Libertad y Estética

Sabemos muy bien lo que son las libertades formales en las modernas democracias liberales. No hay duda de que vivir en una democracia es mejor que vivir bajo condiciones dictatoriales, pero tampoco se me plantea ninguna duda cuando afirmo que vivir en democracia no es fácil, requiere de un esfuerzo intelectual por parte de todos. No nos basta la “libertad de expresión”, ni la “libertad de conciencia”. Uno no expresa mucho si antes no tiene algo que expresar. Por otra parte difícilmente sirve para algo tener libertad de conciencia si no tenemos conciencia. Lo dijo muy bien el que fue presidente de la República Checa, Václav Havel, en una de sus obras: la verdadera libertad no es la libertad de conciencia, la verdadera libertad es tener conciencia. Me refiero a la obra titulada El poder de los sin poder.

En sociedades instaladas en la pedagogía de lo que Epicuro llamaba “vanas opiniones” o “opiniones sin sentido”, hoy diríamos “propaganda” y manipulación del lenguaje y de la imagen, es muy difícil (pero posible) pensar con conciencia. Pensar con conciencia moral y con conciencia estética. Que vivimos una época en la que la inmoralidad y la indecencia se ha instalado en un sistema económico capitalista neoliberal que contempla al ser humano como una variable más y que pone de rodillas a la política, un sistema indignante (Cfr., el texto “Indignaos” de S. Hassel) e inhumano lo sabemos (aunque el miedo nos haga perder la conciencia) no solo desde Marx cuando denunciaba la inmoralidad del capitalismo, lo sabemos desde Tomás Moro cuando escribe en su Utopía “cuando contemplo el espectáculo de tantas repúblicas florecientes hoy en día, las veo –que Dios me perdone- como una gran cuadrilla de gentes ricas y aprovechadas que, a la sombra y en nombre de la república, trafican en su propio provecho. Su objetivo es inventar todos los procedimientos imaginables para seguir en posesión de lo que por malas artes consiguieron. Después podrán dedicarse a sacar nueva tajada del trabajo y esfuerzo de los obreros a quienes desprecian y explotan sin riesgo alguno. Cuando los ricos consiguen que todas estas trampas sean puestas en práctica en nombre de todos, es decir, en nombre suyo y de los pobres, pasan a ser leyes respetables”. Lamentablemente hay que añadir que hoy en día es una suerte que a uno lo exploten, es señal de que tiene trabajo. Espero se comprenda la palabra “suerte”.

Y se nos dice que hay que hacer un esfuerzo económico que en el fondo es político, un esfuerzo de renuncia a derechos sociales y políticos para sanear un sistema económico que no tiene más proyecto que perpetuarse a sí mismo y además con la “conciencia” de que no hay alternativa. En el límite son buenas las palabras de un esteta inteligente como lo fue Oscar Wilde: “a veces se elogia a los pobres por ser austeros. Pero recomendar austeridad a los pobres es grotesco e insultante. Es como aconsejar a un hombre que se muere de hambre que coma menos”. No solo es una desfachatez política y moral por parte de quienes recomiendan más austeridad pero no lo ejemplifican ni parece que la necesiten (la austeridad). Se trata también de una desfachatez estética, una fealdad en la forma de decir las cosas que se traduce en una fealdad en la forma de comunicación, una fealdad en la moral de la renuncia, una moral que como toda ficción oculta una antropología que sirve para mejor instalarnos en lo grotesco y absurdo. A lo mejor resulta que la moral-ficción de la renuncia y de la resignación es la gran inmoralidad de nuestro tiempo. Y ahí estamos instalados. Atrapados en una gran habitación como los personajes de la película de Luis Buñuel “El Ángel exterminador”. No es la libertad de conciencia lo que nos falta, falta conciencia individual y colectiva para abrir la puerta y salir de la asfixia, renovar el aire de la habitación y de nuestra cabeza.

Nos falta, como digo, no solo toma de conciencia colectiva, esto es, proyecto colectivo, político. Más aún falta conciencia individual, proyecto individual, cuidado de si.
Vuelvo a Oscar Wilde: “las cosas existen porque las vemos, y qué vemos y cómo lo vemos depende del tipo de arte que nos ha influido. Hoy en día la gente ve brumas no solo por que las haya, sino porque poetas y pintores les han enseñado el misterioso encanto de tales efectos”. Creo que lo que vale para el arte vale para la moral y para las relaciones entre los seres humanos en la polis. Todo depende del tipo de pedagogía que nos influye y del poco cuidado que tenemos para con nosotros mismos dejando que se nos imponga la fealdad, la resignación y el miedo en nuestro modo de estar, vivir y contemplar el mundo.

9 de abril de 2011

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