Pensar los siete saberes necesarios en la educación para una política de civilización en la Era Planetaria*

Emilio Roger Ciurana


“De buen grado vuelvo a esa idea de la inepcia de nuestra educación. Ha tenido como fin hacernos, no buenos y sensatos, sino cultos: lo ha conseguido. No nos ha enseñado a perseguir y a abrazar la virtud y la prudencia, sino que nos ha grabado su                                                                                   derivación y etimología” (M. de Montaigne)

El filósofo alemán T. Adorno dijo en una conferencia en 1966 “la exigencia de que no se repita Auschwitz es la primera de todas en la educación”. E. Morin ha escrito lo siguiente: “pensar la barbarie es contribuir a recrear el humanismo. Por lo tanto es resistirse a ella”. Morin subraya la palabra “pensar”. Por otra parte una de las ideas / categorías fundamentales de la filosofía de la historia de Morin es que vivimos en la edad de hierro planetaria. La búsqueda metodológica (epistemológica, porque se trata de “pensar”) de Morin tiene como una de sus ideas faro fundamentales la aspiración a un humanismo que trascienda los tribalismos, los reduccionismos, las exclusiones, los esencialismos, las ontologizaciones identitarias, etc., que son elementos componentes de la edad de hierro en la que se encuentra hoy la humanidad planetaria. Dicho de otro modo, se trata de proponer una epistemología que nos permita navegar en el mar de la diversidad y activar un pensamiento dialógico frente a los pensamientos monológicos, excluyentes, descontextualizados, abstractos, ciegos, esto es: pensamientos que están a  la base de actos bárbaros.

¿Cómo generar estrategias para convivir con el otro? Para ver en el otro un otro yo y no un extraño. Para comunicarnos con el otro. Para comprender al otro. Pero también para comprendernos a nosotros mismos, para convivir con nosotros mismos. ¿Cómo generar estrategias para el arte de vivir?

La obra que nos convoca en esta reunión internacional es la obra titulada “Los siete saberes necesarios para la educación del futuro”. Siete saberes para colmar siete vacíos en la educación o, dicho de otro modo, siete saberes fundamentales, transversales, en la base de cualquier acción educativa,  ética, política. Saberes que nos pueden conducir a constituirnos como sujetos: ser sujeto es ser un individuo autónomo, crítico, autocrítico, con conciencia de la incertidumbre. Porque educar es crear las condiciones para que el sujeto construya conocimiento y libertad frente a los determinismos formateadores de lo que Freire denominaba la “educación bancaria”. Frente al robo y desposesión de la subjetividad en la que se resuelve la educación bancaria Morin nos va a proponer el análisis de las cegueras del conocimiento, los principios de un conocimiento pertinente, la enseñanza de la condición humana, la enseñanza de la identidad terrena, la enseñanza de las incertidumbres, la enseñanza de la comprensión y una ética del género humano. Una ética del género humano que pide una educación para la ciudadanía: enseñar la democracia y enseñar la ciudadanía planetaria.

Encontramos en “los siete saberes” guías fundamentales en nuestro tiempo para el cumplimiento de la original paideía griega: la educación como fomento y ejercicio de la libertad. Libertad para poder pensar, que es una exigencia ineludible de la democracia. La libertad para poder pensar no debe ser confundida con la “libertad de expresión”, porque uno no se expresa con libertad si no puede pensar, si no sabe pensar para poder tener algo que decir. Para poder ir más allá de la repetición de consignas y discursos impuestos por los que detentan el poder o los poderes. Se trata, por lo tanto, no solo de enseñar pensamientos sino de enseñar a pensar y a repensar los pensamientos. Porque no existe otro medio de facilitar la posibilidad de que los seres humanos seamos libres si no es por medio de la educación. Y como dejó dicho Kant: “el hombre no es otra cosa que lo que la educación hace de él”. Más que nunca, en un planeta en el que asistimos a tanta manipulación discursiva, tanta manipulación del significado de las palabras, por lo tanto tanta manipulación mental, necesitamos ser fieles a esa línea que arrancando en el mundo clásico y siguiendo en los logros de la ilustración desemboca en estas propuestas de articulación de una nueva paideía de la que “los siete saberes” constituyen una parte central en la obra de Edgar Morin. Vivir en democracia no consiste en poder hablar, consiste en poder hablar con sentido y para hablar con sentido, para tener capacidad de creación de sentido necesitamos pensar lo que decimos, pensar lo que vemos, pensar lo que sabemos.

Saber pensar, aprender a pensar, para poder tener algo que decir. Para no ser meros espectadores de un mundo construido contando con la ignorancia de la gente, una ignorancia educada, una educación que no va precisamente en la línea de la autonomía, que precisamente es la línea que a nosotros nos interesa.

Creo que se puede decir que los “siete saberes” son elementos necesarios para la construcción de una persona civilizada. En este sentido me parece necesaria, para caracterizar lo que puede ser una persona civilizada, una revisión de la pertinencia o impertinencia hoy de hablar de “civilizaciones” en la era planetaria. Me parece fundamental que nos demos cuenta de que frente a la confusión que provoca la expresión “civilizaciones”, como si de categorías bien demarcadas se tratase, es más interesante pensar que la civilización es una. Es decir, lo que existen son personas civilizadas y personas bárbaras. Mejor dicho, personas que avanzan hacia la civilización como horizonte ético y personas que insisten en la barbarie. Porque lo civilizado o incivilizado es o son los actos de las personas. Una persona civilizada es aquella persona que tiene sentido de la apertura meta-cultural, que aspira a lo universal, esto es, lo humano, en y por la diversidad, por lo tanto se trata de un universal concreto y no una abstracción. Que aspira a lo universal en y por medio de la dialógica: la  concurrencia, complementariedad y el antagonismo en un mismo espacio-tiempo. Dialógica en el sentido de que nuestro pensamiento sea capaz de reconocer e incorporar lo diverso. Capaz de detener los múltiples prejuicios que nos nublan en el proceso de conocimiento y reconocimiento del otro, en el proceso de diálogo. Frente a la idea de una integración por medio de la anulación de la diferencia se trata de pensar la humanidad como unitas multiplex.

En este sentido, los siete saberes pueden contribuir a hacernos más prudentes. Esa es una de las tareas de un pensar complejo: ejercitarnos en la prudencia y contra el fanatismo que trata de destruir la diversidad y la incertidumbre. Una de las tareas de la educación en la era planetaria es enseñarnos a estar por encima del actual estado psicológico de la humanidad, un estado de miedo, de escisión mental, un estado de disyunción frente a la necesidad de articulación, un estado esquizofrénico. Es por lo que la tarea educativa se sitúa a dos niveles: educar en la era planetaria y educar a la era planetaria. Conocerla, comprenderla y guiarla.

La barbarie es la actitud de aquel que no reconoce la humanidad y subjetividad de aquellos que son diferentes y por lo tanto comete contra ellos actos bárbaros, la actitud de aquél que no cuenta con los demás, a no ser que sea para ser contados a nivel estadístico (por ejemplo: lo que se suele hacer en política). Efectivamente, la barbarie es Auschwitz y las diversas manifestaciones de los Auschwitz modernos: la brutalidad con rostro humano. Brutalidad que no es necesario que se produzca en los campos de concentración, brutalidad que se produce en las relaciones humanas a muchos niveles. Bárbaro, incivilizado, es aquella persona que trata a los demás como salvajes, como no humanos. En este sentido cabe reconocer, entre otros, la crítica moral que Las Casas hizo al conquistador español, y su defensa del indio (Cfr. “Brevísima relación de las destrucción de las indias”). La crítica que Montaigne hace del etnocentrismo en su “De los caníbales” (Capítulos XXXI del L. I de los “Ensayos”). La crítica que hace Lessing de las exclusiones culturales cuando su personaje Nathan el Sabio nos dice que la bondad o maldad de una cultura se reconoce por medio de los sujetos que actúan. Es decir, la buena o la mala educación se ve en las acciones de los sujetos.

El bárbaro es aquel que no reconoce la diversidad y la plena humanidad del otro. De ahí la necesidad de enseñar la condición humana y de enseñar la comprensión. La humanidad y la inhumanidad tienen el mismo origen: somos homo sapiens / demens. Así dice Morin:

“El siglo XXI deberá abandonar la visión unilateral que define al ser humano por la racionalidad (homo sapiens), la técnica (homo faber), las actividades utilitarias (homo economicus), las necesidades obligatorias (homo prosaicus). El ser humano es complejo y lleva en si mismo de forma bipolarizada los caracteres antagónicos:

sapiens et demens (racional y delirante)

faber et ludens (trabajador y jugador)

empiricus et imaginarius (empírico e imaginario)

economicus et consumans (ecónomo y dilapilador)

prosaicus et poeticus (prosaico y poético)”(2)

El homo complexus es la dialógica del sapiens / demens. Nuestra tarea consiste en ganar en sapiencia (humanismo, civilización) y reducir la demencia (barbarie, desmesura).

Cada hombre, dice Montaigne, lleva en sí mismo la forma entera de  la condición humana. Civilización y barbarie, creación y destrucción, humanismo y desprecio de lo humano. Ser civilizado es saber que la condición humana es un universal. Todos portamos la misma humanidad y por lo mismo podemos rebajarnos a la inhumanidad o aspirar, por medio de la educación y del conocimiento, al humanismo civilizado y a una política de civilización, por la civilización y para la civilización. Una política de civilización es una política de relaciones humanas y de actos humanos civilizados que fomenta la libertad y la creatividad humana. Actos de reconocimiento, de diálogo, de respeto, de comprensión, de solidaridad, de tolerancia y de intolerancia frente a la barbarie. La intolerancia frente a los que no toleran la libertad del otro. Tolerancia a la diversidad, la otredad, la alteridad, tolerancia que se opone a aquellos que quieren romper la pluralidad genuina, la pluralidad que tiene conciencia de la incertidumbre y falibilidad de nuestro conocimiento, la pluralidad que sabe que la diversidad es bienvenida teniendo en cuenta que su límite es la deshumanización y degradación del otro. Porque no hay que olvidar que todo acto de conquista, sojuzgamiento o imposición parte de la degradación del otro, de la consideración del otro como inferior y, en el límite, no humano.

Se pueden desprender de “los siete saberes” las ideas de que uno avanza en civilización cuando se sitúa en una posición “meta”. Se ve desde dentro y desde fuera, practica la auto-observación, se piensa pensando, se observa observando, se conoce conociendo…Se opone a la imposición del propio punto de vista. Trata de poner en práctica la dialógica. Posición “meta” teniendo en cuenta que no existe el meta-punto de vista comprehensivo que englobe la objetividad absoluta. Tener en cuenta esto es básico para un diálogo inter-cultural lo más amable posible.

Se avanza en civilización cuando se defiende una ética del género humano, de los derechos humanos, de la democracia. Es decir cuando se convierte la civilización en civismo, en conducta cívica.

Se avanza en civilización cuando se es capaz de reconocer y de avanzar en el conocimiento del otro. Cuando se siente curiosidad por el otro. Única forma de comprender lo que hace el otro. Comprender aunque muchas veces no se esté de acuerdo.

Se avanza en civilización cuando se hace del estar con el otro una conversación abierta, dialógica, porque ningún ser humano, ninguna cultura es capaz de representar toda la verdad de la vida humana(3), una verdad amplia e incierta, una verdad que no es esencial ni trascendente, una verdad que es construida por todos.

Se avanza en civilización cuando buscamos con el otro la “fusión de horizontes”, una fusión que no reduce ni anula a nadie sino que abre a todos hacia la creación de lo nuevo porque para que podamos participar en el diálogo debemos partir de la idea de que las cosmovisiones de los demás pueden ser comprendidas (al menos en parte). No puede haber diálogo entre horizontes cerrados, abstractos, herméticos.

Una política de civilización es una política de humanidad. Un humanismo. El humanismo civilizado necesita de una gran consistencia intelectual y epistemológica. Se trata de saber usar y pensar los conceptos y las palabras. Hoy en día existe un discurso epistemológicamente muy confuso y políticamente muy interesado en torno a la palabra “civilización”. Existe una gran confusión entre “civilización” y “cultura”. Muchas veces se han visto como sinónimos estos dos conceptos. No lo son. Más aún, que existe una diversidad cultural enorme es un hecho. Es un dato objetivo que existen diversas interpretaciones del mundo, hermenéuticas del contexto diversas, normas de vida comunes para diversos grupos humanos, etc. No está tan claro hoy, en la era planetaria, que existan civilizaciones en un sentido ontológico y totalizante de identidad, como sugiere Huntington, por ejemplo. En un sentido de singularidad delimitable. Incluso, como dice E. Said, no existen características claras y evidentes en cada civilización y además, cada supuesta civilización está llena de una enorme diversidad de culturas y de individuos.

El discurso civilizacional hoy está lleno de reduccionismos, vaguedades y simplificaciones. Su punto de partida teórico es falso: se trata de un concepto reduccionista, simplificante, abstracto de la identidad de los seres humanos. Más aún, encubre la perversión intelectual de un supuesto choque, diálogo o alianza de civilizaciones, como si  se tratase de entidades conscientes. Las civilizaciones no chocan, no dialogan, no se alían. Somos los seres humanos a nivel individual o como sujeto colectivo los que podemos dialogar, oponernos, confrontarnos, odiarnos, entendernos…Cada ser humano es un paisaje cultural, biográfico, social, político, cada ser humano es la interacción de múltiples identidades y al mismo tiempo puede ser la creación original y consciente de nuevas relaciones, conexiones. Somos seres con cultura (s), con memoria común aprendida pero somos más que eso: podemos ser individuos abiertos al encuentro del otro, al respeto, a la solidaridad, al diálogo complejo (plural, diverso, sin imposiciones, contradictorio, incierto –allí donde no todo está uniformado y determinado existe la incertidumbre y la inseguridad-). Lo importante es saber manejar el paso de unas culturas a otras, el dialogo y la comunicación inter-cultural. Lo importante es saber transformar nuestra situación en nuevos proyectos personales y colectivos con el otro en condición de reconocimiento y simetría. Una persona civilizada es aquella que tiene sentido del nomadismo y de la frontera, lugar de paso y no solo de clausura.

Sin duda un saber necesario hoy es saber reconocer las cegueras del conocimiento. Ver el papel de los mitos, las creencias, las religiones, los imprintigs culturales en cada uno de nosotros. Analizar los elementos que nos convierten la mayoría de las veces y de forma inconsciente en ineptos culturales que solo vemos las relaciones humanas desde nuestro particular canon de normalidad. Ineptitud cultural que se transforma en arrogancia intelectual frente al otro, otro la mayoría de las veces desconocido o inventado por nosotros. Razón tiene Rousseau cuando en el “Discurso sobre el origen de la desigualdad” dice que “toda la tierra está cubierta de naciones de las que solo los nombres conocemos; ¡y nos ponemos a juzgar el género humano!” La mayor fuente de incomprensión del otro es nuestra ignorancia sobre el otro. Ignorancia fomentada educativamente y también ignorancia voluntaria. En definitiva, el planeta Tierra es mucho más complejo que la descripción que de él hace el paradigma civilizacionista, a base de muchos estereotipos y poco conocimiento empírico.

Una persona civilizada es una persona educada en el reconocimiento del otro, en el arte de la dialógica y la articulación abierta. Ser civilizado es comprender que la universalidad es una unidad en la diversidad. Es, como decía Octavio Paz, aquel que dice “nosotros: los otros”. Es tener sentido del mestizaje entendido como capacidad de transgresión de fronteras culturales, como capacidad de tomar distancia crítica respecto de las culturas que uno va interiorizando en su propio proceso de construcción personal y en relación con el otro. Se trata siempre de  no jugar al juego perverso de las abstracciones y manipulaciones, único modo de situarse más allá de todo fanatismo y fundamentalismo.

Los “siete saberes” nos proporcionan una fundamental base epistemológica para navegar en la era planetaria y a nivel personal y en el nivel relacional. Nos invitan a detectar los prejuicios en los que se nos educa y con los que educamos, nos ofrecen la posibilidad de mantenerlos a raya. Nos invitan al diálogo genuino y debemos tener siempre presente que no es posible una antropolítica sin el ejercicio del genuino diálogo. Aquel diálogo que jamás concluye por la sencilla razón de que el medio en que vivimos los seres humanos no es constante ni eterno. Por eso que necesitamos de un método dinámico y evolutivo, estratégico, y no de programas (un programa presupone que el medio es invariante). Más aún cuando, Morin lo ha dicho muy bien en sus escritos, la realidad no es tan evidente como se puede creer, nunca podemos leer la realidad con una evidencia absoluta. Olvidar esto nos lleva a la deriva fundamentalista y dogmática, a la racionalización de las visiones del mundo y del mundo que uno ve. En síntesis, “los siete saberes” nos invitan a mirar de otro modo porque cuando uno cambia su modo de mirar genera la posibilidad de estar de otro modo en el mundo. Toda epistemología desemboca en una política y en una ética. El modo como pensamos desemboca en nuestro modo de actuar.

La política nunca puede eliminar la incertidumbre, por eso mismo la política es el arte de dialogar y negociar  teniendo en cuenta que no existen verdades trascendentes. Existen intereses, valores, necesidad de argumentos y de respeto.

Ser autocrítico implica que tomemos conciencia del error y del horror que pueden producir acciones irreflexivas, simplificadas, descontextualizadas. Despreciar al otro sin más es bárbaro, más aún cuando no hay un esfuerzo de conocimiento.

La era planetaria, como decía antes, necesita de una educación a su nivel, pero necesita también ser educada. Se trata de educar en la era planetaria y a la era planetaria. Hoy en día podemos optar por los singularismos civilizacionales o por la comunicación intercultural, ser civilizado es optar por la comunicación frente a la multiculturalidad monocultural y la abstracción singularista, germen de barbarie por que simplifica la cultura de uno y la cultura ajena, disocia y no tolera más verdad que la suya propia, no tolera más valor que el suyo propio. Necesitamos recuperar la enseñanza de Nathán el Sabio y su parábola de los tres anillos(4), donde se nos enseña la necesidad de la civilización personal: cada ser humano debe practicar la dialógica para mostrar que es digno de tener la verdad del anillo, aunque nunca sepa cuál es la verdad. Ahora bien, Lessing nos enseña, por medio de Nathán el Sabio, que la verdad se convalida moralmente, en la acción, y esa es su objetividad.

Pero mientras tanto, en la era planetaria los humanos seguimos  inmersos en la deficiencia mental de no pensar las ideas preconcebidas, símbolo de la necedad moderna, como decía Flaubert. Seguimos imaginando abstracciones y atribuyendo una identidad al otro no por lo que hace sino por lo que se supone que el otro es.

Como dice E. Morin en Terre-Patrie: “necesitamos concebir una política del hombre en el mundo, política de la responsabilidad planetaria, política multidimensional pero no totalitaria. El desarrollo de los seres humanos, de sus mutuas relaciones, del ser societal, constituye el propósito mismo de la política del hombre en el mundo, que llama a la prosecución de la hominización”(5)

Una política del hombre necesita de los siete saberes para la educación del futuro que nos permita salir de la edad de hierro planetaria y de la prehistoria del espíritu humano, que se concreta, entre otras cosas, en un espíritu que avanza de manera enorme en su aspecto tecno-científico y no avanza en su cara ética y moral. Porque ciertamente el progreso humano no es solo la aceleración del saber científico-técnico, el progreso humano es el camino hacia el horizonte de la civilización como idea-faro.

Una política de civilización en la era planetaria se asienta en una base cívica de convivencia. Se trata del presupuesto de entendimiento político que nos hace a todos iguales, como ciudadanos, en el espacio público y que nos permite expresar con libertad nuestras opciones culturales (porque también somos ciudadanos culturales) dentro del respeto de los derechos que como sujetos tenemos. Es otra forma de decir que la libertad consiste en depender tan solo de la ley.

Una política de civilización es una política del ser humano, para el ser humano. Una labor de todos y de cada uno, individual y colectiva. Labor ciudadana, como hemos dicho. Dejarla solo en manos de los aprendices de brujo en que se están convirtiendo muchos políticos y de los medios de comunicación que los jalean, y también conforman opinión, puede costarnos grandes regresiones democráticas y logros sociales, cívicos, políticos que han sido fruto de una lucha constante en defensa de la racionalidad abierta, humanista, ilustrada, compleja, esto es, racionalidad dialógica.

Valladolid, Septiembre de 2010


* Conferência Internacional sobre Os Sete Saberes. 21-24 de Setembro 2010. UECE. Universidad Estadual do Ceará. Brasil.
(2) Morin, E.  Les sept savoirs necessaries à l´éducation du futur. Seuil. Paris. 2000. p.62.
(3) Una leyenda que cuenta Gracián nos habla de la asamblea de los siete sabios sobre la reforma general del universo. Cada sabio va proponiendo su remedio. Uno dice que el mal viene de la mezcla de las naciones y su propuesta es que se vuelvan a erigir los montes para que hagan de barrera entre culturas y etnias. Gracián nos dice que tal propuesta no fue aprobada “por ser contra la comunicación universal y que no todo lo bueno nace en una parte de la tierra”. En síntesis, nos dicen los siete sabios, ninguna cultura, población, civilización, posee en exclusiva la verdad ni la bondad.
(4) Parábola de los tres anillos que se encuentra antes en la Novela Tercera de la Primera Jornada del Decamerón de G. Boccaccio, cuando el judío Melquisedec tiene que responder la pregunta del sultán Saladino: ¿cuál es la más verdadera de las tres religiones?
(5) Morin, E., Kern, A. B. Terre-Patrie, p. 166. Seuil. Paris. 1993.
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