Ser ¿Qué?

La sobreadaptación a condiciones predeterminadas no constituye un signo de vitalidad, sino un anuncio de senescencia y muerte por pérdida de sustancia inventiva y creadora” (S. Hessel y E. Morin)

Somos lo que hablamos. Las palabras y su modo de usarlas crean imágenes del mundo, de nosotros mismos y de las relaciones humanas. Hoy vivimos envueltos por la atmósfera de la economía, creemos que nuestros problemas son “problemas económicos”. Confundimos uno de los síntomas con una enfermedad más profunda con muchas manifestaciones. La economía como apariencia oculta una enfermedad político-antropológica. Hasta tal punto la necedad (ignorancia, imprudencia, terquedad) se ha instalado en nuestras cabezas que pensamos lo político y antropológico en términos de economía cuando de lo que se trata es de invertir nuestra mirada: pensar la economía en términos políticos y antropológicos.

El capitalismo, al igual que cualquier forma de economía, no es solo un sistema económico, es también y sobre todo una concepción del ser humano, de las relaciones humanas y de las relaciones de los seres humanos con el ecosistema.

La pregunta y preocupación sobre el cómo vivimos elude la reflexión más básica sobre el cómo queremos vivir. Elude la reflexión sobre el proyecto de vida individual y colectiva.

Instalados en el fatalismo económico, instalados en el “no hay alternativa” a las prácticas económicas impuestas por los poderes oligárquicos a nuestras vidas olvidamos que, como diría Ortega y Gasset (Cfr. La Rebelión de las masas), la fatalidad vital del hombre no se parece a la mecánica. “No somos disparados sobre la existencia como la bala de un fusil, cuya trayectoria está absolutamente predeterminada”. Sigue escribiendo Ortega y Gasset “la fatalidad en que caemos al caer en este mundo –el mundo es siempre este, este de ahora –consiste en todo lo contrario. En vez de imponernos una trayectoria nos impone varias y, consecuentemente nos fuerza a elegir”. En síntesis el vivir nos obliga a ejecutar nuestra libertad y a decidirnos como seres humanos: decidir que queremos ser. Y aún sumergiéndonos en la desesperación y, como diríamos hoy, pasando de todo, aún así ese pasar de todo es también una decisión, una elección.

¿Por qué no cambiar las ficciones que nos tratan de determinar hoy? ¿Por qué no abrir otras posibilidades?

Para qué la filosofía si no va más allá de la legitimación consciente o inconsciente de lo que Epicuro denominaba “vanas opiniones” o “opiniones sin sentido” que nos alienan constantemente. Ficciones que de tanto repetirse acaban convirtiéndose en la realidad que vivimos. ¿No estamos legitimando una determinada antropología, política y economía si tratamos de resolver los problemas que crea con los mismos esquemas mentales que crean los problemas que perturban nuestras vidas?

La concepción antropológica de un hombre determinado por la economía es una ficción. Si cambiamos de ficción antropológica y construimos otro relato de nosotros mismos podemos determinarnos de otro modo.

Al comienzo del libro titulado El uso de los placeres su autor, Michel Foucault dice lo siguiente: “Que es por lo tanto la filosofía –quiero decir la actividad filosófica- sino es la labor crítica del pensamiento sobre sí mismo. Y si no consiste en vez de legitimar lo que ya se sabe, en tratar de saber cómo y hasta donde puede ser posible pensar de otro modo”.

¿Es posible pensar de otro modo y que la economía sea una parte de un proyecto más humanista y planetario?

La clave está en educar para la democracia, en enseñar a vivir, enseñar a vivir con libertad y responsabilidad, enseñar a afrontar la multidimensionalidad de la vida, su incertidumbre, pero también la posibilidad de construir en la incertidumbre con conocimiento y sin el miedo impuesto por los que nos construyen una ficción que es tan grande como lo es nuestra ignorancia y carencia de proyectos. Desgraciadamente nuestra estructura de pensamiento hoy está más dominada por los fanatismos de todo tipo, la miseria y corrupción moral, el miedo, el fatalismo inmovilizador, que por una estructura de pensamiento que nos lance a la creación de otra (as) realidad (es) en la que el ser ciudadano sea producto de una creación y estilización política individual y colectiva y no una legitimación de formas de poder que reducen al ser humano a simple comparsa que solo se “expresa” por medio del voto. Un voto a programas ya decididos de antemano. El problema no es, esperamos que se entienda con lo que hemos escrito, económico. El problema hoy es antropológico y político. En síntesis: necesitamos otras construcciones de sentido, otros relatos sobre nosotros mismos.

31 Marzo 2012

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