Ideas para abordar las relaciones entre educación/sociedad/economía/ética/política/comunicación intercultural en la Era Planetaria

Emilio Roger Ciurana[1]

Un falso realismo nos dice que las cosas son como las “vemos”, que existen tal cual las “vemos”. No nos damos cuenta de que nuestra visión de las cosas, nuestra visión del estado del mundo, incluso la visión de nosotros mismos sufre múltiples condicionamientos. Estar en el mundo requiere de un estado mental, discursivo, lingüístico, ideológico. Un estado mental educable. Vemos el mundo de la forma en la que somos formados.

Las palabras, sobre todo en forma de conceptos, crean mundo. Y crean mundo tanto conceptos con una cierta pertinencia empírica como conceptos poco pertinentes empíricamente pero con una gran carga ideológica y emocional. La batalla  en el campo social, cultural,  político, ético, educativo, económico, se juega siempre en el campo de lo simbólico, por lo tanto se juega en el espacio de la lógica del o de los discursos que compiten por apropiarse de y capturar ese campo y vencer. Se trata del intento de monopolización del sentido. Se trata de la lucha por el poder sobre las mentes. Un poder que guía la forma en que cada ser humano ve el mundo, la vida, su sentido de la vida. Un poder cautivador, encantador, que quiere hacer del pensamiento un pensamiento cautivo (Milosz).

Todo está en nuestro pensamiento si previamente se introducen unos determinados códigos de lectura del mundo y por lo tanto si previamente se coloca el pensamiento dentro del marco de un determinado tablero de juego.

Podría ser interesante comenzar a pensar muy seriamente que la única forma de cambiar un estado de cosas es bajándonos de determinados tableros conceptuales / epistemológicos y elaborando otro tipo de conceptos, otro tipo de discursos. Porque en la realidad no existen muchas divisiones que hacemos, muchas de las cosas o estados de cosas que vemos son producto de la imaginación. Producto de procesos de enculturación.

Palabras como “globalización”, “cultura”, “civilización”, “desarrollo”, “economía”, “técnica”, “ética”, “política”, son palabras muy fácilmente manipulables y de hecho muy manipuladas. Se trata de palabras que parece que hoy tienen dueño, se trata de palabras que ya están cargadas de ideología, se trata de palabras que simplifican el mundo. Ninguna de estas palabras, dentro del discurso tecno-burocrático-neo-liberal, contiene una antropología que no se reduzca a la simplificación del homo economicus y del hombre de la modernidad occidental triunfante (racionalista, ilustrado, instrumental – calculante). Estas palabras ocultan hoy la visión fundamentalista del mercado, ocultan la pretensión fundamentalista de ontologizar las civilizaciones, las culturas y por lo tanto la educación. Ocultan la unilinealidad de una determinada visión del desarrollo, de la cual se deduce la palabra “subdesarrollo”. Ocultan la experiencia de la diversidad y también las diversas asimetrías que hoy conforman el planeta. Y así como ocultan también muestran un mundo. Además con la convicción de que es el único mundo posible. No nos damos cuenta de que las palabras globalización, civilización, desarrollo, neoliberalismo, así como el modo educativo en que son distribuidas, incluyen en ellas hoy las más poderosas abstracciones inventadas para simplificar la complejidad humana. Se trata de abstracciones que hacen invisible la experiencia compleja de la diversidad humana y, por lo tanto, en su reduccionismo y unidimensionalización niegan la unidad del hombre: una unidad compleja, uni-diversa. Una unidad multi-experiencial en todos los niveles.

En su unidimensionalización el fundamentalismo del mercado y de la economía encubierto por la palabra globalización oculta un hecho empírico: oculta que la globalización afecta a las relaciones humanas, afecta a las relaciones interculturales desde el momento en que la asimetría económica hace que los pobres, los desposeídos, los humillados, los vencidos (que no convencidos) emigren o traten de emigrar hacia los países ricos[2] en busca de mejores condiciones laborales, mejores condiciones de vida. Todos aquellos que no responden a las necesidades del capitalismo salvaje y que quedan al margen, transformados en formas residuales que se pretende invisibilizar y combatir, aislar, preservar del contacto con el mundo rico y moderno. Pero que al mismo tiempo son visibles y cada vez más visibles como lo muestran las masivas y desestabilizantes llegadas de seres humanos a los países más favorecidos materialmente.

El hecho de que la gente cambie de lugar implica que los paisajes culturales se reconfiguren en los lugares de llegada, que surjan otros paisajes. Ello conlleva el problema de la comunicación intercultural. Estamos pasando y de forma muy rápida de una concepción del Estado como Estado-contenedor (con supuestas fronteras culturales y una cultura predominante) a una concepción pluricultural del Estado. En ese sentido la sociedad ya nunca va a poder ser “la” sociedad, una unidad moral y cultural universal, una cohesión desde arriba (sistémica, funcionalista). Estado y sociedad ya no se recubren el uno en la otra, por lo tanto hemos llegado al fin de una concepción de la educación, la educación entendida como socialización o “formación del espíritu nacional”. Estamos en el comienzo de la generación de una educación para la comunicación intercultural. Una educación que necesita de esquemas complejos de pensamiento para poder navegar en las aguas de la diversidad. No comprender esta nueva situación implica que  las actuales sociedades sigan generando grandes bolsas de anomía y marginalidad, no solo económica, no solo social, se hace ahora más visible una nueva forma de anomía: la anomía cultural, de sentidos de vida. Es aquí donde puede entrar la propuesta de educar en la era planetaria, que implica también educar a la era planetaria[3]; educar en la era planetaria podría ser educar en, por y para la diversidad y la interconexión, para lo general y para el contexto, para el desarrollo de las posibilidades humanas y la creatividad en un mundo en el que la incertidumbre es ineliminable. Educar para la unidad diversa, la posibilidad de oír y comprender las otras voces. Se trata también de una cuestión de antropología hermenéutica. Porque el “otro” ya no es algo lejano, el “otro” está entre nosotros. El otro es un nosotros.

Educar en la era planetaria nos puede ayudar a alcanzar la meta de salvar la comunicación en la era de la información. Convertir la información en conocimiento en una era en la que, como decía Castoriadis, vivimos en pleno ascenso de la insignificancia, pues en insignificante se convierte una sociedad general de individuos masificados en la que pareciera que los contextos vitales son irrelevantes. Y es que la falsa universalidad, que para los occidentales se concreta en lo nuestro sin fronteras, rompe las ligaduras biográficas a los contextos en las que las biografías se crean y adquieren sentido.

La era planetaria no puede ser una era de globalización neoliberal[4], no puede ser una era de homogeneización. Es una era de enraizamiento antropológico, es decir, enraizamiento en el Planeta (lo universal) al mismo tiempo que enraizamiento en lo local-contextual. Antropología universal (lo humano) en sus diversos y posibles desarrollos. Por lo tanto no existe “el” desarrollo, existen los desarrollos y su interconexión. Los grandes retos que tiene hoy la humanidad son generales pero al mismo tiempo también requieren de arreglos locales. Una globalidad lo es por el desarrollo interconectado y autoorganizante entre las partes que, precisamente, interactúan. Se trata de una interconexión muy compleja en la que se producen simultáneamente uniones y también dislocaciones, simetrías y asimetrías. Se producen resistencias identitarias (nacionalistas, religiosas, culturales, simbólicas, etc.), al mismo tiempo intentos de conexión. Una conexión que será hecha desde la experiencia de la dialógica o no será posible que se produzca si se pretende solo desde una sola dimensión cultural y de sentido. No será posible si no se da un diálogo, en toda su complejidad, entre lo instrumental-económico y las dimensiones de sentido (lo cultural).

Muchas veces olvidamos que el Planeta vive múltiples tiempos en un mismo tiempo. Cuando en el mundo llamado avanzado y moderno se nos dice que la política emancipadora hoy ha dado paso a la política de la vida (Cfr. A. Giddens) no nos podemos permitir olvidar que esta distinción que puede valer en el mundo desarrollado tecnológicamente y en los Estados del Bienestar en los que las necesidades básicas de justicia social están más o menos cubiertas, no es tan válida en un mundo en el que aún se pelea por cubrir la necesidades materiales básicas. Lugares en los que no existen aún instituciones que garanticen la emancipación. Así como hay que estar muy alertas para que en los lugares en donde estas instituciones ya existen no se degraden.

Todo ocurre como si, usando la famosa distinción Norte / Sur, el Sur tuviese que correr el doble si quiere seguir el esquema de desarrollo del Norte: solucionar la base material (economía) y pasar a la política de la vida[5]. Pero mientras el Norte hizo una cosa después de otra (y no olvidemos que en  el Norte aún hay mucho Sur), en el Sur parece que ambas cosas tienen que ir juntas, se solapan y …crean crisis. Más aún cuando desde el Norte se lanza un discurso    (ideológico) que afirma y garantiza que el neoliberalismo económico y la democracia van juntas. Una evidencia que evidentemente es falsa. Pues poca democracia puede haber allí donde el espacio de la política y de la palabra cede terreno al espacio incontrolado y des-regulado de la especulación económica y de una tecnología ambivalente . Allí donde la gente no es dueña de su futuro y vive con la atención desviada constantemente a conveniencia de quienes tienen el poder de articular los mensajes que se lanzan y, por lo tanto, dictan las políticas a ejercer por unos Estados que cada vez tienen más problemas para administrar el descontento de la gente por la pérdida de calidad de vida. Dicho de otro modo, el trasvase de lo político a lo económico que hoy vivimos en el mundo, el paulatino desmantelamiento de lo público en beneficio de lo privado, encubre una ideología, encubre un discurso y una lógica que hacen pasar por hechos consumados y evidentes lo que no son más que decisiones de grupos de poder político-económico que imponen las condiciones bajo las que se tiene que ejercer la política. La asociación que hacen los neoliberales entre mercado y democracia es falsa,  ofensiva a la inteligencia, y muchos teóricos, desde diferentes posiciones han criticado y denunciado esta mitología. Desde Giddens, Bauman, Chomsky, Castoriadis, George, Barber, Touraine, Sanpedro y Taibo[6], Morin, Vidal-Beneyto, etc., se nos dice, creo que con razón, que la democracia y el mercado no son sinónimos, la privatización del Estado no es la mejor forma de fortificar a la sociedad civil[7]. Como afirma B. Barber: “la libertad para comprar una Coca-Cola o un Big Mac no es la libertad para determinar cómo vivirás o bajo que clase de régimen”. Es decir del hecho de que los mercados con una buena y eficiente regulación, con una cierta flexibilidad, sean hoy los instrumentos (en general) más eficientes de productividad económica y de acumulación de riqueza, no se sigue “la idea absurda, pomposa, de que los mercados desregulados son el único medio para producir y distribuir todo lo que nos importa”[8].

La denuncia de muchos movimientos antiglobalización[9] es pertinente: ¿Cómo es posible que solo se globalice la economía neoliberal y la desregulación financiera y en cambio no se globalice la justicia, la sanidad en muchas partes del mundo o la educación más básica?

Como antes he insinuado, el significado de las palabras es importante y hay que estar atento a lo que estas significan o se pretende que signifiquen. Bajarse del tablero impuesto de la actual globalización y del desarrollo implica no solo desmantelar o reconstruir ciertos conceptos, implica crear nuevos conceptos y desarrollar instrumentos teóricos más adecuados a una realidad multidimensional. Implica crear otras reglas de juego frente a las reglas establecidas. Otra ética, otra racionalidad. Una reeducación de la mirada y de la palabra. Una reforma epistemológica.

De alguna manera siempre nos viene bien plantearnos la pregunta por la racionalidad. ¿A qué llamamos racionalidad? ¿Y si fuese muy cierto que muchísimas veces las ideas, las creencias, se adueñan de nosotros, nos poseen, nos manipulan, nos gobiernan, nos dirigen, distorsionan nuestra mirada? Al mismo tiempo resulta que dentro de tales posesiones ideológicas nos parece evidente que la realidad no puede ser de un modo diferente al que muestra la idea o la creencia. Es decir convertimos en racionalidad y en verdad aquello que es fantasía, objeto de nuestra imaginación. Una cosa es poner en práctica una racionalidad abierta y otra es racionalizar el mundo, tratar de doblegar el mundo ante el imperio de ideas y de conceptos “mágicos”, tratar de doblegarnos nosotros mismos ante el imperio de conceptos “cáscara” de nuez que pasan por altamente empíricos. Como ocurre con las nueces las hay que al cascarlas vemos que no contienen nada dentro, o que lo que contienen no sabe bien. Cuando cascamos el concepto actual de desarrollo, el concepto actual de globalización neoliberal, encontramos dentro una muy clara visión del mundo: reducida al imperio del dinero y del cálculo, encubriendo explotación despiadada y desigualdades inmensas, mostrando un futuro radiante bajo una falsa premisa, en realidad la falsa premisa que inventa la Ilustración del S. XVIII y que impactó por igual tanto a positivistas como a marxistas: la creencia de que progreso material y progreso ético iban juntos. Evidentemente esto es ignorar que el ser humano es muy ambivalente, los productos tecnológicos así como el dinero pueden servir para crear bienestar y también para crear malestar y sumisión. Hay que ser muy crédulo, hay que tener mucha fe, como explica J. Gray, para pensar que el avance que se ha dado y se da en la ciencia y en la técnica puede repetirse o ir en paralelo en la moral y en la política. Además la cosa empeora si adosamos un sentido a la historia y creemos que esta tiene un fin.

El discurso “vencedor” hoy, impuesto mediaticamente y aliñado con el “no hay alternativa” es el que parte de la convicción de que el desarrollo y el progreso de la humanidad entera solo puede advenir por medio de un mercado libre universal con muy baja regulación política (o ninguna). Como si esta solución fuese la mejor para todo el mundo, como si la libertad de mercado fuese la solución para la escasez de recursos en el mundo. De ser ciertas estas premisas podemos preguntar por qué se hacen guerras por el control de recursos y fuentes de energía en el mundo. Y todos sabemos que la geopolítica esta virando del control del petróleo al control del agua. ¿Es mejor entonces seguir a merced de los vaivenes del mercado y de los precios que controlar y regular los recursos que tiene el planeta? ¿Es mejor este desarrollo que un desarrollo antropológico y que tenga en su mira la sostenibilidad?

¿Qué podría ser hoy un desarrollo con base antropológica? ¿Cuáles podrían ser las bases de una antropología del desarrollo? Se podría decir que frente al actual “orden caníbal” (J. Attali) de una globalización con unos criterios de desarrollo muy unidimensionales y menguados podemos proponer un concepto antropológico y planetario de desarrollo si complejizamos este concepto.  Podemos comenzar por desvelar las asimetrías que produce y oculta una visión unilineal del desarrollo. Para Occidente el desarrollo es uno, en cambio el subdesarrollo se dice de muchas maneras, nos lleva a una enorme variedad de situaciones. Se trata de situaciones muy complejas en las que interactúan de forma retroactiva economía, ambiente, territorio, cultura, identidad, necesidades humanas, etc.

Una antropología del desarrollo necesita practicar el bucle complejo, multi-retroactvo entre lo biológico y eco-sistémico hasta lo cultural, la economía, la política y la ética. Todo ello conlleva una dimensión epistemológica, una dimensión cognitiva radical. Se trata de cambiar de epistemología. Cambiar nuestra visión de la naturaleza, que no es una naturaleza muerta y en orden, y la visión que tenemos de nosotros mismos: la naturaleza no es algo externo a la sociedad y al hombre sino algo consustancial con nosotros mismos.

Cambiar de epistemología en la era planetaria es un acto de defensa de la naturaleza y de nuestra naturaleza. Ya no podemos pensar contra natura. Nuestra humanidad es una humanidad bio-eco-cultural. Cambiar de epistemología es también un acto político. Nos puede ayudar a transformar no solo nuestra relación con el medio natural sino también con nosotros mismos como seres sociales, planetarios. Nos puede ayudar a transformar sentidos vitales. Por ejemplo la ciencia ecológica es una ciencia de gran complejidad porque engloba interaccionalmente múltiples niveles: el nivel positivo, el nivel económico, el nivel social, ético, político. Así como la ecología no solo acaba en la ciencia, la ecología también necesita de la ecología de la acción que forma parte de una ética compleja. Sabemos que para actuar no podemos obviar el contexto al que se aplica nuestra acción. Al mismo tiempo no podemos obviar la información que nos proporciona ese contexto, para que la pensemos, la valoremos y actuemos en consecuencia, aún sabiendo que existe el riesgo del error.

Se trata de aportar nuevas resignificaciones, de transformar la racionalidad tecnológica en una racionalidad compleja. Frente al pensamiento único es posible reinventar la economía, hacer que la economía sea inseparable de lo social, de lo cultural, de lo político, de lo ético y de la naturaleza. Pasar de una economía “capitalista” (lo cual no implica renegar de las bondades de la economía y de la competencia (bien reglada, ética) a una economía humana.

El concepto occidentalocéntrico de desarrollo es de una enorme toxicidad si lo dejamos en manos de la lógica economicista y tecnológica. Ya no podemos contentarnos con palabras como “sostenibilidad” o “ecología” si al mismo tiempo no les aportamos significados, reflexiones, guías mentales, metas, faros, en un mundo muy desbocado. Si la fronesis es una constante necesidad, si necesitamos ser prudentes, podemos decir que esta está ausente del imperante modelo de desarrollo.

La prudencia es hija de la reflexión y base de una humana conducción en la historia. En este sentido el desarrollo no puede ser humano mientras exista tanto subdesarrollo moral y psicológico en el ser humano. Vivimos en un espacio jánico, bifronte, contradictorio: un enorme poder tecnológico, científico, material, que para una parte de la humanidad simboliza “bienestar” y al mismo tiempo un enorme subdesarrollo ético. Los modos de comportamiento de los Estados, los grupos que tienen el poder fáctico, organizaciones como el BM o el FMI, o la OMC, etc., muestran sus intereses de forma muy obvia, si sabemos verlo, cuando tratan problemas globales como lo son los problemas ecológicos, económicos, laborales, demográficos, el hambre en el mundo, el SIDA, el terrorismo…Aplican recetas unidimensionales, y muy poco científicas y objetivas a tales problemas. Aplican racionalizaciones irreales, pero con una enorme capacidad de desestabilización de la realidad. Aplican valores a palabras que creemos tan evidentes y asépticas como las palabras “progreso”, “desarrollo”, “economía”, “trabajo”, etc. Se trata de la una lógica discursiva que, producto de decisiones políticas y aderezadas con una conveniente pedagogía nos presentan el proceso como algo consumado y con una dirección bien definida e inmutable. Una especie de destino histórico que el mundo rico y poderoso quiere extender al planeta.

Una antropología del desarrollo y un desarrollo antropológico debería situar en el nivel más alto la relación indisociable entre educación / desarrollo / ética / política / cultura. Es en esta relación en donde podemos situar la perspectiva para valorar aquello a lo que llamamos “calidad de vida”: una finalidad, un faro de sentido y no algo inamovible.

La base de la creación de una calidad de vida en la que el centro sea el ser humano y no solo la pura materialidad está en asegurar las condiciones económicas necesarias para una vida digna de las personas, pero por otra parte también se trata de establecer la posibilidad de desarrollo de libertad de creación de sentido. Esto último ni se puede medir ni se deduce del PIB de un país. De hecho, como bien ha dicho A. Sen ¿de que sirve al ser humano tener un alto PNB y no tener arte, ni literatura, ni música…?

¿De que puede servir vivir en lugares en los que los estómagos pueden estar llenos al mismo tiempo que las cabezas y los sentidos vacíos? ¿De qué sirve vivir en democracias que no avanzan en la democracia? Democracias que no permiten desarrollar la democracia. Como si con solo usar la palabra “democracia” y su consiguiente retórica se abriese la puerta del bienestar social y humano. Dicho de otra forma: un desarrollo humano es también el desarrollo cultural, el desarrollo de los sentidos culturales, por lo tanto el desarrollo no solo de la libertad sino de la capacidad de las personas para crear libertad. Es decir: la capacidad de desarrollarnos como sujetos autónomos y responsables. Por lo tanto, el desarrollo humano necesita de un desarrollo ético, una cultura que facilite las relaciones con el ecosistema humano, relaciones de amabilidad y transparencia, contra cualquier tipo de corrupción (económica, política, ética).

Se habla mucho a veces de la democracia como cultura de la participación. Estamos todos preocupados por una ética y una educación para el desarrollo de la ciudadanía. Sería necesario desarrollar una ética de la comprensión, de la apertura al otro, que también es un sujeto y tiene las mismas características de sujeto y los mismos derechos que uno se atribuye a si mismo. En ese sentido, dentro de espacios públicos multiculturales es urgente desarrollar la capacidad de comunicación inter-cultural, la capacidad de reconocimiento del otro. Porque es posible, y de hecho, se producen debates públicos abiertos en los que la capacidad de comprensión brilla por su ausencia, debido a las clausuras mentales.

La capacidad de comprensión y una ética adecuada al respecto necesita del reconocimiento de nuestras ideas preconcebidas, para así poder ir en la dirección del alargamiento de nuestros horizontes culturales, del alargamiento de nuestras identidades.

Valladolid – Rio de Janeiro, Septiembre 2007

Valladolid, Noviembre 2007

eroger_ciurana@yahoo.es


[1] SEMINARIO NACIONAL DE EDUCAÇAO PROFISSIONAL TÉCNICA “Sustentabilidade, Educaçao e o Trabalho no Mundo Contemporâneo”. PETROBRAS. RH / UNIVERSIDADE PETROBRAS. 17-19 Outubro, 2007. Rio de Janeiro Brasil.
[2] Lo cual provoca también desestabilizaciones en los países de llegada, que no pueden acoger a  toda la masa de gente sin desestabilizarse a sí mismos. Aunque ciertamente se plantean aquí diversas paradojas: la necesidad objetiva de mano de obra inmigrante, más aún en poblaciones tan envejecidas como las europeas, por ejemplo, una mano de obra que en sus cotizaciones a la Seguridad Social contribuye al mantenimiento de la gente mayor. Al mismo tiempo la paradoja del no reconocimiento de esa necesidad por parte de los países de llegada, el rechazo cultural, las xenofobias, etc.
[3] Es decir, no se trata de que concibamos una educación para adaptarnos a una era, se trata de la posibilidad de que esa era sea educada, adaptada a nuestras ideas y concepciones, a nuestras esperanzas.
[4]Globalización neoliberal que solo se manifiesta en la dimensión tecnológica, informacional, comunicacional (con muchas asimetrías) y en la decisión política y económica de des-regular la circulación internacional de capitales. En cambio cada vez se limita más la circulación libre de trabajadores y de personas.
[5] Una “política de la vida” que ignora la mayoría de las veces las múltiples experiencias cualitativas de la vida. No se trata solamente de la experiencia de la vida occidental.
[6] Cfr. Sanpedro, J.L. y Taibo, R. Sobre política, mercado y convivencia. Los Libros de la Catarata. Madrid. 2006.
[7] Dejo apuntada aquí la interesante reflexión de I. Berlin “la liberad política es inútil sin la libertad económica”, antes ha escrito: “resulta inútil ofrecer derechos a personas que no pueden valerse de ellos, inútil dar al que no tiene un centavo y se está muriendo de hambre el derecho de adquirir alimentos y ropas para los cuales no tiene dinero” (Cfr. I. Berlin, La traición de la libertad. FCE. México. 2004. p. 80
[8] Cfr. Barber, B. Un lugar para todos. Barcelona. Paidós. 2000
[9] Creo que deberíamos acostumbrarnos a usar la palabra “alter-mundistas” para referirnos a los anti-globalización. El alter-mundismo es anti-globalizador en el sentido de que están contra el sistema ideológico-político-económico que sirve de soporte a la globalización neo-liberal. Son anti-sistema y al mismo tiempo son propositivos: proponen otro tipo de relaciones humanas. Sacan a la luz el hecho de que esta globalización actual es una globalización fragmentada, des-igual, excluyente…
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