Virus, 11 años después.

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En mayo de 2009, en relación con la emergencia del virus de la gripe AH1N1 escribimos un artículo (ver “Virus” en este mismo blog) en el que reflexionábamos sobre un tipo de virus más peligrosos, más letales, los virus ideológicos que se propagan vía educación y que, obviamente, se traducen en nuestros modos de actuar (porque actuamos arreglo a códigos mentales paradigmáticos inconscientes, no pensados, no reflexionados). De hecho, esa inconsciencia hace que falte reflexión sobre la evidencia de lo que pensamos, decimos y hacemos.  En ese sentido el peor virus es el que desata un modo compartimentado de pensar; una forma disyuntora de ver las cosas; una unidimensionalización en la mirada que efectuamos sobre fenómenos  complejos y que cabría ver y pensar de modo articulante y ver sus recursividades. Desgraciadamente este tipo de virus siguen reproduciéndose en las instituciones educativas y se manifiestan en la ceguera política y de los políticos que toman decisiones que conciernen a todos: se piensa de modo unidimensional aquello que es complejo y cabe ver de un modo multidimensional y entrelazado.

Edgar Morin, en un reciente y breve artículo publicado en el diario francés Liberation (12 de marzo de 2020) titulado “Ce que nous dit le coronavirus” (“Lo que nos está diciendo el coronavirus”, se puede leer sin problemas en varias páginas web traducido al español) nos dice unas cuantas cosas interesantes: estamos viviendo una crisis planetaria actual, la provocada por el coronavirus (que desata la enfermedad conocida COVID 19) que se monta sobre otra crisis planetaria más amplia: una crisis antropológica, política, a nivel planetario, una crisis en el modo de pensar la realidad en la que estamos y la realidad que somos a nivel de humanidad, una crisis montada sobre toda una forma de mirar el mundo basada en la compartimentación; la disyunción; la fragmentación; la unidimensionalización y  el establecimiento de  dicotomías. El actual coronavirus oculta algo que una mirada clínica, como la de Edgar Morin, revela: el funcionamiento mental, la estructura de pensamiento que se encuentra en las cabezas de las élites tecno-burocrático-financieras y en las élites políticas que dan vía libre a la acción de estas élites económicas, la ceguera a la interrelación sistémica entre lo sanitario, lo económico, lo social, lo político, lo humano, lo planetario. La ceguera sobre lo que Morin denomina la “ecología de la acción” (el desfase entre acciones, intenciones y resultados de la acción y la incapacidad de corregir sobre la marcha los procesos debido a una forma lineal de pensar); la ceguera que fragmenta y divide una humanidad que, como demuestra el coronavirus, no puede ser pensada desde las fronteras. Los virus, las crisis financieras, las enfermedades del capitalismo y de una filosofía que hace del egoísmo su emblema no tienen fronteras. Estamos asistiendo a la constatación empírica de que nuestra realidad como humanos es planetaria.

La actual crisis de salud agranda la crisis planetaria de una humanidad que no cuenta con unas instituciones planetarias que velen por la solidaridad y los principios del humanismo a nivel planetario (existen instituciones como ONU, por ejemplo, con la manos atadas por las decisiones de superpotencias económico-militares cuyos intereses no van por el camino del humanismo); la crisis actual agranda una crisis de estructura de pensamiento que produce el efecto de la separación, la insolidaridad y la destrucción de una diversidad que debería ser pensada en sus complementariedades; la crisis actual desvela el fracaso de una educación que ha despreciado las humanidades en beneficio de una ciencia y una tecnología sin consciencia ni prudencia; la crisis actual desvela la mentalidad economicista en la que pareciera que el negocio de las multinacionales farmacéuticas está por encima de la salud de los seres humanos. Se trata de la crisis de una globalización neoliberal en la que los mercados están por encima de las vidas humanas y de una política que ha hecho de la posverdad y la distribución social del miedo su modo de mantenerse. El pensamiento disciplinario los disciplina todo, desde la educación hasta nuestras miradas, nuestros miedos.

Necesitamos pensar en términos de era planetaria, porque nos interesa a todos vernos y sentirnos desde una dimensión profundamente antropológica y política, desde una dimensión que resalte nuestra humanidad compartida y nuestra diversidad solidarias. Necesitamos abandonar una globalización que arrasa con todo y solo nos reduce a consumidores (los que podemos consumir); a vidas desperdiciadas que acaban en campos de refugiados, en seres humanos vagando de unos lugares a otros sin llegar a ningún lugar; a individuos que vivimos en sistemas de concentración democrático-neoliberales (las actuales democracias de la posverdad y de las fake news). El neoliberalismo no soluciona nada a nivel humano, de hecho, raya en lo irrisorio ver a políticos defensores del dogma neoliberal y de las privatizaciones en lo que concierne a la salud, hospitales, etc., así como de la privatización de la educación pública (que languidece por falta de aportación económica) como echan por la borda ese dogma  y reivindican el papel del Estado para solucionar los problemas que crean los mismos que desprecian el Estado. Ahora casi todos los políticos neoliberales se han vuelto socialdemócratas, defensores del papel Estado. Dicho de otro modo, el neoliberalismo no necesita al Estado hasta que si lo necesita (se trata de esas impredictibles vueltas que da la vida…)

Vendrán otros virus mientras sigamos con la mentalidad fragmentadora y disyuntora incapaz de pensar lo que debería mirarse de modo articulado. Incapaz de pensar de un modo complejo.

Vendrán otros virus porque el elemento inmunizador fundamental, la educación y la cultura no cuentan a la hora de inmunizar a la gente. Porque la educación es inútil para la mentalidad economicista y del actor llamado “racional” por los economistas, un egoísta insolidario sin sentido de lo humano.

Vendrán otros virus porque la capacidad de olvido es enorme. La gente olvida (para eso se educa, para el olvido y la disolución) que el capitalismo tiene una capacidad de metamorfosis enorme. Marx, la Escuela de Frankfurt, nos enseñaron que el capitalismo triunfa porque consigue que el proletariado (es aún pertinente en el siglo XXI usar la palabra “proletario”, todo aquel que para vivir depende de que otro le dé un empleo es un proletario) piense como un burgués y se olvide de las condiciones políticas, económicas y educativas que hacen que siga siendo un proletario.

Efectivamente el coronavirus, revela muchas cosas, como escribe Edgar Morin en Liberation.

Una globalización neoliberal que se desentiende de lo humano traerá más virus. Y no olvidemos que a las desestabilizaciones mentales de tantos seres humanos considerados como daños colaterales de una guerra por el poder global de las multinacionales financieras y tecnológicas, se añade ahora la desestabilización mental de muchísimas personas enclaustradas en sus casas, temerosas, con un futuro incierto y un presente poco claro.

Vendrán más virus porque, como ha escrito Edgar Morin, no somos capaces de entender la complejidad humana, la complejidad del mundo y la incapacidad de una educación que mira hacia lo disciplinario y lo cronometrado, que ignora que no es educación aquella que no enseña a pensar, no es educación la que llena la cabeza de datos a la gente y no enseña a organizar el conocimiento. Creer que saber y captura de información son lo mismo es insistir en la construcción de la ignorancia.

La visión de las cosas depende, como ha escrito Edgar Morin, menos de las informaciones recibidas que de la forma en que se estructura el modo de pensar. Ciertamente necesitamos pensar de otro modo, pensarnos de otro modo para seguir pensando y no reiterando una pedagogía agónica que solo capacita para el mercado y que confunde calidad y excelencia educativa con observación a rajatabla de reglas burocráticas que están al servicio de una visión neoliberal de todo lo humano. El modo liberal de ver lo humano obedece a toda una construcción política apoyada por una infraestructura institucional y educativa que, como diría Foucault, construye subjetividades. Esas subjetividades se construyen por medio de toda una colonización simbólica del espacio social, tema desarrollado ampliamente por Bourdieu, por ejemplo. En síntesis, no creemos que sea un azar el proceso de destrucción y decadencia de las humanidades sino el producto de todo un plan político-económico-educativo basado en una visión de lo humano como “hombre económico”, “actor racional” y, no desde luego, como “homo sapiens” o como “hombre que lee”, “hombre que reflexiona”. Un ser humano inteligente sabe que nada ocurre por necesidad. Es decir, retomando a Freire, pasemos de las cosas son así a las cosas están así, pero pueden estar de otra manera. Porque en realidad nada es tan evidente como parece, se trata de visones y representaciones de lo humano. ¿Qué visiones triunfan? Las que imponen las instituciones educativas siguiendo determinados códigos culturales, morales, socio-económicos…

Citamos, para terminar este breve texto, un fragmento de una de las cartas que Séneca escribe a Lucilio (Carta 53, pag. 273, en edición de editorial Cátedra, 2018, traducida por Francisco Socas), un fragmento que quizás, por retomar el título de una obra de N. Ordine nos revele la utilidad de lo inútil, de lo que hoy se considera inútil, lo que no entra en los rankings mundiales de excelencia educativa:

“En cuanto asenté el estómago (que tú sabes que no se libra de las náuseas tan pronto como del mar), en cuanto reanimé el cuerpo con unas fricciones, me puse a considerar lo siguiente: en qué gran olvido tenemos muchos fallos, incluso los del cuerpo, que sin parar nos recuerdan su presencia; no digamos ya aquellos que están tanto más ocultos cuanto mayores son. A uno le engaña una pequeña alteracioncilla; pero cuando crece y llega el incendio de la fiebre verdadera, al más duro y correoso le saca una queja reveladora. Duelen los pies, sentimos unas punzaditas en las articulaciones: disimulamos de momento y decimos que nos hemos torcido el tobillo o que nos hemos lastimado al hacer un esfuerzo. Ante la enfermedad incipiente y poco clara se busca un formulismo; pero cuando empieza ya a tensar las sandalias y vuelve deformes uno y otro pie, es forzoso admitir que se trata de la gota.

Lo contrario ocurre en las enfermedades que afectan al espíritu: cuanto peor se encuentra uno menos se percata…”

Necesitamos pensar, con E. Morin, lo que nos revela el coronavirus. Somos interdependientes como humanidad, nos falta traer a conciencia esa constatación. Necesitamos educar con esa conciencia. No hay más barco que el que a todos nos contiene y no hay otra Tierra a la vista. Quizás sea más necesario que nunca cambiar de educación, reformar nuestra estructura de pensamiento.

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