Identidad (es)*

Emilio Roger Ciurana (1)

Cecilia Regalado Lobo (2)

La identidad es una de las grandes cuestiones de nuestro tiempo. Pensar la identidad en su complejidad es un reto intelectual cuyo resultado podría desembocar en la posibilidad de una mejor convivencia entre las personas. Los autores de este texto constatamos a diario, en la prensa escrita, hablada, etc., que la mayoría de debates culturales, sociales y políticos que toman como sujeto el tema de la identidad parten de una concepción simplificadora y unidimensionalizante de ésta. Nosotros vamos a mostrar brevemente una idea de identidad como construcción compleja. Basta con caminar por las calles de nuestras ciudades, por los pasillos de nuestras escuelas y universidades, por los diferentes lugares de trabajo en los que concurren las personas. En fin, basta con mirar nuestra cotidianeidad para observar lo difícil que a veces se nos hace la convivencia. Vamos a dejar de lado el temor paranoico que nos causa la representación que nos hacemos a gran escala de culturas aparentemente ajenas a las nuestras, porque no se trata únicamente de un problema de fronteras ni de lejanías en las que la mirada se pierde y se difumina. Creemos que una parte importante del problema básicamente surge de cómo nos miramos las personas. Cómo hemos aprendido e interiorizado, desde que nacemos, una determinada manera de reconocernos. Aprendemos a mirarnos los unos a los otros a partir de unos patrones culturales (por lo tanto educacionales) en los que la identidad es clara, evidente y exclusiva. Se nos forma dentro de una cultura con patrones fuertemente homogeneizadores, patrones a través de los cuales distinguimos a aquellos que no son formados dentro de ese modelo cultural y educativo. En ese sentido queda identificada nuestra pertenencia a esa cultura como una carta de identidad que presentamos a la mirada del otro. Pareciera entonces que estando en el mismo contexto cultural todos tuviéramos la misma biografía, el mismo contexto, las mismas posibilidades de ser persona y, por lo tanto, una sola manera de convivir y de expresarnos. Si esto fuera así nuestra cotidianeidad no sería tan conflictiva. Es evidente que esto no es así.

En esta concepción hay un error epistemológico de partida: se trata de un concepto de identidad esencialista, invariable y unidimensional en el que reposamos nuestra seguridad de pertenencia. Esto es lo que genera miedo frente a patrones culturales que no identificamos como nuestros y al mismo tiempo ese miedo genera la dificultad de dialogar comprensivamente con el otro porque creemos que corremos el riesgo de perdernos a nosotros mismos en ese juego. Porque pareciera que acoger un patrón diferente es romper con nuestro patrón de identidad. Como si dejásemos de pertenecer a nuestro grupo. Eso es lo que nos da miedo. Nos da miedo incorporar porque creemos que ese proceso de incorporación destruye nuestra estructura cultural. Por eso, por ejemplo, es más fácil dar solidaridad hacia afuera que  acoger solidariamente dentro de nuestra propia sociedad. Podemos mandar alimentos, medicinas, etc, a países necesitados, distintos a los nuestros. Pero no podemos incorporar a esas gentes dentro de nuestra sociedad. Somos solidarios allí donde no corremos riesgo de perder nuestra identidad, porque nuestra identidad ahí no está en cuestión. Esta actitud parece que refuerza nuestra estructura identitaria.

Vemos aquí una concepción homogeneizante de la identidad. Nosotros pensamos que quien comprende la identidad como construcción compleja no siente miedo de perder la identidad frente a la diversidad. Porque vivimos dentro de la diversidad, aunque nos cueste mirarla. Siempre ha existido la diversidad dentro de una misma cultura. Más aún, cada uno de nosotros somos seres únicos, diversos. La identidad se va construyendo y haciendo cada vez más única precisamente en el múltiple y complejo proceso de complementariedades, antagonismos y coincidencias que se dan en nuestras relaciones no solo cotidianas sino en ese proceso transversal que va desde la convivencia diaria hasta niveles más generales, más globales que afectan a la política nacional e internacional, así como a las percepciones interculturales.

La identidad no excluye la diversidad, al contrario, necesita la diversidad. Al igual que un organismo biológico construye su organización y autonomía a partir de su relación con el entorno, nosotros como seres no solo biológicos sino también sociales y culturales construimos nuestra autonomía e identidad por medio de la dependencia con nuestro entorno social y cultural (y el entorno va más allá de lo “cercano” a nosotros, piénsese en ese entorno que configuran los medios audiovisuales, internet, la literatura venida de afuera, el arte, la ciencia, etc.). Pero esa construcción es una construcción individual (que no aislada), esa construcción individualizadora necesita de lo diverso y crea al mimo tiempo diversidad. La diversidad funciona como freno a la homogeneidad introduciendo un “desorden” en las estructuras mentales y culturales de las personas, las sociedades y las culturas, que por el contrario, de no ser así, se anquilosan en una identidad invariable. La diversidad es posibilidad de enriquecimiento y cambio evolutivo si estamos dispuestos a abrirnos relativamente a lo otro. La diversidad es posibilidad de construcción de una identidad más compleja y múltiple.

Cada individuo es único, producto de todos esos círculos concéntricos que forman esa unidad de la diversidad y a partir de la diversidad. Unidad compleja, siempre abierta. El problema está en no saber reconocerse en todo a la vez y en reducir una identidad compleja a una sola dimensión, excluyendo las otras. Una construcción compleja  de identidad en la diversidad nos hace únicos y a la vez nos posibilita el reconocimiento de partes que tenemos en común con los otros. A una identidad esencialista le corresponde una idea de hombre unidimensional. En cambio, la posibilidad de comprensión del otro, diverso a nosotros, necesita de una concepción multidimensional del hombre, por lo tanto necesita de una identidad entendida como proceso de construcción siempre abierto.

Cuando se defienden, incluso con violencia, las identidades unidimensionales, se está partiendo de esquemas cognitivos cerrados que se fundamentan en una lógica que concibe a los individuos compartimentados y modelados a perpetuidad. Como estatuas incapaces de construirse a si mismos. Sin posibilidad de construcción personal, social, cultural. La identidad se construye en ese proceso, encuentro de partes complementarias y antagonistas a la vez, que somos cada uno.  Cada uno de nosotros somos únicos en la diversidad y diversos en la unidad. La unidad, como la identidad son procesos dinámicos.

Reducir nuestra identidad a una sola dimensión predominante desemboca en una ética de la exclusión, de la incomprensión de consecuencias nefastas para la convivencia. Nos convierte en individuos semejantes a ese vizconde demediado de la novela de Italo Calvino. Nos limita posibilidades de ser, reduce la posibilidad de nuevas experiencias. No olvidemos que la palabra “ser” no es tanto reflejo de lo acabado sino producto y productor de múltiples reorganizaciones.

Frente a una ética de la exclusión y de la identidad estática podríamos intentar el camino de una ética de la comprensión que contemple la multidimensionalidad y de ese modo nos facilite la posibilidad de religar y religarnos como ciudadanos planetarios. Ciudadanos que estamos más allá de una visión egocéntrica del mundo y de nosotros mismos. Ciudadanos que afrontamos una contradicción complementaria entre lo particular y lo global. Frente a los monólogos identitarios una ética de la comprensión y el diálogo entre los hombres y las culturas, esto es, la realimentación entre las diversas voces más allá de lo que Freud denominaba el narcisismo de las pequeñas diferencias.

La educación, en este sentido, tiene hoy la responsabilidad y el deber de ayudar a la construcción de individuos capaces de generar pensamientos no reduccionistas y unidireccionales,  para ello tiene que revisar los hábitos que desde muy temprana edad fomenta dentro del paradigma perverso de la identidad estática. Poder vivir juntos implica la enseñanza de la sabiduría de lo diverso y en lo diverso, implica mirar de otra manera aquello que se ha hecho costumbre: el monólogo de lo único.

Valladolid, Enero de 2004


*Publicado en El Mundo. Diario de Valladolid. 9 de Enero de 2004.
[1] Profesor de la Universidad de Valladolid.
[2] Pedagoga e investigadora de estrategias educativas.
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