INVITACIÓN A LEER “Pleurer, aimer, rire, comprendre” de Edgar Morin, diario de 1995 – 1996

En la tradición de Michel de Montaigne la obra a la que el lector está invitado a leer no es una mirada fría sobre el mundo, no es un simple anotar en un diario eventos que ocurren en el mundo (la Guerra de los Balkanes como uno de los principales, entre otros, marcos de fondo que ocupan muchas reflexiones en el texto), y  acontecimientos que le ocurren al autor del texto en el cotidiano vivir: desde asuntos de salud, asuntos domésticos, hasta viajes, conferencias, debates, congresos, etc. El libro trata de algo más importante: Edgar Morin mira el mundo, mira la vida y la vive. Se trata de un mirar y un vivir que refleja en su enorme complejidad, universalidad y concreción la condición humana. Retomando a Spinoza va más allá de Spinoza, este autor decía que ante los acontecimientos del mundo no tiene sentido alegrarse, ni llorar, ni odiar, se trata de comprender. Morin se afirma en la vida y afirma la vida: ante los acontecimientos del mundo tiene sentido llorar, reír, amar, comprender. Se trata de vivir la vida en su multidimensionalidad y su complejidad, en su orden y su desorden. Se trata, en el cotidiano vivir, de resistir la barbarie humana de una época bárbara, cruel, debido a una generalizada incapacidad de ver la vida y el mundo más allá de la linealidad, la predictibilidad y la fragmentación. Resistir a la insensibilidad y la crueldad que se extiende por todas partes.

Comprender la vida y la condición del ser humano en el mundo requiere de un pensar complejo que ni las mismas ciencias de la complejidad alcanzan porque epistemológicamente se conciben de forma tradicional. Comprender la vida y la condición política del hombre requiere de una política de civilización reivindicada a lo largo de este libro y en el que  el lector sagaz y atento podrá entrever más de un atisbo de lo que después escribirá Morin en otros libros de forma más explícita (ciertamente en anteriores libros ya estaba anunciada  su antropolítica), sobre todo en los escritos en que propone, enuncia, una vía para cambiar de vía, es decir, para salir de una crisis civilizacional generalizada en la que lo que más nos falta es saber pensar la crisis y tener voluntad para efectuar las necesarias reorganizaciones en nuestra forma de vivir, de desear, de pensar. Es necesario, por lo tanto, comprender. Comprender que la incapacidad de llevar a la práctica  una política de civilización desemboca en males económicos, sociales, ecológicos, individuales…Desemboca en una deshumanización general. La barbarie a escala planetaria de nuestra época es una muestra de la falta de una política planetaria de civilización en la que lo humano esté por encima de los mercados, las finanzas, el dinero…Es necesario, en síntesis, cambiar nuestros esquemas mentales y, por lo tanto, cambiar la forma de educar.

Leído con la perspectiva del tiempo, más de 15 años después, la obra tiene el mismo valor de actualidad hoy en sus reflexiones: la barbarie humana se despliega por todas partes. Las cegueras humanas: ecológicas, burocráticas, económicas, científicas, políticas, intelectuales, etc., confluyen en la ceguera antropológica planetaria que nos incapacita a vernos como seres humanos que tripulamos una misma nave y no hay otra nave de repuesto. Ceguera antropológica, epistemológica, moral, que nos insensibiliza ante la crueldad del mundo, ante la barbarie de los fundamentalismos economicistas, los fundamentalismos religiosos, los fundamentalismos nacionalistas. Incapacidad de autorreflexión y de autocuestionamiento. Incapacidad de inteligencia dialógica. Reduccionismos generalizados.

Edgar Morin piensa el mundo y se piensa en el mundo. Curioso de todo, opiniendose al pensamiento mutilante, a la parcelación de todo, a la arrogancia, al maniqueísmo y al juicio fácil y despectivo, se trata de un buen ejemplo de lo que habría que hacer y no hacemos: elevar a costumbre mental el uso de la dialógica y la autocrítica. Pensar con sentido de lo local y de lo global a la vez. Vivir con esperanza, pero una esperanza en la que la incertidumbre es ineliminable. Se trata de una esperanza trágica pero, por ello mismo, creadora de nuevas posibilidades, de nuevos sentidos de vida. Una esperanza que va más allá de la prosa del mundo y de la vida, una esperanza poética, esto es, creadora.

Frente  a la vida teledirigida, los miedos creados, las incapacidades educadas, se trata de caminar un camino incierto, como la vida, como el vivir. Se trata de comprender, frente a la abstracción tonta de una concepción absolutamente racionalista del ser humano, que el ser humano es como nos muestra Montaigne, como nos muestra Cervantes, como nos muestra Rabelais, como nos muestra el mismo Morin, una mezcla de sapiencia y demencia. Cada ser humano portamos en nosotros mismos la universal condición humana, este libro lo muestra en la concreción y narración del autor. Al mismo tiempo cada ser humano podemos crear, a pesar de tanto dolor y tanta destrucción, posibilidades para un mejor vivir. Necesitamos sobre todo de dos cosas: amar la vida y pensar la vida del modo menos fragmentario y disyuntivo posible. Pensar de un modo complejo la vida.

Entre lo a veces cotidiano, lo insignificante, lo trivial del vivir y también lo profundo. Entre los debates, las polémicas, la reflexión en vivo sobre los problemas planetarios del momento, la reflexión en vivo sobre la complejidad de las relaciones humanas, el lector no solo asiste en esta obra a un proceso de desdoblamiento observador / observado en el autor, no solo asiste a la muestra de una subjetividad, el lector asiste a lo que podemos denominar, sin temor a equivocarnos, un ensayo de antropología del presente.

Septiembre de 2012

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