REFLEXIONES SOBRE LA UNIVERSIDAD, LA EDUCACIÓN Y LA SOCIEDAD[i]

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Emilio Roger Ciurana

Señores Vicerrectores, Ilmo. Delegado de la Junta de Castilla y León en Palencia, Sr. Gerente Territorial de Servicios Sociales, Coordinadora del Programa Interuniversitario de la Experiencia de Palencia y Guardo. Señoras y señores, buenas tardes a todos…

Es para mí un inmenso placer y, créanme, creedme, un honor poder intervenir en la clausura de este curso académico del Programa Interuniversitario  de la Experiencia. Llevo impartiendo docencia en el Programa Interuniversitario de la  Universidad de la Experiencia y en la Universidad Permanente Millán Santos en Valladolid casi desde que comenzó la aventura, invitado por Carmen del Valle, de la que solo quiero decir que ella sabe muy bien el nivel de mi aprecio por su persona. Después, aquí en la sede de la Yutera en Palencia el año pasado me llamó a impartir un módulo María Tejedor, con sus colaboradoras Cristina García, Judith Quintana. Para mí ha sido y es un inmenso placer poder compartir conocimientos y experiencias con la gente de la Experiencia, que tiene mucha experiencia de lo que hay que tener experiencia: de vida. Pero es también un aprendizaje para mi muy importante porque aprendo más cosas de ustedes, vosotros, que aquello que yo puedo aportar. Así lo veo yo. Por lo tanto, gracias por vuestra experiencia y buena disposición.

Permítanme comenzar esta breve intervención, en la que hago algunas reflexiones sobre la relación entre educación, universidad y sociedad, con unas palabras de Ortega y Gasset pronunciadas en 1932 que, trasladadas a nuestra realidad educativa, socio-cultural y política actual, me parece que  tienen gran pertinencia: “hoy atravesamos –contra ciertas presunciones y apariencias- una época de terrible incultura. Nunca tal vez el hombre medio ha estado tan por debajo de su propio tiempo, de lo que este le demanda. Por lo mismo, nunca han abundado tanto las existencias falsificadas, fraudulentas. Casi nadie está en su quicio, hincado en su auténtico destino. El hombre al uso vive de subterfugios en que se miente a sí mismo, fingiéndose en torno a un mundo muy simple y arbitrario, a pesar de que la conciencia vital le hace constar (constatar) a gritos que su verdadero mundo, el que corresponde a la plena actualidad es enormemente complejo, preciso y exigente. Pero tiene miedo –el hombre medio es hoy muy débil, a despecho de sus gesticulaciones matonescas-, tiene miedo a abrirse a ese mundo verdadero, que exigiría mucho de él, y prefiere falsificar su vida reteniéndola hermética en el capullo gusanil de su mundo ficticio y simplicísimo. De aquí la importancia histórica que tiene devolver a la Universidad su tarea central de <ilustración> del hombre, de enseñarle la plena cultura de su tiempo, de descubrirle con claridad y precisión el gigantesco mundo presente, donde tiene que encajarse su vida para ser auténtica”[2].

Si no estoy en un error creo que se puede interpretar el texto que acabo de leer como una reivindicación de una educación e ilustración general para que el “hombre medio”, el “hombre masa”, “el hombre sin atributos”, el “hombre incapaz”, acceda a otro nivel: el nivel del humanismo, un nivel en el que una persona pueda decir que su vida tiene un sentido y no es una vida desperdiciada, una vida de resignación, uniformización, miedo y obediencia acrítica. Porque si descendemos a ese nivel de mediocridad (y vamos camino de ello, por decirlo de un modo amable aunque quizás sea más cierto decir que ya estamos rodeados de la más absoluta mediocridad e insignificancia) la Europa (soñada, querida) de Erasmo de Rotterdam, de Tomás Moro, de Michel de Montaigne, de Inmanuel Kant, de Ortega y Gasset, de los clásicos del pensamiento en general desde Aristóteles a Cervantes, de Platón a Shakespeare, etc., será una Europa derrotada, desperdiciada. La Europa que inventó la Universidad, que quería universalizar el saber y la cultura, será una Europa arruinada por haber desperdiciado un potencial humanístico a cambio de una gran bajeza de miras. Porque no estamos a hombros de estos filósofos citados y de otros (escritores, artistas, científicos, etc.), estamos muy alejados de ellos. Vivimos la monetarización y mercantilización de todo y la reducción del vivir al tener sin pensar en el ser. Hoy Europa, nosotros, vivimos la pérdida colectiva de sensibilidad por la educación y la cultura humanística. No tener sensibilidad humanística implica no tener sensibilidad y aprecio por los bienes más preciados para el desarrollo y progreso del ser humano: la libertad, la pluralidad, la diversidad, la solidaridad, el conocimiento…A pesar de que esa Europa del tener y no del ser ni de la solidaridad tenga como emblema la Oda a la Alegría de Schiller con música de Beethoven en la que se canta a la alegría, la hermandad  la amistad…

No somos conscientes de algo importante, como decía I. Berlin: “gran parte de la infelicidad y de la miseria de los hombres se debe a la aplicación mecánica, inconsciente y también deliberada de modelos allí donde estos no funcionan”[3]. Pero no lo olvidemos, ante el espesor y la niebla de las ideologías absolutas lo empírico no prueba nada.

Delante de nosotros y con nosotros tenemos el “gigantesco mundo presente” como lo llama Ortega y Gasset y hay que instalarse en él. Pero si queremos instalarnos en el mundo del modo más pertinente posible necesitamos hacer buenas lecturas del contexto o los contextos en los que vivimos (a todos los niveles). Para ello no solo necesitamos ver, necesitamos saber ver, educar la mirada. Porque hay muchas maneras de mirar el mundo. Podemos mirar con una mente simplificadora, unidimensional, mono-lógica (como se mira por lo general hoy todo), pero podemos mirar con otra estructura mental: una estructura complejizadora, articulante, religante, perspectivista, multidimensional. Esta última forma de mirar es la estructura mental que está obligada, creo, a proporcionar la Universidad como gran institución educativa que es, no solo a nivel de las respectivas Facultades que instruyen en conocimientos determinados, sino en un nivel general, público, social. Porque el espíritu de la Universidad es el espíritu de la universalidad. Ese espíritu de universalidad lo espera la sociedad aunque de modo inconsciente y al mismo tiempo la Universidad se lo debe a la sociedad. Cuando un alumno llega a la Universidad no debe acceder solo a conocimientos e informaciones diversas, debe acceder a una estructura mental que le permita hacer algo con la información recibida, para cumplir con el dictum de Montaigne cuando decía que es mejor una cabeza bien organizada que una cabeza llena de datos. Por eso que como decía Kant no se trata de enseñar pensamientos, se trata de enseñar a pensar. Enseñar a pensar un mundo y unas relaciones humanas que no son muy sencillas pero que si las supiésemos pensar nos evitarían muchas situaciones políticas[4] catastróficas. No les faltaba razón a los filósofos de la Antigüedad cuando reivindicaban la fundamentalidad de una paideia (educación) que ayudase a dar una respuesta vital positiva a la pregunta que enuncia Gorgias en el célebre diálogo platónico sobre ¿cómo vivir? En el fondo esa es la respuesta más necesaria. Responder a cómo vivir, de ahí se deduce qué tipo de economía, política, educación, ética, etc., hacer, o al menos intentar llevar a cabo. De ahí se deducen una serie de apuestas y estrategias a realizar y múltiples cosas a desechar, porque no solo tenemos muchas cosas por aprender sino también muchas cosas que desaprender. No olvidemos ni por un momento que filosofía y democracia surgen juntas en la Antigua Grecia, en el momento en que surge la pregunta sobre por qué obedecer esta ley y no otra. Ahí arranca el proyecto de institución autónoma de la sociedad en la que un ciudadano es aquel capaz de gobernar y ser gobernado (Aristóteles), pero para ello se necesita saber y la virtud de la prudencia (frónesis). Se necesita ilustración. Se necesita capacidad crítica y capacidad de pensar los pensamientos que uno tiene y los que los otros expresan por medio del lenguaje. Porque si uno no quiere que le tutelen está obligado a ilustrase como escribe Kant en su famosa respuesta a la pregunta ¿Qué es la Ilustración? Cada ser humano está obligado a ilustrase para salir de la minoría de edad de la que él mismo (cada uno de nosotros) es responsable. Por lo tanto si como decía Pascal el bien pensar es la base de la ética, es decir, el conocer el contexto de acción lo mejor posible antes de actuar, antes de ver qué estrategias de acción emprender, ese bien pensar no se puede separar del bien ser.

Conocimiento y libertad caminan juntos así como caminan juntos servidumbre e ignorancia. Solo por medio de la educación y la cultura podemos aprender a leer la realidad en la que hay que instalarse: “ese gigantesco mundo presente”. Solo por medio de la educación y de la cultura podemos aspirar a posibilitar el bien ser. Porque el ser del hombre no es nada sustancial, es un constante movimiento creativo. Somos historia, memoria y posibilidad.

Los seres humanos también y sobre todo somos lenguaje, estamos constituidos y determinados por el lenguaje. Construimos la realidad por medio del lenguaje. Una cosa que nos enseñó la filosofía desde el comienzo es a saber prestar atención a las palabras, su uso, su significado. La palabra, como decía Epicuro, dentro de su inmaterialidad (porque es aire) tiene una potencialidad semántica que produce mucha materialidad al insertarse en el mundo por medio de nuestras acciones[5]. Platón sabía muy bien el enorme poder de la palabra para el gobierno o desgobierno de la polis. Por eso temía que la polis estuviese en manos de gente ignorante o gente con intenciones dirigidas a otros menesteres que no fuese el bien general (el problema de los malos gobiernos, de la corrupción, de la demagogia, como se puede ver viene de lejos). Por otra parte es bien sabido que la calidad de nuestras democracias en Occidente es bastante baja debido al nivel de ignorancia de los asuntos de la polis por parte del votante, que delega muy alegremente en otros una capacidad cívica y de decisión de la que debería ser más responsable y pedir más responsabilidades.

Todos no podemos ni ser filósofos ni llegar a las cotas de genialidad de estos pensadores (que por lo demás también están expuestos a la posibilidad del error, es la huella de la finitud del ser humano) pero, en cambio, por medio de la educación sí podemos aprender a gestionar la palabra, a comprender los significados, a ser ciudadanos, a hacer buen uso de la crítica y de la autocrítica, a hacer buen uso de la opinión, porque, como decía Epícteto, “no son las cosas las que atormentan a los hombres, sino las opiniones que se tienen de ellas” y añadía “propio de ignorantes es el culpar a otros de las propias miserias”. Nos están dando todos estos pensadores citados la clave: el conocimiento y la educación son la base de la liberación de las falsas opiniones, de muchas miserias y del miedo que atenaza a la persona que es ignorante. Porque miedo e ignorancia siempre caminan juntas. Por ello mismo que la educación siempre tiene un componente subversivo al mostrar cómo se producen tantas manipulaciones del lenguaje y cómo se crean nuevos significados. Subversiva es la educación al ayudar a la gente a ser libre por medio de la comprensión crítica, capacitando a la gente en el pensar multidimensional, abierto. Subversiva al ayudar a la gente a construir o a recuperar lo humano de su humanidad. Porque cuando una persona es capaz de detectar las manipulaciones lingüísticas a las que es sometida comienza a poner la base de su libertad.

Con lo que estoy compartiendo en esta intervención no estoy haciendo más que recuperar ideas esparcidas a lo largo de la historia del desarrollo de las humanidades. Esas humanidades en proceso de devaluación y esperemos que no de extinción. Porque el discurso de las humanidades, tan poco productivo si lo medimos con los cánones especulativos neoliberales actuales, es el más productivo que existe porque es el discurso de la humanización del ser humano, de la inserción del ciudadano en la polis, el discurso que enseña que la política no es solo lo que hace referencia al poder sino también a la inserción de valores éticos en la comunidad. En una comunidad histórica, evolutiva, cambiante. Por eso que la educación tiene también como misión el enseñar, proporcionar estrategias mentales para gestionar el cambio, para gestionar los nuevos contextos. Porque no podemos pensar, como aún se suele hacer, problemas del Siglo XXI con categorías y mentalidades (de todo tipo) de siglos anteriores. El valor del pensar es el valor de actualizar los modos de pensar para instalarse del modo más pertinente posible en la realidad del momento en que el ser humano vive. Ese valor epistemológico solo lo puede cumplir a cabalidad y de modo amplio en la Universidad. En ese sentido, insisto en que si como dice Kant cada ser humano es lo que la educación hace de él y “únicamente por la educación el hombre puede llegar a ser hombre”, no podemos olvidar que lo que más nos acerca al ejercicio de la libertad no es solo el querer ser libres sino también el saber leer la realidad para ejercer libertad. Se trata de un aprendizaje para una práctica. Claro que la enseñanza tiene una función “política”, que no hay que confundir con una función de manipulación ideológica.

También afirma Kant “pero es una observación tan importante para un espíritu especulativo, como triste para un amigo del hombre, ver como los poderosos, la mayor parte de las veces, no se cuidan más que de sí y no contribuyen a los importantes experimentos de la educación, para que la naturaleza avance un poco hacia la perfección”[6].

La universalidad de la Universidad y de las humanidades, en síntesis, se muestra, como sugiere Ortega y Gasset en el texto que les leí al principio, en la labor de ilustración y de cultura (hermenéutica del contexto) para ayudar al hombre a encajarse en la complejidad del mundo y posibilitar una vida auténtica.

Una vida auténtica y humana es aquella en la que el ser es más importante que el tener. Dicho de otro modo: la persona auténtica es la que vive ocupada en el proceso de crear una nueva realidad frente a la masa que vive una realidad que le imponen dada y vivida. Por eso que la persona es disposición y proyecto, en cambio la masa, como digo, vive una vida que ya le dan vivida. Una vida auténtica es aquella  en la que el ciudadano tenga la capacidad, por medio de la educación, de ser ciudadano y no solo un súbdito temeroso e ignorante en manos de un poder (político, religioso, etc.) que tiene poder porque es dueño del discurso y de los significados que impone a las palabras. Lo sabemos desde las reflexiones de los filósofos de la Antigüedad: la democracia es el espacio de la pluralidad, de la diversidad de creencias y del respeto de los derechos políticos de todos en condiciones de igualdad o isonomia y de isegoría o  derecho no solo a hablar sino a decir y a escuchar[7]. Para poder decir y expresar un ciudadano tiene que poseer conocimientos y estructura mental para saber manejarlos. Tiene que tener capacidad crítica y autocrítica. Único modo de que uno piense por sí mismo y no le den las cosas ya pensadas. Porque, lo repito, tiene poder aquel que es capaz de hacer significar las palabras e imponerlas a la sociedad reducida a masa y a nivelación.

Acabo, el espíritu de la Universidad es el de la universalidad que es la unidiversidad, la unidad en, por y a partir de la diversidad y el laicismo (que no prohíbe la creencia de nadie pero si prohíbe la imposición de creencias y el intento de insertarlas en el espacio público que es de todos porque no es propiedad de ningún grupo particular), sin lo cual no puede existir el ciudadano, ni la política ni la gran aspiración de todos que es vivir una vida auténtica: sin fanatismos que se cierran y ciegan ante lo que no es o piensa como uno mismo, sin disonancias cognitivas que rechazan lo que no da la razón a lo que uno cree, sin violencia. Porque la violencia no es solo algo físico, no menos perniciosa por más sutil es la violencia mental y la mentira.

La Universidad y la educación (en general, desde la escuela infantil) deberían ser cuidadas por todos porque son el espacio, los espacios del conocimiento y de la libertad. Mejor aún: son un vivero de libertad y de autonomía. Son los espacios en los que se concreta de un modo más amplio el viejo sueño, pero sueño muy concreto y posible, de la Ilustración. Una sociedad sin ilustración es una sociedad desperdiciada, una sociedad que no vive una auténtica democracia porque la ignorancia solo puede producir súbditos pero nunca ciudadanos capaces de cuidar de sí (como individuos y como sociedad) y capaces de vigilar, como dice Kant, a los poderosos, que no se cuidan más que de sí y no contribuyen a los “experimentos de la educación” para que la naturaleza avance hacia la “perfección” que para Kant era la libertad, el bien, la moralización, la civilidad, esto es, la humanidad. Creo que ese bello ideal de “perfección” podría ser el de cualquiera de nosotros, es un ideal de vida. Es el ideal que trató de desarrollar la Universidad y expandirlo a la sociedad. Como decía Juan Luis Vives “en el estudio de la sabiduría no hay que poner ningún límite durante la vida. Se terminará con la vida; el hombre mientras vive ha de meditar siempre en estas tres cosas: cómo aprender bien, cómo hablar bien, cómo obrar bien”[8].

Creo que estas palabras de Juan Luis Vives, maestro en las artes de la educación de su tiempo, son una buena excusa para poner punto y final a esta intervención. Os agradezco a todos vuestra amable atención y paciencia.

Valladolid, Mayo de 2013


[i] Lección de Clausura del Curso Académico 2012-2013 del Programa Interuniversitario de la Universidad de la Experiencia de Palencia y Guardo. Palencia. 20 de Mayo de 2013. Salón de Actos del Campus Universitario de Palencia.

[2] Ortega y Gasset, J. Misión de la Universidad. Alianza Editorial. Madrid. 2004, p. 67.

[3] I. Berlin, El poder de las ideas. Espasa Calpe. Madrid. 2000, p. 69

[4] Cuando digo “política” lo digo en sentido general de polis, no me refiero solo a cómo funcionan los gobiernos. Se trata de algo más general, políticos somos todos. Los problemas de la gente son problemas políticos y los problemas políticos son los problemas de la gente. En ese sentido “todo” es político. Las relaciones humanas son políticas porque se dan en el espacio de la polis o ciudad.

[5] No nos vendría mal tener siempre en cuenta, antes de hablar, el consejo de prudencia de Baltasar Gracián: “Hablar de atento: con los émulos por cautela; con los demás por decencia. Siempre hay tiempo para enviar la palabra, pero no para volverla. Hase de hablar como un testamento, que a menos palabras, menos pleitos” (del Oráculo Manual y Arte de Prudencia, par. 160).

[6] Kant, I. Pedagogía. Akal. Madrid, 2003, p. 31-32

[7] isonomía: concepto de igualdad de derechos civiles y políticos para todos los ciudadanos.

[8] Vives, J. L. Introducción a la sabiduría. Tecnos. Madrid. 2010, Par. 195, p. 28.

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