Laicismo y Dios(es)

Leo en el Diccionario de la Real Academia Española (Vigésimo Segunda Edición) que la voz “laicismo” significa “doctrina que defiende la independencia del hombre o de la sociedad, y más particularmente del Estado, respecto de cualquier organización o confesión religiosa”. Entiendo que el Estado tiene como uno de sus fines fundamentales el garantizar la libertad del los ciudadanos: libertad de pensar, de creer, de hacer. Todo ello con la limitación creo que sencillamente comprensible de que  el ejercicio de la libertad individual no perjudique la libertad del prójimo.

Desde hace tiempo la iglesia católica, con su principal representante en el Vaticano, sienten el impulso de denunciar el laicismo desde diferentes puntos: la equiparación entre racionalidad y creencia en Dios, la pérdida de sentido humano fuera de la familia cristiana y de la fe en Cristo, la relación entre laicismo y agresividad, la salvación de Europa por medio de la familia cristiana, la menor violencia de género entre los matrimonios católicos que entre las parejas de hecho, la animalidad (jabalíes) del laicismo, el desprecio de las opciones sexuales más allá de un modelo de familia que por lo demás no es universal…

En el fondo me parece que se trata de la fusión de varios elementos: fanatismo, búsqueda de poder y negación de la racionalidad abierta. Creo que tiene razón Amos Oz cuando afirma que la “semilla del fanatismo siempre brota al adoptar una actitud de superioridad moral que impide llegar a un acuerdo”. A esto lo acompaña “el deseo de obligar a los demás a cambiar”. Se trata de purificarnos de ciertos valores que nos llevan por la mala senda. Para ejercitar bien el fanatismo se requiere poder, que es lo que pretenden nuestros obispos, se trata de una cuestión de poder pegada a unas determinadas creencias y valores que no son evidentes. No menos cierto es que muchas evidencias se construyen por medio de una determinada pedagogía, por eso que se trata también de capturar el ejercicio de la educación y distribuirla del modo que ellos creen pertinente. El poder no es solo cuestión de violencia física, es también cuestión de captura mental. Insisto, de educación.

Ya puestos a hablar de educación cabe decir unas cosas que son obvias para cualquiera que piense un poco: el laicismo consiste en un hecho político elemental, esto es, que cada uno de nosotros seamos dueños de nuestra conciencia y que en el espacio social-público (que es de todos, porque no es de nadie) nadie invada la libertad de los demás. Cada cual es libre de construir sus sentidos de vida como crea más conveniente, lo que no puede hacer nadie es invadir los derechos políticos del prójimo. Creo que no es baladí recordar que la sociedad moderna se funda sobre un proyecto político y no religioso. La libertad individual está por encima de los poderes espirituales y los temporales: ni totalitarismo religioso ni totalitarismo político. Por eso es tan importante hoy una educación para la ciudadanía y para la libertad de los individuos, para la vida en común. Una educación en la racionalidad abierta y crítica frente a la racionalidad religiosa, tecnológica, económica, étnica… Frente a todas aquellas racionalidades que tratan de robar la racionalidad crítica, una racionalidad que se sabe in-trascendente, por eso defiende el diálogo: porque sabe que los seres humanos somos falibles y necesitamos del diálogo razonado en un mundo en el que no existen verdades trascendentes.

Todos tenemos un deber urgente que cumplir: el deber de ser ciudadanos y para ser buenos ciudadanos no viene al caso que seamos buenos o malos creyentes. Solo existe algo “sagrado” en la sociedad: los derechos fundamentales de los seres humanos. Véase si se quiere la “Declaración Universal de los Derechos Humanos”. Quizás hubiese sido buena idea haber producido en paralelo una Declaración Universal de las Obligaciones Humanas. Una de esas obligaciones debería ser la de respetar al otro y no tratar de imponerle creencias, religiones, dioses, naciones, doctrinas económicas, etc., como si fuesen evidentes no siendo más que producto de pedagogías basadas en el miedo, la inhumanidad y el hambre de poder y control.

La labor de la educación es, a mi juicio, hacer todo lo posible para que en nombre de la razón crítica ni nos creamos dioses ni bestias. Dicho de otro modo: que seamos capaces de convivir en la diversidad.

Acabo recordando a Leonardo Sciacia cuando decía que las palabras no son como los perros, que vuelven cuando les silvamos. Cuidemos el lenguaje.

Valladolid, 3 de Enero de 2011

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