SOBRE VERDAD Y MENTIRA EN SENTIDO (EXTRA) DEMOCRÁTICO

Sobre el papel y adecuación (o no) de la mentira en relación con el gobierno de la polis reflexionó Platón en el L. III de “República”. Ciertamente la mentira platónica tiene una finalidad: el beneficio del Estado. Primero es el Estado y todos se deben a él. La argumentación de Platón es coherente dentro de sus premisas e intereses políticos: Platón no es un demócrata ni cree que la democracia sea la mejor forma de gobierno, más aún cuando no son precisamente excelentes, prudentes y honrados los que han gobernado la democracia. Por otra parte difícilmente se podía y se puede vivir en democracia cuando todo queda reducido a ir a votar menús prefabricados y llevar al poder a individuos frívolos, incompetentes cuando no verdaderos populistas que manejan emocionalmente (en beneficio suyo y de las corporaciones que representan) necesidades reales de la gente, así como necesidades creadas. No estamos en esencia muy lejos de los “sorteos” que llevaban al poder a unos u otros ciudadanos en la Grecia Clásica.

El problema no son solo los que gobiernan (ese extraño ente compuesto de políticos, banqueros, especuladores financieros, FMI, Banco Mundial… Digo “extraño” porque no está claro en su totalidad quien decide más o menos. En todo caso ese no es el problema fundamental). El problema de base creemos que está en (usando el término de Josep Ramoneda, cuyo libro “Contra la indiferencia” es de atenta lectura) la cultura de la indiferencia. Cultura ésta a la que se ha añadido un miedo construido ideológicamente que ha paralizado a la gente. Con miedo no se puede pensar, con miedo no se puede vivir: con miedo se puede delegar nuestra autonomía y capacidad propositiva en los que nos van a salvar y llevar por el buen camino. Sabemos cuál es el buen camino: menos democracia, menos derechos y más poder de los “mercados” (digamos capitalistas). Y desde luego siempre ha estado claro que la economía, dentro de este paradigma neoliberal, no es responsable. Porque economía y política han sido absolutamente separadas y porque las decisiones políticas se toman a rebufo de la economía. Solo la política puede responder a los ciudadanos, los mercados no y en ese sentido no tienen ninguna responsabilidad con la gente. No les importa la gente. El dinero no tiene sentimientos ni emociones aunque la concepción del dinero en un mundo neoliberal está basada en una antropo-sociología muy clara. El capitalismo no es un sistema solo económico, es una antropología, se basa en una concepción de lo humano.

El problema (y la solución) somos los gobernados, los llamados “ciudadanos” (solo formales, no reales, porque solo vivimos una forma perversa sin contenidos. Ir a votar algo que luego no se va a cumplir, nada más). El problema (y la solución) somos los concentrados en los campos de las democracias secuestradas. El problema es la incultura democrática y no es posible la democracia sin cultura, sin humanidades, sin el conocimiento de los mecanismos de creación de “verdades” y “evidencias” y de cómo se imponen como “verdades” y “evidencias”. Lo hemos dicho más de una vez en otros textos: el poder lo tiene quien crea e impone una determinada imagen a un grupo inculto e indiferente.

Se trata de cómo nos pensamos nosotros. En cambio nos dan pensado lo que pensamos.

Creíamos que al igual que una dictadura no puede vivir sin la mentira una democracia no puede vivir sin la verdad. Ya sabemos que hoy nuestras democracias conviven con la mentira (a veces más que obvia), el miedo, la manipulación de las palabras, la negación de la evidencia…

El problema es que estamos indignados, atemorizados (porque como explicaba El Roto en una de sus viñetas de El País en el que vemos a un individuo mirando desde un palco al mundo: “tuvimos que asustar a la población para tranquilizar a los mercados”) y el miedo, como antes dijimos,  paraliza y en la parálisis no se construye proyecto ni individual ni colectivo.

Sin proyecto positivo y negativo no hay democracia: negativo porque hay que negar la realidad que se nos impone y construye, positivo porque hay que proponer un cambio de valores, enunciar propuestas colectivas y velar para que se cumplan. Si no nos enunciamos nos convertimos en enunciados.

Un proyecto positivo / negativo se puede realizar abandonando la resignación y la apatía, cambiando de mapa cognitivo, complejizando nuestra mirada. No estamos viviendo una crisis económica, estamos viviendo una crisis sistémica: la crisis en la relación dialógica entre política / sociedad / economía / cultura / individuo. La ruptura de esta relación a veces complementaria, otras veces con sus antagonismos, pero relación siempre, ha desembocado desde hace tiempo en una emergencia del descontrol y de la desregulación de una economía neoliberal voraz que, no lo olvidemos tampoco, fue muy aplaudida en los años ochenta del siglo pasado por políticos conservadores y también  bastantes progresistas. Consentida por mucha gente: al fin y al cabo se trataba de ganar dinero para consumir. Nuestro ser era el estado de consumo.

Este idealismo mitológico concretado en un modelo neoliberal de economía y de vida es una construcción fundamentalista que no tiene más base empírica que la justifique que el hecho de que uno crea en ella. Se trata de una construcción que no tiene ningún sentido de la complejidad del mundo, de la incertidumbre, de los azares…Por eso que es tan difícil hacer hoy prospectiva. Se ignora lo obvio: la complejidad. Se cree en el mito: la linealidad. Es por ello que las predicciones suelen ser fallidas.

Para relanzar la democracia, para restaurar la posibilidad de un vivir en comunidad menos triste, violento (cada vez emerge más violencia, ansiedad y anomía debida a las rupturas de los tejidos sociales y de la relación dialógica antes señalada) y más humano necesitamos comprender el fenómeno que hoy denominamos “crisis económica”. Es una crisis política y de valores en la que la mentira y el miedo juega un papel fundamental para mantener a la gente en estado de servidumbre. La cantidad pesa sobre la cualidad. Se cuentan votos pero después ya no se cuenta con los que votaron.

Releamos los textos platónicos sobre la mentira y el poder. Platón no era un demócrata ni un liberal, lo sabemos, el contexto debe ser conocido para ser comprendido y comprendido para ser conocido. Pero Platón nos enseñó mucho, si sabemos leerlo. No menos cierto es que nosotros hoy vivimos en democracias secuestradas, concentracionarias. Como decía Marx, que de estas cosas que nos pasan hoy tendría muchos consejos que darnos, no confundamos democracia formal y democracia real. No es lo mismo, aunque nos quieran hacer ver que lo son y, además, muchos se lo crean como verdad teológica. Bastante violencia nos ha mostrado la historia cuando las creencias no reflexionadas se convierten en fines que han de ser alcanzados caiga quien caiga. De sobra sabemos quiénes somos las víctimas de la hybris neoliberal y de la concepción del hombre y de las relaciones humanas que la justifican.

La libertad formal de hacer no se traduce automáticamente en la libertad real de hacer. Es la libertad real la que hay que ganar, con el conocimiento de que cada ganancia en libertad no se conserva ad eternam. La prueba: los derechos conquistados que se van perdiendo cada día.

Dos notas sobre la irresponsabilidad y la indigencia moral de los tiempos que vivimos que nos llegan del pasado. Se llama Tomás Moro quien las escribió hace casi cinco siglos:

“¿Qué justicia es la que autoriza que un noble cualquiera, un orfebre, un usurero o cualquier otro que no hacen nada o hacen cosas contrarias al Estado, puedan llevar una vida regalada sin mover un dedo o en negocios sucios y sin responsabilidad[1]?”

“Cuando contemplo el espectáculo de tantas repúblicas florecientes hoy en día, las veo -que Dios me perdone- como una gran cuadrilla de gentes ricas y aprovechadas que a la sombra y en nombre de la república, trafican en su propio provecho. Su objetivo es inventar todos los procedimientos imaginables para seguir en posesión de lo que por malas artes consiguieron. Después podrán sacar nueva tajada del trabajo y esfuerzo de los obreros a quienes desprecian y explotan sin riesgo alguno. Cuando los ricos consiguen que todas estas trampas sean puestas en práctica en nombre de todos, es decir, en nombre suyo y de los pobres, pasan a ser leyes respetables”[2].

Y continúa, siglos después, el delirio de la rapiña insaciable, la obediencia, la indecencia inhumana…La indiferencia indecente, la indecente indiferencia.


[1] Resaltado por mí.

[2] Ambas citas están tomadas de Tomás Moro, Utopía. Alianza Editorial. Madrid. 2008.
pp. 206-207.

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