Virus

Emilio Roger Ciurana

“En sí misma, toda idea es neutra o debería serlo, pero el hombre la anima, proyecta en ella sus llamas y sus demencias; impura, transformada en creencia, se inserta en el tiempo, adopta figura de suceso: el paso de la lógica a la epilepsia se ha consumado…Así nacen las ideologías, las doctrinas y las farsas sangrientas” (E. M. Cioran)

Sin duda alguna es normal que los seres humanos sintamos miedo al contagio de los virus, sobre todo cuando se trata de virus desconocidos para los que no se tiene la vacuna adecuada en el momento en que se comienzan a manifestar síntomas y al mismo tiempo consecuencias que pueden ser letales. El reciente brote del virus de la gripe A H1N1 en un país latinoamericano y que se ha extendido a otras latitudes ha hecho saltar las alarmas en el planeta, sobre todo en los países del mundo avanzado tecnológica y económicamente, los países ricos y poderosos según el canon occidental, para entendernos. La OMS (Organización Mundial de la Salud) ha hecho bien, sin duda, tratando de coordinar información y aconsejando formas básicas de preservación, etc. Es loable y tranquilizador que ya estén en marcha la investigación y posterior fabricación de vacunas que, parece ser, pronto estarán listas y seguramente, ya puestos (no viene mal conciliar lo útil con lo agradable), contribuirá también al lucrativo negocio de las grandes empresas farmacéuticas. En todo caso no se trata de hablar de negocios en este artículo. Se trata de hablar de virus, pero de otro tipo, virus que están más extendidos y son más letales pero cuya sintomatología es menos manifiesta, aunque, insisto, más dañina para el ser humano. Me refiero a los virus ideológicos.

Una de las características de la posesión ideológica es que el poseído por una ideología no lo nota. Me explico, cuando uno está poseído por una ideología (un sistema de ideas) es esa ideología la que ejecutando su programa hace ver el mundo y al mismo tiempo actuar en el mundo de una determinada manera al sujeto que, en realidad se ha convertido en un sujeto sujetado por la idea, la creencia, el mito, etc. Hasta tal punto tienen poder de transmisión infecciosa las ideologías, hasta tal punto nos pueden cegar o entorpecer la visión, que podemos afirmar que bajo el pesado manto ideológico de muchas doctrinas que pasan por conocimiento cierto lo empírico no prueba nada. Sin duda alguna y con razón, por ejemplo, nos preocupa la enfermedad provocada por el
virus del SIDA que, efectivamente, mata a muchísima gente al día sobre todo en las partes más empobrecidas del mundo, en cambio no nos preocupa y debería ser más preocupante la o las ideologías que aconsejan el no uso del preservativo en defensa de determinadas creencias lamentablemente muy extendidas. Se sabe científicamente que una de las mejores maneras de atajar, en ciertos casos, una infección es por medio de profilácticos, pero frente a determinadas ideologías con gran capacidad de replicación en las cabezas de la gente el elemento empírico no sirve. Dicho de otro modo las ideologías que se convierten en grandes racionalizaciones doctrinarias, sean religiosas, políticas, económicas, sociales o incluso todo a la vez (las hay que mezclan todos estos niveles), contribuyen a matar a más gente que cualquier virus conocido hasta la fecha. En cambio vemos tan “normal” todos los días gracias a los medios informativos la enorme cantidad de matanzas, agresiones y vejaciones contra los derechos humanos provocadas por fanatismos de todo tipo en el mundo que no sentimos, ni de lejos, un temor similar al provocado por la emergencia del nuevo virus de turno que, sin duda, cuando esté bien catalogado y estudiado por los científicos virólogos pasará a ser uno más de los conocidos por la ciencia y tendrá su modo de atajarlo o de eliminarlo.

La mejor vacuna contra los virus ideológicos la tenemos a mano, es la educación. El problema es que así como un científico respecto al virus de la gripe tiene una capacidad de objetividad bastante grande, resulta que cuando nos situamos en el plano de la educación puede darse el caso y se da en demasía que el educador es el principal transmisor del virus doctrinario. Y no nos equivoquemos, no solo se educa o mal educa en las instituciones educativas, también se distribuye pedagogía en el discurso político, religioso, económico, en el discurso del choque de las civilizaciones, en el discurso del eje del bien contra el eje del mal, en el discurso de todos aquellos bien pensantes defensores de valores “evidentes” que ignoran que los conflictos éticos muchas veces se producen por una mala base educativa y que, por otra parte, solo pueden adquirir solución práctica en el campo de la política que es el espacio complejo de la palabra y del diálogo en un contexto intrascendente (el espacio público no puede ser monopolizado ni por dioses, ni césares, ni tribunos).
Los valores, como dice la palabra, son valores y ojo con pasar de la convicción personal y moral sobre que algo sea de un modo a que realmente ese algo sea del modo que uno cree. Una convicción personal o un sentimiento de certidumbre subjetiva no es suficiente para justificar la verdad objetiva de lo que alguien defiende (R. J. Bernstein). Nunca está demás repensar lo que pensamos y tener presente que ignoramos muchas cosas aunque creamos que las sabemos. Creo que nos advertía bien el filósofo Blas Pascal cuando decía que pensar bien es la base de la moral. Efectivamente: pensar bien y pensarnos pensando, reflexionarnos. Conocernos conociendo. En ese sentido uno de los mayores errores que cometemos los seres humanos es el error de subestimar el error.
Educar para la libertad del sujeto y su capacidad de construcción de sentido es una cosa, educar para programar / formatear al sujeto es otra. Todo el que quiere formatear y programar, consciente o inconscientemente, acaba inyectando virus ideológicos, acaba unidimensionalizando al sujeto. No hay mejor forma de dejar a una persona expuesta acríticamente a los virus ideológicos que educándola en la unidimensionalización y en el desprecio a todo aquello que no confirma su doctrina o que se enfrenta a la visión que emerge de esa doctrina.
La capacidad de infección de un virus ideológico es tanto más grande cuanto menor es el conocimiento y la capacidad de crítica y de autocrítica de una persona. Los grandes combates y las grandes guerras en el mundo no son guerras solo entre seres humanos, son guerras entre sistemas ideológicos, ídolos de la tribu, dioses, etc., por intermediación de los seres humanos. Guerras en nombre de, en defensa de… Guerras en las que tratan de instalarse y ejercer el poder virus ideológicos con frecuencia incompatibles (difícil es que uno sea a la vez cristiano y musulmán o neoliberal y al mismo tiempo demócrata, si es que sabe lo que significa la palabra “democracia” y la palabra “política”); virus ideológicos que nublan la capacidad de razón y determinan la muerte de miles y miles de seres humanos. Una buena educación podría comenzar por mostrar la radical unidad del ser humano y al mismo tiempo su diversidad. Lo que ocurre es que estamos programados educativamente para ver un archipiélago como una serie de islas separadas por el mar cuando, en realidad, quizás sería más humano verlo como islas unidas por el mar, islas que por el hecho de estar unidas por el mar ya dejan de ser islas y pasan a ser lugares de posibles mestizajes y de posible convivencia en la diversidad, de posibles reconstrucciones de identidades. Pero ya lo decía Freud, en cuanto nos descuidamos nos invade el narcisismo de las pequeñas diferencias.
Las ideas, las creencias, cualquier entidad mental, tienen vida propia desde el momento en que emergen y circulan en el espacio ideológico humano y se mantienen en relación de retroalimentación parasitaria con los individuos que las nutren y las mantienen, las hacen vivir. No saber distinguir entre un uso abierto y crítico de la razón y las grandes racionalizaciones ideológicas es lo que hace que una ideología pueda ser potencialmente un virus que instalándose en las mentes de las personas pueda acabar convirtiéndose en pandemia ideológica y contribuir a destruir hábitats humanos, contextos, espacios de convivencia en los que es necesario que conviva la diversidad de opiniones. Las idolatrías ideológicas necesitan ser condimentadas por determinados tipos de pedagogía (ya que hay que transmitirlas) para que puedan convertirse en grandes patologías infecciosas que tratando de instalarse forzosamente en otras mentes o bien las adapten o bien las exterminen (me refiero a los genocidios y las limpiezas étnicas, por ejemplo). Seguramente no hay nada más peligroso que una idea cuando es la única que se tiene y además se trata de imponer por todos los medios.
Francamente da que pensar que nos alarme más un nuevo virus de la gripe, que sin duda es muy preocupante, que los viejos virus ideológicos y los de nuevo cuño que son ya una pandemia que ocupa el espacio mental planetario y cada vez nos hace menos humanos y menos civilizados, incapaces de reconocer la humanidad del otro diverso a nosotros.
Sería muy interesante la creación de una Organización Mundial de la Salud e Higiene Mental y que las instituciones educativas creasen algún laboratorio dedicado al fanatismo comparado (esto último lo sugiere Amos Oz en uno de sus magníficos textos), porque nadie estamos exentos de infectarnos por alguna especie de virus portador de alguna variante de fanatismo. Por supuesto los más fanáticos son los que menos notan el nivel de su infección. Aquellos que se creen superiores moralmente a los demás y por supuesto desprecian todo lo que ignoran. Y claro está: cuanto más fanático más ignorante y cuanto más ignorante es uno más posibilidad de que le llegue una infección vírica ideológica que casi con toda seguridad es más difícil de curar que una gripe. Mientras tanto el miedo se extiende. Igual un día nos atrevemos a pensar por nosotros mismos (Kant), a reflexionar y auto-reflexionarnos, a pensar los orígenes y la distribución de los miedos y quizás entonces la Ilustración pase de ser un ideal a ser una realidad. Pero ya hace tiempo escribió E. M. Cioran que “idólatras por instinto, convertimos en incondicionados los objetos de nuestros sueños y de nuestros intereses”. Quizás nos sirva para algo tomar conciencia de ello.

Valladolid, Mayo de 2009

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