Transdisciplinariedad y transformación*

Por Emilio Roger Ciurana

 

“Solo si se reforma el modo de enseñar y de pensar es posible reaccionar contra el conformismo” Edgar Morin

Desde finales del siglo XVIII, recorriendo todo el siglo XIX se produce, en el seno de la Universidad un proceso de disciplinarización y profesionalización del conocimiento que choca con la concepción medieval de la Universidad, asociada a la Iglesia. La Universidad que emerge a lo largo del siglo XIX es la Universidad Humboldt, es decir, la Universidad dividida en Facultades y estas, a su vez, divididas en Departamentos en cada uno de los cuales los profesores explican diversas disciplinas. La Universidad se convierte entonces en el centro de saber y de conocimiento por antonomasia. No solamente la Universidad produce saber y conocimiento, también lo reproduce vía enseñanza disciplinaria sobre los alumnos que tendrán que seguir produciendo conocimiento y reproduciendo la estructura paradigmática de pensamiento en la que se encuentran. El nivel de eficacia en la reproducción del conocimiento es obvio según esta lógica. Se establece la separación entre disciplinas para mejor acotar zonas o áreas separadas de la realidad. Cierto es que se partía de un modelo de naturaleza cartesiano-newtoniano y de un modelo de sociedad al que se le trataba de aplicar, para su conocimiento, el modelo de las ciencias naturales. Un modelo que hablaba de un mundo en el que la dinámica, lo evolutivo y lo complejo estaban ausentes. Un mundo parcelable y analizable. Separar en partes la realidad era la mejor forma de explicarla. En ese sentido la institución universitaria, favoreciendo la emergencia de disciplinas, favorecía el conocimiento y la explicación del mundo. Esa ha sido la lógica del conocimiento tanto en el campo de las ciencias duras como en el campo de las ciencias sociales y humanas.

Desde finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX muchas evidencias dejaron de ser evidentes: la ciencia dura deja de ser rigurosamente determinista y da entrada a una idea evolutiva del universo . Emerge la llamada “flecha del tiempo” en la que la característica fundamental es la irreversibilidad. La indeterminación y la incertidumbre se instalan en la ciencia con la misma naturalidad con la que las ciencias sociales positivistas tratan de echarlas fuera de sus esquemas cognitivos. Como todos saben, el funcionalismo fue la concepción de la sociedad más potente en el siglo XX. El orden y el rol estaban por encima de la capacidad de acción de un actor social creativo. La concepción que se tenía de la sociedad equivalía a aquella sociedad contenida dentro del Estado-nación. En ese marco se manejaban los conceptos fundamentales. Los problemas económicos, sociales, educacionales se manejaban y gestionaban dentro del marco del Estado. Aún hoy en día se pretende hacer eso por parte de los actuales gestores de la política. Ello es muy preocupante en el terreno educativo: mientras en España, por ejemplo, el ministerio de cultura está muy preocupado por que se enseñe en escuelas e institutos una concepción nacionalista de la historia, lo cual provoca reacciones de los diferentes gobiernos autonómicos del Estado, que quieren que se enseñe la historia de esas comunidades autónomas, mientras esto ocurre resulta que vivimos en una Era Planetaria en la que el Estado-nación cada vez es menos importante y eso a lo que llamamos “sociedad” se desfronteriza, es decir, hoy en día surgen nuevos actores sociales: renacen movimientos juveniles con nuevas identidades en construcción; los movimientos de género se complejizan; se rompe la concepción clásica de los roles y preferencias sexuales; surgen movimientos sociales transnacionales; una sociedad civil postnacional; nuevas identidades multiculturales; una concepción de la biodiversidad y del medio ambiente más allá de lo fronterizo; valores que ya no se reducen a los valores de la cultura de nacimiento de las personas; una economía neoliberal transnacional para la que la ubicación espacial es lo de menos; las comunicaciones circulan más allá de los Estados y ese fenómeno llamado Internet es capaz de vincular en tiempo real todo el Planeta. Nos podemos informar, en tiempo real de aquello que ocurre en cualquier parte del planeta y vamos comprendiendo que lo global afecta a lo local y lo local también afecta a lo global. El fenómeno a comprender es ese estado de glocalidad en que el mundo está entrando. La democracia ya va dejando de ser cosa de Estados y va entrando en un contexto postnacional en el que el papel de los movimientos sociales será cada vez mayor.

Si algo podemos decir de cierto es que vivimos en un mundo en el que lo dinámico y lo complejo van de la mano. Los problemas y nuevos fenómenos que emergen difícilmente son capturables con conceptos y estructuras cognitivas analíticas y disciplinarias. Los grandes problemas y desafíos que tiene hoy por delante la Humanidad no se resuelven descomponiéndolos en partes aparentemente manejables. Podemos decir que el potencial explicativo de las disciplinas está hoy en día sobrepasado. Incluso nuevos saberes como la ecología, la bioética, derecho internacional, sociologías postclásicas, ciencias de la educación, son saberes que demandan prácticas teóricas y paradigmáticas que van más allá de las parcelaciones disciplinarias y las instituciones que favorecen esta mentalidad parcelante.

Dicho todo esto creo que podemos comenzar a reflexionar sobre la práctica de la transdisciplinariedad como favorecedora de una comprensión más inteligente del mundo en el que estamos.

Idea fundamental: una reforma institucional no sirve para nada si la mentalidad de los reformadores no cambia y permanece igual. Tanto la institución educativa como los miembros de la institución deben cambiar en mutua recursividad.

El problema fundamental hoy es la reforma de las mentes. En ese sentido muchas reformas institucionales se efectúan en un espacio mental vacío. Se puede hacer la reforma y no servir para nada si no va acompañada de nuevas actitudes mentales. La tarea es general y particular, es decir, requiere un ejercicio de autocrítica permanente.

Hoy en día muchas personas reconocen la interdisciplinariedad, pero no la entienden, menos aún entienden la práctica de la transdisciplinariedad. ¿Por qué? Porque creen que se puede hacer interdisciplina sin abandonar la mentalidad disciplinar. Ello se resuelve en una práctica de la interdisciplinariedad en la que diversas mentes disciplinares hablan DESDE SU DISCIPLINA sin dejar menor resquicio a la apertura y a la entrada de las otras disciplinas. Es como una especie de reunión pluridisciplinar entre mentes monodisciplinares. Cada uno permanece encerrado en su disciplina y especialidad. Todo esto es algo que parece evidente a los especialistas porque parten de esta especie de evidencia epistemológica que se convierte en un conformismo general entre los especialistas. La incapacidad de los grupos de especialistas para tratar problemas generales tiene como punto de partida su ignorancia sobre el hecho de la contextualización de su propio saber. No tienen sentido de la globalidad porque no tienen educación para ello. Por lo demás, más allá de la especialidad no ven más que confusión y vaguedades. Como dice Edgar Morin, es necesario desarrollar una cultura general para que podamos desarrollar buenas culturas específicas. Todo ello nos lleva a la necesidad de una reeducación general: de los especialistas en la parte y de los especialistas en el todo.

Encontramos, como punto de partida, una clausura del individuo sobre sus propias ideas. El mantenimiento de un dogmatismo disciplinar inmune a cualquier experiencia compartida, inmune a cualquier revisión, inmune a cualquier diálogo.

Una cosa que debe quedar bien presente: una mente transdisciplinar es una mente indisciplinar, una mente transgresora. Toda práctica transdisciplinaria es una práctica atravesadora, violentadora para las disciplinas separadas, para las mentes cerradas en su disciplina.

La práctica de la transdisciplinariedad es la práctica compleja de la DIALÓGICA: la concurrencia, complementariedad y antagonismo.

Por lo tanto debemos situarnos en el nivel epistemológico: el nivel de las estructuras de pensamiento. Hacer comunicar estructuras de pensamiento diferentes. En ese sentido es fundamental pensar de manera compleja.

Pensar de forma compleja es pensar siempre de forma abierta e inclausurable. En este sentido más que proponer un método – programa se trata de proponer estrategias de pensamiento que tengan en cuenta una serie de elementos que nos mantengan fuera de la clausura y de la racionalización. Racionalidad y racionalización no son lo mismo. Lo segundo es pretender una razón absoluta, que es el camino más fácil para emborracharnos de pura abstracción sin contacto con la realidad. En ese sentido, pensar de forma compleja es pensar con sentido de la contradicción y de la incertidumbre porque la realidad difícilmente es encerrable dentro de la idea. Ese fue el gran error de los grandes sistemas filosóficos idealistas: pensar que la idea era más real que la realidad, pensar que cuando se da un conflicto entre lo real y las ideas la razón la tienen las ideas. Se trata del abandono de la práctica del diálogo relacional entre nuestras ideas y la fenomenología experiencial del mundo. Y es un hecho que el conocimiento del mundo es producto de la relación abierta entre nuestra estructura de pensamiento y eso a lo que llamamos “realidad”, nuestra realidad.

La transdisciplinariedad es una estrategia de pensamiento. Una estrategia que se sitúa en un plano epistemológico que va más allá de lo interdisciplinario. El efecto perverso de la interdisciplinariedad es que ahonda más aún en el hoyo que la transdisciplinariedad pretende salvar: el mero reconocimiento de lo disciplinar y de las disciplinas aisladas. Una cosa es la “autonomía” de las disciplinas (entendiendo que no hay autonomía sin interdependencia) y otra cosa es el cierre de las disciplinas sobre si mismas. Por lo tanto se trata de romper la clausura de las disciplinas para entrar en el plano de la articulación de los saberes. Articular los saberes implica saber contextualizarlos y multidimensionarlos.

Articular los saberes es entrar no solo en el plano metadisciplinario sino también en el plano meta-inter-disciplinario. Se trata de un plano, el transdisciplinario, que en su movimiento de travesía TRANSGREDE toda disciplina.

Como antes decía la puesta en práctica de la transdisciplinariedad es la puesta en práctica de una transgresión que rompe con todo compartimento estanco. Evidentemente eso no gusta a las mentes analíticas y unidimensionales, especializadas en la parte. Lo transdisciplinario es el espacio dialógico que articula los diferentes saberes al mismo tiempo que tiene el sentido del todo y de la parte. Mejor dicho, lo transdisciplinar aspira a la globalidad abierta sin anular los momentos locales o particulares. No se trata, por lo tanto de amalgamar sino de ARTICULAR. No se trata de suprimir las disciplinas sino de, por medio de su vinculación y articulación, hacerlas más útiles.

El pensamiento transdisciplinar busca articular, reticular y organizar el saber de un modo lo más pertinente posible a la complejidad de la realidad física, biológica, social, política.

Platón decía en su diálogo El Sofista 259e lo siguiente: “separar cada cosa de todas las demás supone la destrucción radical de todas. Pues el logos surge cuando se entretejen las formas (ideas, eidos) entre sí”.

Creemos que esta idea de Platón puede ser la base de lo que podemos denominar un “buen pensar” y, no olvidemos que un buen pensar se puede (se debe) traducir en un buen actuar. Pensar bien es la base de toda ética, como muy bien vio Pascal. El mismo Edgar Morin afirma que pensar bien es “el modo de pensar que permite aprehender en conjunto el texto y el contexto, el ser y su entorno, lo local y lo global, lo multidimensional, lo complejo. Nos permite comprender las condiciones objetivas y subjetivas del comportamiento humano (auto-decepción, posesión por una fe, delirios e histerias)”. Sin duda alguna pensar bien nos debe llevar a asumir y detectar la radical complejidad humana.

La práctica de la transdisciplinariedad puede ser una práctica TRANSFORMADORA desde el comienzo, es decir, desde la más temprana edad. Porque es desde la más temprana edad desde donde se comienza a moldear la mente de los niños. A los niños se les moldea en una forma disyuntora de pensar. Se establecen lo que podemos denominar “esferas” pero no se les posibilita la conexión. Evidentemente lo que está detrás de esto no es el hecho del pensamiento analítico sino un dogma oculto: la cosificación de todo, la sustantivación de todo y la falta de conexión. Es como si ya desde niños se nos encauzase por veredas paralelas; más que favorecer mentes creadoras se construyen lo que Norbert Elias denominaba “estatuas pensantes”, mentes cartesianas incomunicadas y autosuficientes.

El pensamiento disyuntor en la educación es un peligro que se traduce después en comportamientos disociadores y excluyentes que pasando por la educación media se convierte en un enorme problema en la educación superior, que es el ejemplo absoluto de la disciplina y la disociación.

El niño es complejo, no complicado. Es la escuela disciplinaria la que disciplina la mente del niño. El niño se preocupa por hablar de aquello que el maestro quiere oír en una evaluación. Pero hay un desfase entre lo que el niño tiene que decir y lo que querría decir. Ahí se da el desfase entre los esquemas referenciales del alumno y lo que el alumno percibe como instrucción por parte del maestro. Una instrucción que aparentemente está cerrada. Pero eso es un error porque se trata más bien de articular información, dar sentido multidimensional y multirreferencial a la información.

A la educación, en general, le falta en la base mostrar las relaciones e interrelaciones recursivas y hologramáticas que permitan establecer puentes distribuidores de canales informacionales diversos y al mismo tiempo con sentido de la unitas multiplex. Eso afecta no solo a los diseños curriculares sino también a la relación entre educación y realidad vivida. Pensemos algo interesante: afuera el niño, el joven, el universitario, cualquier persona, no se encuentra con disciplinas separadas y compartimentadas sino con una realidad complejamente entreverada. Dicho claramente, por lo que respecta a la Universidad, mientras que la sociedad y el mundo tienen problemas, las universidades tienen disciplinas y departamentos. Mientras el mundo y la vida son multidimensionales nosotros los tratamos de forma unidimensional. Todo ocurre como si la realidad se tuviese que adaptar al orden disciplinar. Como si lo ideal fuese más real que la realidad. Ese es el gran error, como dije antes de la mentalidad idealista y abstracta. La prueba de ello es que los trabajos transdisciplinares que hoy en día se comienzan a hacer no surgen del diseño curricular sino de problemas reales y, a lo más que accede la Universidad es a parchar este problema por medio de seminarios en lugar de replantear los diseños curriculares. Por ello que comencé diciendo que toda reforma institucional debe partir de la apertura mental de aquellos que pretenden hacer una reforma. La transdisciplinariedad hay que comprenderla pero también hay que sentir la necesidad y el problema a resolver.

Educar para TRANSFORMAR implica transformación de esquemas epistemológicos, implica una transformación desde la burocracia hasta el diseño de los espacios de reunión, las aulas, etc. El espacio universitario debería ser rediseñado para que la comunicación se produjese de forma horizontal y no de forma vertical. Las Universidades deberían incluso transformar su concepto de “campus universitario”. Cierto es que ello implica también un cambio en la mentalidad del ejercicio del poder . Un cambio en la mentalidad del adueñamiento de las parcelas. Las reformas institucionales no sirven para nada si las mentalidades permanecen las mismas.

En el fondo nos da la sensación de que la realidad es una realidad desordenada porque partimos de una educación ordenada y simplificadora, una educación unidimensional, sin sentido de la organización y del contexto. Por ello mismo que percibimos el desfase entre la educación y el entorno.

Ejemplifiquemos esto por medio de una reflexión sobre el concepto de “identidad” y comencemos a pensarlo desde la escuela. Una buena comprensión de la identidad desde la complejidad nos podría llevar hacia una ética de la tolerancia. En ese sentido enseñar la identidad compleja y la complejidad de la identidad debería ser uno de los pilares fundamentales de la educación básica y general. Dice Carlos Fuentes en su última novela que México es un país mestizo, racista, acomplejado por el color de la piel (aunque jamás lo admita), acomplejado por la raza del conquistador . Yo creo que México es uno de los mejores ejemplos de identidad compleja, si desde la escuela se enseña que la identidad no tiene nada de esencial, sino que la identidad es producto de relación. Dicho de otra manera, si desde niños se enseña a vivir la identidad como algo simple y puro el resultado de esa enseñanza es siempre la exclusión del otro, el miedo al “impuro”, sea por su color de piel, por su forma de hablar, etc. Si fuésemos capaces de introducir en la escuela una estructura de pensamiento que mostrase la relación entre el todo y las partes, que mostrase que cada uno de nosotros llevamos en nosotros mismos parte de los demás. Es decir, si esa estructura de pensamiento enseñase desde la infancia que somos a la vez uno y muchos acabaríamos con eso que Amin Maalouf llama “identidades asesinas” e introduciríamos en la mente del niño los rudimentos de lo que es el pluralismo y la tolerancia. Ahora bien hay que comprender que la identidad no es un problema que deba ser estudiado por psiquiatras, psicólogos, sociólogos, antropólogos, etc, es un problema que requiere un ejercicio de articulación y de complejización del concepto. Es posible que no exista hoy nada más urgente en la enseñanza que enseñar a pensar la identidad de cada uno en términos de complejidad. Si ello fuese así se percibiría el mestizaje como una riqueza y el racismo como lo que es, una estupidez absoluta. La identidad compleja es hija de la unitas multiplex, de la unidad de y en la diversidad y nos lleva a la tolerancia entre iguales. La identidad ontológica (simple) es hija de un pensamiento fragmentador y substancialista que desemboca en los discursos que fomentan políticas de desigualdad, como los discursos WASP.

Cuando uno se cuestiona su identidad, aquello que le parece a primera vista lo más evidente dentro de una estructura de pensamiento simplificadora, se va resquebrajando. La identidad de cada ser humano es de una enorme complejidad. Es producto de múltiples identidades que hacen que cada ser humano seamos diversos y al mismo tiempo uno. La identidad no es del orden de la homogeneidad. La identidad es hija de la relación y de la pluralidad.

La identidad es una TRANS-IDENTIDAD. Aquello que emerge no tanto de acumular identidades separadas sino de mezclarlas, relacionarlas. En ese sentido, pensar la identidad de forma compleja es una buena base para la transformación tanto a nivel individual como a nivel de los individuos dentro de la sociedad y su entorno. Asumir esta transformación podría desembocar en una ética de la tolerancia. Aquel que trata de ver a los demás desde su identidad substancial no puede tolerar que otros actúen de forma diferente, piensen de forma diferente. Las mentes tolerantes son aquellas que saben que la transgresión es la apertura hacia nuevas disposiciones del individuo.

Emilio Roger Ciurana

México, Villa Alpina, Julio de 2003

* Texto escrito de la Conferencia Magistral pronunciada en el Quinto Congreso de Orientación Educativa, Universidad de Guadalajara, 2003. Congreso “Orientación Educativa para la Transformación”, 21-24 de Julio de 2003. Guadalajara. Jal. México
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