Reflexiones para una epistemología de la visión y la palabra en la Era Planetaria [1]

 

Emilio Roger Ciurana

 

Un falso realismo nos dice que las cosas son como las “vemos”, que existen tal cual. No nos damos cuenta de que nuestra visión de las cosas, nuestra visión del estado del mundo, incluso la visión de nosotros mismos sufre múltiples condicionamientos. Estar en el mundo requiere de un estado mental, discursivo, lingüístico, ideológico. Un estado mental que es educable. Vemos el mundo de la forma en la que somos formados.

Las palabras, sobre todo en forma de conceptos y metáforas, crean mundo. Y crean mundo tanto conceptos con una cierta pertinencia empírica como conceptos poco pertinentes empíricamente pero con una gran carga ideológica y emocional. La batalla  en el campo social, cultural, económico, político y educativo se juega siempre en el terreno de lo simbólico, por lo tanto se juega en la lógica del o de los discursos que compiten por apropiarse (capturar) de ese terreno y vencer. No es una casualidad, por ejemplo, el hecho de que cada cambio gubernamental implique una reforma o una pretensión de reforma educativa. No es casual que potentes organizaciones como las eclesiásticas estén en guerra permanente con el Estado: se trata de la apropiación del espacio social, se trata del intento de monopolización del sentido. Se trata de la lucha por el poder, un poder sobre las mentes[2]. Un poder que guía la forma en que cada ser humano ve el mundo, la vida, su sentido de la vida. Un poder que quiere hacer del pensamiento un pensamiento cautivo (Milosz)[3].

Se podría decir, por lo tanto, que “todo” está en nuestro pensamiento. Pero todo está en nuestro pensamiento si previamente se introducen unos determinados códigos de lectura del mundo y por lo tanto si previamente se coloca el pensamiento dentro del marco de un determinado tablero de juego.

Quizás haya que comenzar a pensar muy seriamente que la única forma de cambiar un estado de cosas es bajándonos de determinados tableros conceptuales – epistemológicos y elaborando otro tipo de conceptos, otro tipo de discursos, también otro tipo de metáforas. Porque en la realidad no existen muchas divisiones que hacemos, porque muchas de las cosas o estados de cosas que vemos son producto de la imaginación. O de la acción de los memes  culturales instalados en nuestra mente[4]. Ocurre como los sonidos cósmicos de los que hablaban los pitagóricos, dichos sonidos producidos por los planetas en sus movimientos existían según ellos, pero como los escuchamos desde nuestro nacimiento no nos percatamos de tales sonidos. Es un buen ejemplo de enculturación.

Palabras como “globalización”, “cultura”, “civilización”, “desarrollo”, “democracia”, “economía”, “mercado”, “ética”, “política”,”libertad”, son palabras muy fácilmente manipulables y de hecho  son muy manipuladas a diario. Se trata de palabras que parece que hoy tienen dueño, se trata de palabras que ya están cargadas de ideología, se trata de palabras que simplifican el mundo. Ninguna de estas palabras, dentro del discurso tecno-burocrático-neo-liberal, contiene una antropología que no se reduzca a la simplificación del homo economicus y del hombre de la modernidad occidental triunfante (racionalista, ilustrado, degenerado en racionalidad instrumental – calculante). Estas palabras ocultan hoy la visión fundamentalista del mercado, ocultan la pretensión fundamentalista de ontologizar las civilizaciones, las culturas y por lo tanto la educación. Ocultan la unilinealidad de una determinada visión del desarrollo, de la cual se deduce la palabra “subdesarrollo”. Ocultan la experiencia de la diversidad y también las diversas asimetrías que hoy conforman el planeta. Ocultan, en su manipulación, que neoliberalismo y democracia son incompatibles, pues si algo está siendo hoy reducido al mínimo por el neoliberalismo es la política (reducida a política económica). Y así como ocultan también muestran un mundo. Además con la convicción de que es el único mundo posible. No nos damos cuenta de que las palabras globalización, civilización, desarrollo, neoliberalismo, etc., así como el modo educativo en que son distribuidas, incluyen en ellas hoy las más poderosas abstracciones inventadas para simplificar la complejidad humana. Se trata de abstracciones que hacen invisible la experiencia compleja de la diversidad humana y, por lo tanto, en su reduccionismo y unidimensionalización niegan la unidad del hombre: una unidad compleja, uni-diversa. Una unidad multi-experiencial. Dialógica.

En su unidimensionalización el fundamentalismo del mercado y de la economía encubierto por la palabra globalización oculta un hecho empírico: oculta que la globalización afecta a las relaciones humanas, afecta a las relaciones interculturales desde el momento en que la asimetría económica hace que los pobres, los desposeídos, los humillados, los vencidos (que no convencidos) emigren o traten de emigrar hacia los países ricos[5]. Es decir, todos aquellos que no responden a las necesidades del capitalismo salvaje y que quedan al margen. Formas residuales que se pretende invisibilizar y combatir, aislar, preservar del contacto con el mundo rico y moderno. Pero que al mismo tiempo son visibles y cada vez más visibles. Fijémonos por ejemplo en el problema diario de las masivas llegadas de seres humanos a Europa desde África y otros lugares. Un “problema” constante para el mundo “desarrollado”. Fijémonos en la frontera México – USA. Y sobre todo fijémonos en el trato tan poco humano que reciben estos hijos de la desesperación.

El hecho de que la gente cambie de lugar implica que los paisajes culturales se reconfiguren en los lugares de llegada, que surjan otros paisajes[6]. Ello conlleva el problema de la comunicación intercultural. Estamos pasando y de forma muy rápida de una concepción del Estado como Estado-contenedor (con supuestas fronteras culturales) a una concepción pluricultural y postnacional del Estado. En ese sentido la sociedad ya nunca va a poder ser “la” sociedad, una unidad moral y cultural universal, una cohesión desde arriba (sistémica, funcionalista). Estado y sociedad ya no se recubren el uno en la otra, por lo tanto hemos llegado al fin de una concepción de la educación entendida como socialización o “formación del espíritu nacional”. Estamos en el comienzo de la generación de una educación para la comunicación intercultural. Una educación que necesita de esquemas complejos de pensamiento para poder navegar en las aguas de la diversidad. No comprender esta nueva situación implica que  las actuales sociedades sigan generando grandes bolsas de anomía y marginalidad, no solo económica, no solo social, también (y de forma muy importante) la anomía cultural, de sentidos de vida.

Educar en la era planetaria, que implica también educar a la era planetaria[7], podría ser educar en, por y para la diversidad y la interconexión, para lo general y para el contexto, para el desarrollo de las posibilidades humanas y la creatividad en un mundo en el que la incertidumbre es ineliminable. Educar para la unidad diversa, la posibilidad de oír y comprender las otras voces. Es una cuestión también de antropología hermenéutica. Porque el “otro” ya no es algo lejano, el “otro” está entre nosotros. Es un nosotros. Octavio Paz lo expresó muy bien cuando escribe “nosotros: los otros”.

Educar en la era planetaria nos puede ayudar a alcanzar la meta de salvar la comunicación en la era de la información. Convertir la información en conocimiento en una era en la que, como decía Castoriadis, vivimos en pleno ascenso de la insignificancia, pues en insignificante se convierte una sociedad general de individuos masificados en la que pareciera que los contextos vitales son irrelevantes. Y es que la falsa universalidad, que para los occidentales se concreta en lo nuestro sin fronteras, rompe las ligaduras biográficas a los contextos en las que las biografías se crean y adquieren sentido.

La era planetaria no puede ser (no debería ser) una era de globalización neoliberal y de homogeneización de la diversidad y la pluralidad. La era planetaria es una era de enraizamiento antropológico, es decir, enraizamiento en el Planeta (lo universal) al mismo tiempo que enraizamiento en lo local-contextual (se trata de un universal concreto). Antropología universal (lo humano) en sus diversos y posibles desarrollos. Por lo tanto no existe “el” desarrollo, existen los desarrollos y su interconexión. Los grandes retos que tiene hoy la humanidad son generales pero al mismo tiempo también requieren de arreglos locales. Una globalidad lo es por el desarrollo interconectado y autoorganizante entre las partes que, precisamente, interactúan. Se trata de una interconexión muy compleja en la que se producen simultáneamente uniones y también dislocaciones, simetrías y asimetrías. Se producen resistencias identitarias (nacionalistas, religiosas, culturales, simbólicas, etc.), al mismo tiempo que intentos de conexión. Una conexión que será hecha desde la experiencia de la dialógica compleja (complementariedades, concurrencias, antagonismos) o no será posible que se produzca si se pretende solo desde una sola dimensión cultural (inserto la economía dentro de la experiencia de lo cultural) y de sentido. La era planetaria, en ese sentido, es antifundamentalista.

Muchas veces olvidamos que el Planeta vive múltiples tiempos en un mismo tiempo. Cuando en el mundo llamado avanzado y moderno se nos dice que la política emancipadora hoy ha dado paso a la política de la vida (Cfr. A. Giddens) no nos podemos permitir olvidar que esta distinción que puede valer en el mundo desarrollado tecnológicamente y en los Estados del Bienestar en los que las necesidades básicas de justicia social están (de momento y hasta nuevo aviso)[8] cubiertas, no es tan válida en un mundo en el que aún se pelea por cubrir la necesidades materiales básicas. Lugares en los que no existen aún instituciones que garanticen la emancipación.

Todo ocurre como si, usando la famosa distinción Norte / Sur, el Sur tuviese que correr el doble si quiere seguir el esquema de desarrollo del Norte: solucionar la base material (economía) y pasar a la política de la vida[9]. Pero mientras el Norte hizo una cosa después de otra (y no olvidemos que en  el Norte aún hay mucho Sur), en el Sur parece que ambas cosas tienen que ir juntas, se solapan y …crean crisis. Más aún cuando desde el Norte se lanza un discurso    (ideológico) que afirma y garantiza que el neo-liberalismo económico y la democracia van juntas. Una evidencia que evidentemente es falsa. Pues poca democracia puede haber allí donde el espacio de la política y de la palabra cede el terreno al espacio incontrolado y des-regulado de la especulación económica y financiera y al espacio, también descontrolado, de una tecnología ambivalente. Allí donde la gente no es dueña de su futuro y vive con la atención desviada constantemente a conveniencia de quienes tienen el poder de articular los mensajes que se lanzan y, por lo tanto, las “políticas” a ejercer. Dicho de otro modo, el trasvase que hoy vivimos en el mundo de lo político a lo económico, el desmantelamiento de lo público en beneficio de lo privado encubre una ideología, encubre un discurso y una lógica que hacen pasar por hechos consumados y evidentes lo que no son más que decisiones de grupos de poder que imponen las condiciones bajo las que se tiene que ejercer la política. La asociación que hacen los neoliberales entre mercado y democracia es falsa, por no decir ofensiva a la inteligencia, y muchos teóricos, desde diferentes posiciones lo han criticado y han denunciado su mitología. Desde Castoriadis, Morin, Paz, Bauman, Chomsky, George, Barber, Touraine, Sen, Sanpedro y Taibo[10], etc., se nos dice  con razón, que la democracia y el mercado no son sinónimos, la privatización del Estado no es la mejor forma de fortificar a la sociedad civil. Como afirma B. Barber: “la libertad para comprar una Coca-Cola o un Big Mac no es la libertad para determinar cómo vivirás o bajo que clase de régimen”. Más aún, no quiero dejar de apuntar esta reflexión de I. Berlin: “la libertad política es inútil sin la libertad económica” pero fijémonos en que antes ha escrito este autor: “resulta inútil ofrecer derechos a personas que no pueden valerse de ellos, inútil dar al que no tiene un centavo y se está muriendo de hambre el derecho de adquirir alimentos y ropas para los cuales no tiene dinero”[11]. Habría que reflexionar muchísimo sobre esto en una época en la que economía, sociedad, mercado, cultura y política está cada vez más disociadas. En una época en la que se produce una confusión de planos y que pretende hacer verdadera una proposición que es falsa: el neoliberalismo económico como garantía del éxito del liberalismo político. Ciertamente no es aquí el momento de mostrar las manipulaciones ideológicas a las que se han visto sometidos  los liberales políticos clásicos (Stuart Mill, Aron, Berlin, etc.) por los “liberales” de hoy, que solo reivindican libertad para la economía, no así para la defensa de la libertad de elegir en temas como aborto, eutanasia, educación y otros asuntos polémicos en un mundo plural.

La denuncia de muchos movimientos antiglobalización es pertinente: ¿Cómo es posible que solo se globalice la economía neo-liberal y la desregulación financiera y en cambio no se globalice la justicia, la sanidad en muchas partes del mundo o la educación más básica?

Como antes he insinuado, el significado de las palabras es importante y hay que estar atento a lo que estas significan o se pretende que signifiquen. Bajarse del tablero impuesto de la globalización y del desarrollo implica no solo desmantelar o reconstruir ciertos conceptos (que tienen su genealogía, en el sentido de Nietzsche), implica crear nuevos conceptos y metáforas y desarrollar instrumentos teóricos más adecuados a una realidad multidimensional. Implica crear otras reglas de juego frente a las reglas establecidas. Otra ética, otra racionalidad. Una reeducación de la mirada y de la palabra. Una reforma epistemológica.

De alguna manera siempre nos viene bien plantearnos la pregunta por la racionalidad. ¿A qué llamamos racionalidad? ¿Y si fuese muy cierto que muchísimas veces las ideas, las creencias, se adueñan de nosotros, nos poseen, nos manipulan, nos gobiernan, nos dirigen y distorsionan nuestra mirada? Al mismo tiempo resulta que dentro de tales posesiones ideológicas nos parece evidente que la realidad no puede ser de un modo diferente al que muestra la idea o la creencia. Es decir convertimos en racionalidad y en verdad aquello que es fantasía, objeto de nuestra imaginación. Una cosa es poner en práctica una racionalidad abierta y otra es racionalizar el mundo, tratar de doblegar el mundo ante el imperio de ideas y de conceptos “mágicos”, tratar de doblegarnos nosotros mismos ante el imperio de conceptos “cáscara” de nuez que pasan por altamente empíricos. Como ocurre con las nueces las hay que al cascarlas vemos que no contienen nada dentro, o que lo que contienen no sabe bien. Cuando cascamos el concepto actual de desarrollo y el concepto actual de globalización neoliberal, encontramos dentro una muy clara visión del mundo: reducida al imperio del dinero y del cálculo, encubriendo explotación despiadada y desigualdades inmensas, mostrando un futuro radiante bajo una falsa premisa, en realidad la falsa premisa que inventa la Ilustración del S. XVIII y que impactó por igual tanto a positivistas como a marxistas: la creencia de que progreso material y progreso ético iban juntos. Evidentemente esto es ignorar la ambivalencia del ser humano, los productos tecnológicos así como el dinero pueden servir para crear bienestar y también para crear malestar y sumisión. Hay que ser muy crédulo, hay que tener mucha fe, como explica J. Gray, para pensar que el avance que se ha dado y se da en la ciencia y en la técnica puede repetirse o ir en paralelo en la moral y en la política. Además la cosa empeora si adosamos un sentido a la historia y creemos que esta tiene un fin.

El discurso “vencedor” hoy, impuesto mediáticamente y aliñado con el “no hay alternativa” es el que parte de la convicción de que el desarrollo y el progreso de la humanidad entera solo puede advenir por medio de un mercado libre universal con muy baja regulación política (o ninguna). Como si esta solución fuese la mejor para todo el mundo, como si la libertad de mercado fuese la solución para la escasez de recursos en el mundo. De ser cierta esta última premisa podemos preguntar por qué se hacen guerras por el control de recursos y fuentes de energía en el mundo. Añadamos que hasta ahora se trataba sobre todo del petróleo, pero estamos comenzando ya la guerra del agua, una guerra que va más allá de una concepción “energética” clásica del mundo. Todos sabemos que la geopolítica esta virando del control del petróleo al control del agua y  al control de la bioenergía. ¿Es mejor entonces seguir a merced de los vaivenes del mercado y de los precios que controlar y regular los recursos que tiene el planeta? ¿Es mejor este desarrollo que un desarrollo antropológico y que tenga en su mira la sostenibilidad?

Me parece que O. Paz tenía mucha razón cuando refiriéndose al mercado (de esto hace ya más de quince años y hoy los derroteros del mercado no son más halagüeños) decía que el mercado no sabe a donde va, por si mismo no es liberador, es fragmentador, ignora los particularismos y lo desestabiliza todo.

¿Qué podría ser hoy un desarrollo con base antropológica? ¿Cuáles podrían ser las bases de una antropología del desarrollo? Se podría decir que frente al actual “orden caníbal” (J. Attali) de una globalización que adolece de unos criterios de desarrollo muy unidimensionales y menguados, podemos proponer un concepto antropológico y planetario de desarrollo si complejizamos este concepto.  Podemos comenzar por desvelar las asimetrías que produce y oculta una visión unilineal del desarrollo. Para Occidente el desarrollo es uno, en cambio el subdesarrollo se dice de muchas maneras, nos lleva a una enorme variedad de situaciones. Se trata de situaciones muy complejas en las que interactúan de forma retroactiva economía, ambiente, territorio, cultura, identidad, necesidades humanas, etc.

Una antropología del desarrollo necesita practicar el bucle complejo, multi-retroactvo entre lo biológico y eco-sistémico hasta lo cultural, la economía, la política y la ética. Todo ello conlleva una dimensión epistemológica, una dimensión cognitiva radical. Se trata de cambiar de epistemología. Cambiar nuestra visión de la naturaleza, que no es una naturaleza muerta, y la visión que tenemos de nosotros mismos: la naturaleza no es algo externo a la sociedad y al hombre sino algo consustancial con nosotros mismos.

Cambiar de epistemología en la era planetaria es un acto de defensa de la naturaleza y de nuestra naturaleza. Ya no podemos pensar contra natura. Nuestra humanidad es una humanidad bio-eco-cultural. Cambiar de epistemología es también un acto político y ético. Nos puede ayudar a transformar no solo nuestra relación con el medio natural sino también con nosotros mismos como seres sociales, planetarios. Nos puede ayudar a transformar sentidos vitales. Por ejemplo la ciencia ecológica es una ciencia de gran complejidad porque engloba interaccionalmente múltiples niveles: el nivel positivo, el nivel económico, el nivel social, ético, político. Así como la ecología no solo acaba en la ciencia, la ecología también necesita de la ecología de la acción. Y sabemos que para actuar no podemos obviar el contexto al que se aplica nuestra acción. Al mismo tiempo no podemos obviar la información que nos proporciona ese contexto, para que la pensemos, la valoremos y actuemos en consecuencia, aún sabiendo que existe el riesgo del error.

Se trata de aportar nuevas resignificaciones, se trata de transformar la racionalidad tecnológica en una racionalidad compleja. Se trata, frente al pensamiento único, de reinventar la economía, hacer que la economía sea inseparable de lo social, de lo cultural, de lo político y de la naturaleza. Pasar de una economía “capitalista” (lo cual no implica renegar de las bondades de la economía y de la competencia (bien reglada, ética) a una economía humana.

El concepto occidentalocéntrico de desarrollo es de una enorme toxicidad si lo asociamos a la lógica economicista y tecnológica. Ya no podemos contentarnos con palabras como “sostenibilidad” o “ecología” si al mismo tiempo no les aportamos significados, reflexiones, guías mentales, metas, faros, en un mundo muy desbocado. Si la fronesis es una constante necesidad, si necesitamos ser prudentes, podemos decir que esta está ausente del imperante modelo de desarrollo.

La prudencia es hija de la reflexión y base de una humana conducción en la historia. En este sentido el desarrollo no puede ser humano mientras exista tanto subdesarrollo moral y psicológico en el ser humano. Vivimos en un espacio jánico, bifronte, contradictorio: un enorme poder tecnológico, científico, material, que para una parte de la humanidad simboliza “bienestar” y al mismo tiempo un enorme subdesarrollo ético. Los modos de comportamiento de los Estados,  de los grupos que tienen el poder fáctico, organizaciones como el BM o el FMI, o la OMC, la misma ONU (organización, como las demás citadas, en las que la democracia está ausente), etc., muestran sus “intereses” de forma muy obvia, si sabemos verlo, cuando tratan problemas globales como lo son los problemas ecológicos, económicos, demográficos, el hambre en el mundo, el SIDA, el terrorismo…Aplican recetas unidimensionales y “muy poco científicas y objetivas” a tales problemas. Aplican racionalizaciones irreales, pero con una enorme capacidad de desestabilización de la realidad. Aplican valores a palabras que creemos tan evidentes y asépticas como las palabras “progreso”, “desarrollo”, etc. Se trata de la una lógica discursiva que, producto de decisiones políticas meta-ciudadanas y aderezadas con una conveniente pedagogía nos presentan el progreso como algo consumado y con una dirección bien definida e inmutable. Una especie de destino histórico que el mundo rico y poderoso quiere extender al planeta.

Una antropología del desarrollo y un desarrollo antropológico debería situar en el nivel más alto la relación indisociable entre educación / desarrollo / ética / política /cultura. Es en esta relación en donde podemos situar la perspectiva para valorar aquello a lo que llamamos “calidad de vida”, entendida esta como un faro de sentido y no algo inamovible.

La base de la creación de una calidad de vida en la que el centro sea el ser humano y no solo la pura materialidad está en asegurar primero las condiciones económicas necesarias para una vida digna de las personas, pero por otra parte también se trata de establecer la posibilidad de desarrollo de libertad de creación de sentido. Esto último ni se puede medir ni se deduce del PIB de un país. De hecho, como bien ha dicho A. Sen ¿de que sirve al ser humano tener un alto PNB y no tener arte, ni literatura, ni música…?

¿De que puede servir vivir, pongamos por caso, en lugares en los que los estómagos pueden estar llenos (ciertamente las perspectivas económicas no son halagüeñas para muchas personas hoy en las economías “ricas”) al mismo tiempo que las cabezas y los sentidos vacíos? ¿De qué sirve vivir en democracias que no avanzan en la democracia? Democracias que no permiten desarrollar la democracia. Dicho de otra forma: un desarrollo humano es también el desarrollo cultural, el desarrollo de los sentidos culturales, por lo tanto el desarrollo no solo de la libertad sino de la capacidad de las personas para crear libertad. Es decir: la capacidad de desarrollarnos como sujetos autónomos y responsables. Por lo tanto, el desarrollo humano necesita de un desarrollo ético, una cultura que facilite las relaciones con el ecosistema humano, relaciones de amabilidad y transparencia, contra cualquier tipo de corrupción (económica, política, ética). El desarrollo humano necesita de educación. Una educación para lo humano, para la responsabilidad, para la libertad, contra las imposiciones fanáticas. Una educación que capacite en estrategias para defendernos de las pedagogías del miedo y de la distorsión que no tienen más finalidad que seguir conservando al ser humano en estado de masa.

Se habla mucho hoy de la democracia como cultura de la participación. Estamos todos preocupados por una ética y una educación para el desarrollo de la ciudadanía. Sería necesario desarrollar una ética de la comprensión, de la apertura al otro, que también es un sujeto y tiene las mismas características de sujeto y los mismos derechos que uno se atribuye a si mismo. En ese sentido, dentro de espacios públicos politiculturales es urgente desarrollar la capacidad de comunicación inter-cultural, la capacidad de reconocimiento del otro. Porque es posible que se produzcan, y de hecho se producen constantemente, debates públicos abiertos en los que la capacidad de comprensión brilla por su ausencia, debido a las clausuras mentales.

La capacidad de comprensión y una ética adecuada al respecto necesita del reconocimiento de nuestras ideas preconcebidas, para así poder ir en la dirección del alargamiento de nuestros horizontes culturales, del alargamiento de nuestras identidades, de la supresión de la manipulación ideológica al servicio de todos aquellos poderes que están acabando con nuestra capacidad de decidir como ciudadanos libres y responsables.


[1] Este texto se redactó en Junio de 2007 y fue base para la Conferencia de Río de Janeiro (ver aquí en el mismo blog) titulada “Ideas para abordar las relaciones entre educación / sociedad / economía /política / comunicación intercultural en la era planetaria”. Revisándolo ahora, en 2012, mi opinión es que mucho de lo escrito en él sigue vigente y algunas de las situaciones de las que trata lamentablemente han ido a peor. En relación con el texto de 2007 he añadido varias notas a pié de página y algunas palabras en la redacción que aclaran mejor el texto leyéndolo hoy, en 2012.

[2] Desde hace tiempo asistimos en España a una polémica constante de la Iglesia Católica contra el Estado cuyo objeto es la anulación de la asignatura “Educación para la ciudadanía”. Se trata de una asignatura que pretende enseñar los valores cívicos de una sociedad democrática y que debe ser impartida en los Institutos de Enseñanza Media. Por su parte, la Iglesia Católica está llamando a la rebelión ciudadana contra esta asignatura en defensa, dicen, de la libertad de conciencia. La pregunta es obvia: ¿acaso la Iglesia Católica promueve la libertad de conciencia y de acción? ¿realmente atenta contra la libertad de conciencia y de enseñanza una asignatura que imparte valores generales de convivencia y que no atenta contra ninguna organización particular? Es obvio que se trata, se diga o no se diga, por parte de la Iglesia Católica de mantener el poder (por lo tanto el control) sobre las mentes por medio de su discurso. Es un problema de poder encubierto, no de libertad de expresión o libertad de conciencia. La libertad de expresión o de conciencia nunca puede ser determinada al individuo por parte de una “conciencia” (en este caso La Iglesia) superior, dejaría de ser libertad de expresión y libertad de pensamiento. No menos cierto es que en España desde el advenimiento de la democracia, en el último cuarto del siglo XX, se hizo una transición política que no acabó desembocando (como era de esperar) en un estado laico. Si vemos lo que nos dice el Artículo 16 de la Constitución Española en su punto 3 se nos antoja más un intento de conformar a todo el mundo y al mismo tiempo lo deja todo en una oscuridad a la que se agarra la Iglesia Católica para seguir manteniendo las ventajas que le concede el Estado: “Ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones”. Creo que el texto lo tiene todo menos claridad.

[3] La lucha pedagógica despiadada contra los ciudadanos por parte del poder (los poderes) ha llegado al punto en que el miedo, la debilidad, la distorsión en los mensajes lanzados, hacen que el ciudadano legitime a aquellos poderes que le están quitando su legitimidad política. Dicho de otro modo: se ha reducido al ciudadano a mero votante-masa de programas prefabricados. Como diría Ortega y Gasset, la masa decide programas decididos por una minoría.

[4] Uso el término “meme” prestado de R. Dawkins, cfr. su libro El gen egoísta.

[5] Lo cual provoca también desestabilizaciones en los países de acogida, que no pueden acoger a  toda la masa de gente sin riesgo de desestabilizarse a sí mismos. Aunque ciertamente se plantean aquí diversas paradojas: la necesidad objetiva de mano de obra inmigrante, más aún en poblaciones tan envejecidas como las europeas, por ejemplo, una mano de obra que en sus cotizaciones a la Seguridad Social contribuye al mantenimiento de la gente mayor. Al mismo tiempo la paradoja del no reconocimiento de esa necesidad por parte de los países de acogida, el rechazo cultural, las xenofobias, la negación del “otro”, etc. A esto se añade hoy, en 2012, el creciente aumento del paro en los estados “ricos” debido a una crisis económica brutal que encubre una crisis sistémica: política, de valores, de proyectos…Una crisis “económica” que encubre el intento de sojuzgamiento masivo del ser humano, su pérdida de Derechos laborales, sociales…humanos.

[6] Se trata de paisajes que en su recreación constante necesitan de un espacio público abierto, plural. Necesitan, por lo tanto, la comprensión de que la ruptura o desconexión cultural total de los individuos es imposible. La vía de la asimilación y de la integración no solo es empíricamente inviable, es socialmente peligrosa y más desestabilizante que elegir el camino de la apertura al otro y la interacción compleja, dialógica.

[7] Es decir, no se trata de que concibamos una educación para adaptarnos a una era, se trata de la posibilidad de que esa era sea educada, adaptada a nuestras ideas y concepciones, a nuestras esperanzas.

[8] Lamentablemente (escrito en 2012) ha llegado el nuevo aviso. Hemos entrado en una época de gran incertidumbre sobre las garantías básicas. Época de retroceso y con un futuro incierto. Más aún cuando se trata de solucionar los problemas que aquejan a la humanidad (por ejemplo los económicos) aplicando como remedio aquello que los genera: políticas neoliberales sin regulación ninguna, poderes oligárquicos que tienen a los políticos como ejecutores de sus consignas, neo-corrupciones…

[9] Una “política de la vida” a la Occidental que ignora las múltiples experiencias cualitativas de la vida. No se trata solamente de la experiencia de la vida occidental. Cfr. lo escrito en nota a pié de página 8.

[10] Es más que recomendable el libro de  Sanpedro, J.L. y Taibo, R. Sobre política, mercado y convivencia. Los Libros de la Catarata. Madrid. 2006.

[11] Berlin, I. La traición de la libertad. F.C.E. México. 2004, p. 80.

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