homo sapiens. Y es que las “demencias” sapienciales son también fuente de creación y no solo fuente de destrucción. Las proyecciones de lo imaginario en homo sapiens han llevado a grandes saltos cualitativos en beneficio de la humanidad y también, otras proyecciones de lo imaginario, han llevado a enormes catástrofes.
¿Qué hacer entonces?
De entrada lo primero que es posible hacer es asumir la radical incertidumbre sobre el futuro del ser humano. Asumir un principio de incertidumbre ético y político. Asumir que toda acción es acción ecologizada: el resultado final de una acción que se emprende con una determinada intención es incierto. Es incierto precisamente porque los seres humanos no somos autómatas que actuamos de acuerdo a una lógica del orden, no somos máquinas triviales y predictibles. Esto es un principio de realismo político básico. Las propuestas de reflexión y educativas para este homo sapiens / demens las aporta Edgar Morin en tres obras tituladas: La tête bien faite; Relier les connaissances y Les sept savoirs nécessaires à l´éducation du futur.
Revisar nuestra teoría del conocimiento y denunciar las cegueras y errores del conocimiento. Revisar las racionalizaciones que pasan por ser conocimiento genuino. Es decir, efectuar un conocimiento del conocimiento. Esa nueva epistemología debe llevarnos a partir de un sujeto cognoscente que ya no es el reflejo o espejo de la realidad sino que es un constructor de la realidad. Por lo tanto conocer bajo qué condiciones construimos la realidad es fundamental para errar lo menos posible. Porque errar es y siempre será humano. Pero también es humano tratar de errar lo menos posible partiendo de los principios de una racionalidad abierta y compleja. En ese sentido una racionalidad abierta es la que parte de una radical complejización del ser humano. En adelante el ser humano es el producto de la dialógica entre sapiencia y demencia. Cambiar de antropología debe llevarnos a cambiar de epistemología y a construir una nueva ética en la que la comprensión es un elemento básico. Una verdadera comprensión entre seres humanos nos debe llevar a poner en práctica la ética de la tolerancia. Comprender incluso a aquellos que no quieren comprender o son incapaces de comprender. Ello solo es posible si comprendemos a su vez que los seres humanos no somos perfectos, no podemos ser perfectos (por constitución evolutivo-antropológica) y imponernos la absurda tarea de alcanzar la perfección y el orden es lo que nos lleva a racionalizar la vida y las relaciones humanas, la política, la sociedad e incluso la concepción de la naturaleza, como le ocurrió a Platón, que nunca comprendió algo que expresa muy bien Milan Kundera en su obra titulada La Despedida: “El ansia de orden es al mismo tiempo ansia de muerte, porque la vida es una permanente alteración del orden”. Y es que hasta un criminal tiene su dimensión de humanidad, y es que hasta la persona más razonable es una persona en potencia capaz de cometer un crimen.
Dediquémonos por lo tanto a “bien pensar”, como dice Edgar Morin el “bien pensar” es “el modo de pensar que permite aprehender en conjunto el texto y el contexto, el ser y su entorno, lo local y lo global, lo multidimensional, lo complejo. Nos permite comprender las condiciones objetivas y subjetivas del comportamiento humano (auto-decepción, posesión por una fe, delirios e histerias)”(10).
Pensemos bien y asumamos la radical complejidad humana.

Notas:
(1) 3ªs Conferencias Internacionais de Epistemología e Filosofia “Platao – Camoes – Shakespeare – Edgar Morin. Ser e Nao Ser , Ir ou Nau Ir, Eis a Questao”. Instituto Piaget. Viseu (Portugal). 22-24 Abril 2002. Comunicación: “Sapiens / Demens . De Platón a Edgar Morin” 22 Abril 2002.
(2) He tratado sobre este asunto en mi artículo “Complejidad. Elementos para una definición”, ACTA SOCIOLÓGICA, Nº 32, Mayo-Agosto 2001, pp. 85-117
(3) Cfr. Platón, Las Leyes, L.X. 889 a-d
(4) Cfr. Platón, Filebo, 28 d-e
(5) E. Morin, La paradigme perdu. La nature humanine. Seuil. Paris, 1973, pp.123-124.
(6) Es fácil percibir cómo la mayoría de las convulsiones y catástrofes en los actuales Estados vienen precisamente provocadas por uno de los grandes mitos contemporáneos. El mito de la nación. Mito bien aderezado por las racionalizaciones y las visiones de los líderes nacionalistas, la mayoría de las veces.
(7) Edgar Morin, op. cit. pp. 125-126
(8) Edgar Morin, Pour sortir du XXème siècle, Seuil. Paris. 1984. p. 340.
(9) Edgar Morin, La Méthode, 5. L´Humanité de l´humanité. L´identité humaine. Seuil. Paris. 2001, p. 275.
(10) Edgar Morin, Les sept savoirs nécessaires à l´éducation du futur. Seuil. Paris. 2000, p. 111. Existen múltiples ediciones y traducciones de este texto de Edgar Morin, inicialmente publicado por la UNESCO.
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